viernes, 24 de agosto de 2012

CUALQUIER OTRA COSA / CUENTOS OLÍMPICOS


 El objetivo del Olimpismo es poner siempre el deporte
 al servicio del desarrollo armónico del hombre,
 con el fin de favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica
 y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana.
  Extracto de la Carta Olímpica.


Más allá de las caimaneras de béisbol de mi cuadra caraqueña de infancia y de las competencias de fútbol del colegio o del liceo, nunca fui muy destacado en deportes. Tampoco soy un fan recalcitrante y fervoroso de esos que se saben todos los nombres y estadísticas habidas y por haber de alguna disciplina deportiva, aunque sostengo un gran cariño por los Leones del Caracas, glorioso equipo venezolano de béisbol. Eso sí, las pocas ocasiones en que he estado en un estadio la he pasado de lo mejor, y me gusta igualmente observar de vez en cuando algún partido por televisión. Pero quizás los dos eventos deportivos televisados que más impacto tienen en mi persona son: los Mundiales de Fútbol y el Non Plus Ultra de los encuentros deportivos, los Juegos Olímpicos.

Para mí, uno de los atractivos principales de los Juegos Olímpicos es que están siempre llenos de historias interesantes, creencia que alimento desde una navidad de mi pubertad en la que recibí como regalo un juego de libros, parte de la Colección 15 Historias lanzada por Editorial Fher. Cada libro era una recopilación de relatos sobre un tema específico: aventuras, detectives, exploración, aviación, etc. Uno de ellos se llamaba 15 Aventuras Olímpicas y en sus páginas descubrí nombres como Pierre de Coubertin, Paavo Nurmi, Emil Zátopek, Jean Bouin, o logros deportivos extraordinarios como el del etíope Abebe Bikila, uno de los dos hombres que ha ganado el maratón olímpico dos veces, con el detalle de que la primera vez, en los Juegos de Roma de 1960, el hombre corrió la colosal distancia... ¡descalzo!

Así, y gracias a diversas historias, los Juegos Olímpicos me resultan mucho más que competencias, registros, medallas y números. Entre mis anécdotas favoritas está el que NINGUNO de los atletas que compitieron en los primeros Juegos Olímpicos modernos, en 1896 en Atenas, ganó medalla de oro. ¿Por qué? Porque entonces se entregaba una medalla de plata para el primer lugar y una medalla de bronce para el segundo, mientras que el tercero no recibía nada de nada. Por cierto que en aquellos juegos hubo una competencia de natación dominada de manera absoluta por atletas griegos; se llamó los 100 metros libres marineros y entre los requisitos para participar, estaba ser marino... ¡de la Real Marina Griega! Así, cualquiera...

La aventura de los Juegos Olímpicos suele conmover y creo que ello se debe a que conjuga elementos incontestablemente humanos: honor, esfuerzo, tenacidad, dolor, gloria, fracaso, compañerismo, sacrificio... Hay ejemplos pasmosos; en los recientes Juegos de Londres vimos a Oscar Pistorius, corredor surafricano a quien le fueron amputadas ambas piernas cuando niño y que corre con unas prótesis de fibra de carbono. No fue medallista, pero clasificó para las semifinales de 400 metros libres y además fue parte del equipo del equipo surafricano que llegó a la final del relevo masculino 4 x 100 metros libres. También estuvo Im Dong-Hyum  (foto a la derecha de este párrafo), un atleta surcoreano técnica y legalmente ciego (su visión es de 20/100 en el ojo derecho y 20/200 en el izquierdo) que no solo ganó medalla de oro en la disciplina de tiro al blanco, sino que rompió el récord mundial de la disciplina... ¡que estaba en su poder! Hay que decir que Dong-Hyum, aunque no puede ni conducir ni leer un diario, no se considera a si mismo discapacitado en la disciplina, porque puede distinguir los colores en la diana, lo que para él es suficiente.

Hay más discapacitados destacados en la historia de los Juegos Olímpicos: en San Luis, 1904, compitió George Heyser, gimnasta que con una prótesis de madera en su pierna izquierda ganó 6 medallas, incluyendo... ¡salto al potro! Por su parte, Liz Hartel fue la primera mujer en ganar medalla olímpica en deportes ecuestres; la danesa se llevó las medallas de plata en los Juegos Olímpicos de Helsinky, 1952 y Melbourne, 1956, a pesar de una parálisis parcial en ambas piernas a causa de poliomielitis.

