miércoles, 11 de octubre de 2017

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / GARAJES, PULGAS Y COROTOS


“Hay algo extraño en todo este ambiente
Cosas usadas con olor a gente
La calle veinte da una extraña vibración
Entre los muebles y los dependientes
He visto un cuadro, he visto unos pendientes
Un cementerio de cosas de gran valor”
Extracto de la canción “Busco algo barato”, del grupo “Mecano”.


¿En qué lugar del mundo podrán coincidir maletas, telescopios, carros de juguete, vestidos, libros, sillones, pipas, cajas registradoras, zarcillos, balanzas antiguas, disfraces, cables y conexiones electrónicas, animales disecados, neumáticos, frascos de perfume, mesas de planchar, vajillas, peras de boxeo, cunas para bebés, herramientas, macetas para plantas, afiches, molinillos de café, zapatos, serruchos, aparatos para hacer ejercicio, tiendas de campaña, colecciones de miniaturas, cabezas de muñecas, cantimploras, y abrigos para perros, para solo mencionar unos pocos, y gente interesada en comprarlos? La respuesta es: en un mercado... ¡pero no en cualquiera!

El trueque tiene que haber estado entre las muy primeras actividades comerciales humanas. Hablo de esa transacción en la cual algo que uno tiene y no necesita, es intercambiado por otra cosa que el otro tiene y que tampoco le hace demasiada falta. Los grupos humanos nómadas prehistóricos probablemente tenían consigo muy poco para intercambiar, pero cuando algunos de estos grupos se hicieron más sedentarios, ello debe haber dado paso a algunos excedentes que abrieron la puerta a ese intercambio.

Muuuuucho tiempo después y en la medida en que esos intercambios se hicieron cada vez más frecuentes, se hizo igualmente necesaria la creación de algún elemento de intermediación genérico, de cierto valor intrínseco y más o menos estable, que sirviera de estándar para esos intercambios. Nació así el dinero y hay algunos ejemplos de esos primeros ensayos, antecesores de la moneda, que me fascinan, como: granos, huesos, ganado, conchas marinas, sal o semillas de cacao; sobre esta última variante, algunos de los primeros españoles que llegaron al continente americano mencionaron en sus crónicas “el dinero que crece en los árboles”, para referirse al cacao.

Quiero comentar un espacio de intercambio, una práctica común sobre la cual me gusta pensar, tal vez un poco en travesura, que se encuentra allí, en un lugar intermedio entre el trueque y el comercio. Es la venta de garaje comunal; me refiero, no a la venta de garaje que alguien puede hacer a título privado en su hogar, sino a algo más colectivo: una suerte de mercado efímero en el cual mucha gente se reúne un día para intentar vender lo que tiene en casa y que ya no necesita, y que con frecuencia mantiene guardado en algún garaje, armario o depósito. Recibe diversos nombres; uno de los más conocidos y que a mí me parece muy florido es el de “Mercado de las Pulgas”. La práctica tiene aguerridos defensores, quienes esgrimen argumentos como que ello permite que objetos aún útiles tengan una nueva vida y puedan ser accesibles a otros, a precios mucho menores que si fuesen comprados nuevos.

Mi primer encuentro con esta costumbre fue en mi Caracas de finales de los años 80. En esos tiempos, aquellos mercados surgieron allá con el interesante nombre de “Mercado de los Corotos” (“corotos” es un venezolanismo que usamos para nombrar objetos en general, utensilios, cacharros, enseres o trastos, La etimología es divertidísima; en otro momento se las contaré) y los dos que recuerdo con más cariño son el del Cafetal (lo instalaban en el estacionamiento de un auto-cine) y el del estacionamiento del Estadio Universitario de Los Chaguaramos. Este último quedaba a distancia a pie de mi hogar, de manera que lo visité frecuentemente.

En el Mercado de los Corotos de Los Chaguaramos viví momentos fenomenales y aunque siempre fui más con ánimo de curucutear (otro venezolanismo, que usamos para indicar la acción de hurgar en cosas) que de comprar, llegué a adquirir algunos “tesoritos” –como me gusta llamarlos– tales como discos de vinil, adornos, juguetes de colección (me encantan los magos y conservo una figura de Mickey Mouse vestido como el “Aprendiz de Brujo” del clásico de cine “Fantasía” de Disney, que allí encontré) u objetos curiosos.

En una muy puntual ocasión incluso monté un puesto en ese mercado, junto con mis hermanos y algunos amigos, para vender “corotos” que ya no nos interesaban. Recuerdo que mi hermano Víctor Hugo usó toda clase de trucos y argumentos para que la gente comprara lo que allí ofrecíamos. No siempre tuvo suerte, pero su inventiva era genial. La pasamos bien esa vez, no lo negaré, aunque prefiero la experiencia de estar del lado de los compradores y curiosos. Aprecio especialmente la posibilidad de andar errante entre puestos y quioscos, sin ningún propósito específico más allá de ver y de sorprenderme con lo que la gente está dispuesta a vender.