La magia actual de la televisión nos permite apreciar los Juegos, independientemente de donde nos encontremos. Se calcula que la final de la prueba masculina de 100 metros libres de los recientes Juegos Olímpicos de Londres fue observada por cerca de 20 millones de personas de todo el mundo, yo entre ellas. Pero así como vi consagrarse a los vencedores de esta y de muchas otras pruebas, también disfruté ver a sus familiares abrazarlos y celebrarlos justo después de sus respectivas proezas (en la foto a la izquierda, Laure Manaudou, campeona olímpica francesa del 2004 en 400 metros libres de natación femenina, felicita a su hermano Florent, después que este ganara la final de 50 metros libres de natación masculina en Londres 2012). Uso la palabra proeza (que etimológicamente quiere decir acto de valor) adrede; con el nivel de exigencia actual en el deporte, sobrepasar los estándares mínimos necesarios para asistir a unos Juegos Olímpicos es un logro en sí mismo. Estar allí es la consecuencia de un formidable proceso de preparación, disciplina, rigor y sacrificio, cuyo resultado, a pesar de todo, es frágil y no siempre satisface al atleta. Las lágrimas y otras expresiones de tristeza y pena de muchos deportistas así nos lo recuerdan.

Mas la derrota no es siempre sinónimo de fracaso; recuerdo por ejemplo el caso de Derek Redmond, corredor británico especialista de los 400 metros planos que compitió en los Juegos Olímpicos de Barcelona, 1992. Derek era uno de los favoritos de la competencia, pero durante una semifinal sufrió una lesión en la pierna que lo dejó prácticamente inmóvil. A pesar de haber perdido todo chance de medalla, Derek intentó seguir el recorrido dando saltos sobre su pierna sana, pero le faltaban todavía unos 150 metros y le sería muy difícil llegar a la meta; entonces su padre, que estaba en las gradas y ante las evidentes muestras de dolor de su hijo, entró en la pista y lo ayudó a cumplir su objetivo. Las imágenes correspondientes me parecen extraordinarias y una de las fotos del momento ilustra este párrafo.

En los recientes Juegos Olímpicos de Londres, el equipo canadiense obtuvo el tercer lugar en la exigentísima prueba masculina de relevo 4 x 100 metros planos, pero el resultado fue posteriormente invalidado porque uno de los integrantes pisó la línea de su carril durante la carrera, lo cual es suficiente para la descalificación. ¡Imagínese usted tener que renunciar a una medalla de bronce por una decisión arbitral! Por justa que esta haya sido, la decepción debe ser inmensa y no solo para los atletas, sino también para sus seguidores. Pues bien, uno de esos seguidores, un niño de 10 años de nombre Elías, quiso animar de alguna manera a sus héroes y les hizo llegar una nota de consolación junto con una medalla que él había ganado en una competencia futbolística.

¿Cuál será el valor real de una medalla? En los Juegos Olímpicos de Roma, 1960, el boxeador norteamericano negro Cassius Clay (que posteriormente cambiaría su nombre a Muhammad Ali y se convertiría en una leyenda deportiva) ganó la medalla de oro de boxeo en la categoría de semipesados. De regreso en su propia ciudad natal, Lousiville, le negaron el servicio en un restaurante por ser negro; como consecuencia el deportista lanzó la medalla al río Ohio. ¿Cuánto estaría alguien dispuesto a pagar hoy en día por esa medalla? La windsurfista polaca Zofia Noceti-Klepacka (en la foto de la derecha), competidora en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, debe haber tenido un pensamiento parecido, al decidir subastar la medalla de bronce que ganó, a fin de recabar fondos para el tratamiento de una niña de cinco años que sufre de una enfermedad crónica. ¡Suerte y mis respetos, Zofia!

Otras historias no son tan elevadas, pero mucho se cuenta, por ejemplo, de  la famosa Villa Olímpica y de la vida no precisamente ascética que los atletas llevan ahí. Parece que aquello de la unión deportiva es mucho más que una simple consigna, pues para la Villa Olímpica de Sidney 2000 fueron encargados 70.000 preservativos que, según ¡resultaron insuficientes! A partir de entonces la cifra se ha elevado a 100.000. Hay quienes se escandalizan ¿pero qué esperaban? Imagine usted un lugar totalmente cerrado, repleto de miles de jóvenes de todas las nacionalidades, en perfecta salud y en condiciones físicas inmejorables, sumamente competitivos, que a punta de verdadero esfuerzo han coronado el sueño de estar en unos Juegos Olímpicos, y además en tensión y en conocimiento de que tal vez esta sea una oportunidad única en su vida. Los prefiero allí y así, cien mil millones de veces, a verlos indiferentes, destruidos por las drogas o empuñando armas de guerra.

Después de observar las magníficas ceremonias de inauguración y de clausura de los Juegos Olímpicos de Londres, no creo ser capaz de imaginar toda la logística y organización que debe haber tras un evento semejante. Además, especialmente después de los Juegos Olímpicos de Munich de 1972 y la acción terrorista que entonces dejó como saldo 11 atletas israelíes muertos, la preocupación y la preparación por los asuntos seguridad debe ser inaudita. Pero con todo, hay dislates, como el que permitió que durante la ceremonia inaugural de los recientes Juegos, una extraña mujer desfilara al lado de del abanderado de la India... ¡sin ser integrante de la delegación!

Hablando de seguridad, en estos Juegos de Londres un hombre observaba tranquilamente una competencia abierta de ciclismo en una carretera, cuando de pronto, producto de una acción policial, fue lanzado al piso y posteriormente detenido. Según la policía, a diferencia del resto de la gente que veía la competencia, el hombre estaba demasiado serio y no parecía disfrutar de la prueba, lo cual fue tomado como signo anormal. Me imagino los mensajes de radio enviados por el jefe del cuerpo de seguridad justo antes de la intervención: Atención, atención, individuo muy muy muy serio a mi izquierda. Está sospechoso... No, no, el vendedor de perro calientes no; el tipo de camisa azul... Exacto, el calvito... No, no sé si tendrá ganas de ir al baño, pero definitivamente algo me huele mal... Es que mientras todo el mundo está aquí feliz, él está más serio que un recaudador de impuestos. Seguro que es un terrorista. ¡Al ataque!, para después caerle encima. Pero resulta que el hombre no era terrorista un pepino y sí estaba pasándola bien, aunque no sonreía porque sufre de Mal de Parkinson, enfermedad que en su caso hace que su rostro luzca inexpresivo. ¿Qué tal?

A pesar de estos detalles, el balance general de los Juegos Olímpicos que nos regaló Londres me parece altamente positivo, al menos en términos de posibilidades de soñar una coexistencia más pacífica y de celebrar lo que significa ser humano. De acuerdo con la Carta Olímpica, el Olimpismo procura establecer una alianza entre deporte, cultura y  educación, y crear un estilo de vida basado en la alegría del esfuerzo, el valor del buen ejemplo y el respeto por los principios éticos fundamentales universales. En Londres 2012, la carrera de 3000 metros planos fue ganada por el keniano Ezekiel Kemboi y el segundo lugar fue para el francés Mahidene Mekhissi. Después de cruzar la meta, el ganador intercambió su camiseta con el francés, mientras que este lo abrazó y lo cargó (foto a la derecha), en una de las más hermosas imágenes que retendré de estos juegos. Un ejemplo que me dice que otras formas de mundo son posibles y que ideas como el Olimpismo son, no solo bellas, sino que hay que seguir promoviéndolas si aspiramos a una humanidad mucho más acorde con su dignidad.


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1 comentario:

Saidiana dijo...

Me encanta este cuento Hugooo!!! Las olimpiadas siempre han sido para mi más que emocionantes, no solo como atleta, sino como ser humano creyente de la unión y el amor universal, por todos los valores que, como bien mencionaste en tu escrito, resaltan y se magnifican cada 4 años en este mega-evento deportivo.
Este año, Alejandro y yo tuvimos la dicha de compartir la pasión y emoción, que nos invaden en cada olimpiada, con nuestra hija mayor, quien estuvo más que "fiebrúa"!! (criollamente hablando). Nikol estaba siempre pendiente de todo, desde la marcha de la antorcha olímpica, pasando por los deportes que más nos gustan, las finales, las premiaciones... hasta la ceremonia de Clausura. Nos puso a investigar en Internet todo tipo de cosas, desde el origen de las olimpiadas, el fuego olímpico, anécdotas e historias olímpicas... Fue más emocionante que nunca!! Ahora tengo las historias de este cuento para contarle. Gracias!!
Y para agregar una historia más sobre las olimpiadas, de esas que nos llenan el corazón de cosas bonitas, te comento que mientras buscábamos información sobre el encendido del pebetero, nos enteramos de que en las olimpiadas de Montreal, el encendido lo hicieron dos jóvenes, uno anglófono y otro francófono, como símbolo de la unión Canadiense (algo muy representativo para nosotros quienes ahora vivimos en Canadá, en Quebec) y en las olimpiadas de Tokio, el encendido estuvo en manos de un corredor que nació en Hiroshima o cerca de esta ciudad, el dia en que cayo la bomba atómica.
Besos y abrazos mi querido Hugo, como siempre, fue un placer leerte.
Saludos.
Saidiana