Aquí en Francia también ocurren esos mercados; de hecho, hay algunos conocidos más allá de sus fronteras. En la ciudad de Lile, el primer fin de semana de cada mes de Septiembre, se lleva a cabo el Mercado de Pulgas más famoso de Europa y uno de los eventos más conocidos, esperados y visitados de toda Francia. Más de dos millones de personas recorren las calles de la ciudad de Lile esos dos días, buscando alguna ganga. También es interesantísimo visitar el extraordinario Mercado de Pulgas de Saint Ouen, en París, aunque quien quiera ir allí en busca de objetos usados o de segunda mano de ciertos renglones, podría equivocarse; es un espacio establecido, con comercios formales, en los que encontrará sobre todo obras de arte, antigüedades, objetos de colección y artículos de decoración.  

Pero volviendo a nuestras ventas de garajes colectivas más pueblerinas y menos suntuosas, yo las encuentro tan entretenidas y festivas como aquellas de Caracas que ya mencioné. Son eventos que espero con mucho interés, porque cada localidad suele tener el suyo una o dos veces al año, como ocurrió hace poco aquí en Ferney-Voltaire, la población en la que vivo. La edición anual mas reciente de este mercado, de esta feria, tuvo lugar el pasado 1º de Octubre y no me la perdí.

Puedo pasar horas revisando las cosas que en esos mercados se exhiben, hurgando aquí y allá, observando a compradores y vendedores interactuar, y los rostros radiantes de chicos y grandes cuando han encontrado algún “tesorito”. Es que hay para gustos variopintos y no todo es precisamente bonito; la cabeza de muñeca que está en la foto del primer párrafo de este artículo me pareció jocosamente espantosa y sin embargo, fue vendida minutos después que la fotografié. Con cada objeto curioso o insólito que uno encuentra, pueden surgir cuentos extraordinarios; tan solo imaginen los detalles de la historia detrás del extraño romance retratado en la foto que adorna este párrafo.

Entre los artículos que más atraen mi atención están: libros (en esta ocasión adquirí una muy especial colección de los cuentos de Andersen y un hermoso álbum ilustrado de un papá haciendo travesuras en un zoológico), CDs y DVDs (hallé una edición de la película “Easy Rider”, que siempre he querido ver, y una edición de la película “Scanners” que no había visto desde mi adolescencia y que vino con premio adicional incluido, pues cuando abrí el estuche, encontré también un DVD de “Dunes”, de Dino de Laurentis), o juguetes (¡conseguí otro mago! Esta vez fue una figura del hechicero celta Panoramix, personaje del comic francés Asterix y Obelix). También compré por un monto irrisorio un juego de mancuernas o yuntas para puños de camisa, con pisa-corbata incluido, que me pareció de los más elegante.

Por supuesto, ahora que soy padre, tengo también interés por objetos que puedan servirle de alguna forma a mi hijo de dos años y medio, Rafael David. Tengo que decir que el simpático caballerito me acompañó en el paseo por esta edición de la feria de Ferney-Voltaire y pronto se enamoró de una caja registradora de juguete que, dada su insistencia, compré con ciertas dudas (tampoco fueron tantas, dada la modestísima suma solicitada a cambio). Pues bien, la famosa caja registradora ha sido todo un éxito; desde que la tuvo en sus manos no se despegó de ella -como puede apreciarse en la gráfica a la izquierda- e incluso llegó a sentarse en plena calle, en medio de los puestos y la gente, a jugar un buen rato, sin importarle un pepino el resto del mundo. Por si fuera poco, después el chico ha pasado un montón de tiempo jugando y recreando acciones de compra y venta en casa. Es claro que cada quien tiene su propia definición de lo que puede ser un “tesorito”.

Dije que estos mercados se me antojan espacios intermedios entre el trueque y el comercio, y es que a veces parece que los objetos lo que hacen es circular de mano. Además, no hay mucho lucro si uno vende una o dos veces por año los excedentes de su cotidianidad; uno de los cientos de vendedores del mercado de Ferney me lo confirmó cuando le escuché decirle a un posible comprador: “La verdad es que no estoy aquí para hacerme rico”. Yo lo valido; me consta que, aparte de anticuarios y profesionales del ramo que también se hacen presentes, la principal motivación para montar un puesto y pasarse unas seis horas regateando al aire libre, suele ser deshacerse de un montón de cosas que ya no caben en los hogares, y pasar un rato ameno y distinto. Pero me encanta sobremanera –y aquí el trueque medio en camuflaje– que muchos vendedores suelen dejar sus puestos en algún momento, con el dinero aún caliente en la mano producto de la venta de alguno de sus objetos… ¡para ir corriendo a comprar algo que vieron en algún puesto vecino!


Mi apreciado y siempre ocurrente amigo “Quico” Salazar, compañero de aventuras publicitarias en los años 90s, decía que había visto una tienda que tenía dos frentes opuestos, cada uno de los cuales daba a una calle distinta, paralelas una de la otra. En una de las fachadas de la tienda había una vitrina con objetos diversos, mal arreglados y polvorientos, y un feo cartel que decía: “Se compran peroles, cachivaches y trastos inservibles”. En la fachada opuesta había una vitrina hermosa, con objetos también heterogéneos, pero esta vez relucientes y muy bien arreglados, y un cartel que decía: “Se venden antigüedades, artefactos curiosos y objetos de colección”. La interpretación de “tesorito” vive, sobre todo, en el ojo de quien lo aprecia como tal (¡y en el bolsillo!).


Las fotos que adornan este artículo fueron tomadas por mí en el Mercado de las Pulgas de Ferney-Voltaire, el 1º de Octubre de 2017.


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