viernes, 21 de enero de 2011

SILMARIL / PLACER MUSICAL


 “Error funesto es decir que hay que comprender la música 
para gozar de ella. La música no se hace, ni debe jamás hacerse 
para que se comprenda, sino para que se sienta”. 
Manuel de Falla.


A través de un estudio divulgado hace poco por la revista “Nature Neuroscience”, una de las publicaciones más serias en el área de las neurociencias, unos científicos han revelado al mundo un extraordinario, insólito, pasmoso, asombroso y hasta revolucionario descubrimiento: la música, esa compañera diaria y democrática, esa libertad del alma que utiliza el oído para llegar directo al corazón, en fin, ella, la música, produce… placer. (Caramba, ante tamaña revelación, sólo queda decir algo como: “Ay, sí; ¡Colón! Lo próximo que van a averiguar es que el agua hirviendo quema”).

Un poco más en serio, lo que el comentado estudio aporta es una interesante explicación al hecho de que a tantísima gente nos guste escuchar música. Estos científicos han demostrado que oír música estimula la liberación de la dopamina, un neurotransmisor directamente relacionado con la generación de sensaciones placenteras asociadas a otras actividades como el sexo, las drogas o la buena comida. Porque el estudio consistió en medir con unos sofisticados aparatos, la producción de dopamina en un grupo de voluntarios mientras escuchaban diversas piezas instrumentales, entre las que se encontraban el “Segundo movimiento de la novena sinfonía” de Beethoven, el “Adagio para cuerdas” de Barber, y el “Claro de luna” de Debussy. Cuando supe que estas habían sido algunas de las canciones, comprendí mejor el asunto; con semejantes creaciones… ¡qué digo dopamina!

Los científicos escogieron para su investigación personas a quienes se les pusiera literalmente “la carne de gallina” al escuchar sus canciones favoritas; la investigación mostró que mientras el individuo oía la melodía, su cerebro producía más dopamina y que justo en el instante de su pasaje favorito, cuando aparecía  el escalofrío correspondiente, la dopamina se liberaba en la misma región cerebral ligada al tipo de euforia que generan sustancias como la cocaína.

Mi primera reacción fue asentir con el estudio. Para mí la música es fuente de placer y la relación que tengo con ella está enraizada, desde mis primeros días de existencia, en las canciones con las que me arrullaba mi madre y en la variadísima colección musical con la que mi padre ambientaba nuestro hogar. La música me conmueve y encuentro verdadero deleite en piezas tan diferentes como el “Concierto de Brandenburgo N° 2” de Johann Sebastian Bach, “Todos vuelven” de Rubén Blades, “My sweet lord” de George Harrison, “La tonada del cabestrero” de Simón Díaz, “Sun runner” de Bob James o “Luces de bohemia para Elisa” interpretada por Emmanuel.

Sin embargo, una reflexión más profunda me hizo dudar, pues hay otras canciones que también me producen escalofríos… ¡pero de horror! Hablo de algunos despechadísimos boleros y baladas retecursis, ciertos vallenatos y raspacanillas limítrofes con la tortura, muestras estruendosas de “Heavy Metal”, deleznables interpretaciones de salsa, determinadas obras folklóricas sumamente aburridas y otros inclasificables adefesios que me resultan punto menos que repugnantes. Podría hacer igualmente una lista pero sólo pensar en piezas así, desencadena en mí un efecto que estoy seguro, no se relaciona con la dopamina. Luego me pregunté sobre los resultados de la investigación si en lugar de las melodías seleccionadas, las personas hubieran escuchado el mexicanísimo “Jarabe tapatío”, “Hora staccato” de Grigoras Dincu o el “Mambo N° 5” de Pérez Prado. Tal vez estas obras fueron descartardas porque los sujetos tenían que permanecer muy quietos durante el estudio, ji, ji.


Algo sobre lo que siempre me he interrogado es qué hace que algunas personas deliren por una composición, mientras que otros la juzgan execrable, y que además ello pueda variar con el tiempo. Existen piezas que hoy encuentro mediocres pero que en otra época me resultaban geniales, y viceversa. Hay una canción que a mis padres fascina: “Son tus dientes alelíes”, interpretada por Antonio Molina. Hoy pienso que Molina era un cantante soberbio, con un timbre muy especial y sorprendentes habilidades vocales, entre ellas la capacidad de hacer un falsete incomparable. Tal capacidad la despliega en esa canción, que ahora considero admirable y musicalmente superior, pero en mi adolescencia mi hermano Hugo José y yo encontrábamos que era el súmmum de lo detestable. ¿Estará la dopamina detrás de este cambio?

En un plano ya más general está la cuestión de qué es placentero para unos y otros. Yo respeto los gustos musicales de cada quien, pero no estoy obligado a compartirlos; tal vez averiguando un poco más sobre la dopamina resolvería el misterio, comprendería por fin por qué canciones como “Aserejé” de Las Ketchup o “El gato volador” de El Chombo, se convirtieron en resonados éxitos. Seguí leyendo y me topé inicialmente con definiciones indescifrables para el lego en la materia que soy, tipo: “La dopamina (C6H3(OH)2-CH2-CH2-NH2) es una catecolamina que cumple funciones de neurotransmisor en el sistema nervioso central”, o que es un “…neurotransmisor inhibitorio derivado de la tirosina que se encuentra en los ganglios basales y en el corpus striatum” (la suya, por si acaso). Confieso que después de encontrar esto pensé que el estudio era una farsa; algo que debe ser descrito de esta forma… ¡no puede estar conectado con el placer!

Pero resulta que sí, que la dopamina se relaciona con funciones motrices, con las emociones y los sentimientos placenteros, y está estrechamente ligada a los llamados “mecanismos de recompensa” cerebrales y el desarrollo de adicciones; el alcohol, la nicotina, la cocaína o la heroína estimulan la liberación de dopamina. Más aún, cantidades altas de dopamina se relacionan con desórdenes como psicosis y esquizofrenia, y pueden tener efectos en la presión arterial y la frecuencia cardíaca. Me queda claro  entonces por qué si yo tuviera que escuchar tres o cuatro veces seguidas el infame “Chacarrón macarrón” de El Mudo o la muy pavosa “Prometimos no llorar” de Palito Ortega, me volvería loco o me daría un infarto. No tengo nada contra esos señores, pero tampoco les agradezco que hayan sacado a la luz pública esas cosas.

Es innegable que la música genera distintas respuestas emocionales, pero cuidado, que la dopamina no será la única sustancia que se estimula ante distintos acordes. Recuerdo el caso en Venezuela de un hombre que llegó a su casa y escucho a su cónyuge cantando en la ducha una balada titulada “Cariño mío” popularizada por Paloma San Basilio. La pieza hablaba de una mujer que le era infiel a su compañero; desconozco qué circunstancias rodeaban a la pareja, pero según las noticias de entonces la canción provocó en el hombre una reacción tal que asesinó a la mujer allí mismo. Nada que ver, seguramente, con liberación de dopamina.

Estos casos extremos aparte, sabemos que la música suele ser una experiencia positiva para el ser humano. Ya en la antigüedad, griegos y chinos comprendieron los beneficios del desarrollo musical; si pudieran viajar al presente, creo que después de superar la sorpresa, estarían contentos ante la cantidad y calidad de música que se hace y escucha hoy en el mundo. Cierto, entre las guabinas siempre se cuela algún bagre –si no me cree, intente por ejemplo oír “Porque tú no me quieres” del grupo Miramar, o el merengue “La vaca” de un fulano que se hace llamar Mala Fe–, pero con todo, pienso que hemos evolucionado de manera positiva, musicalmente hablando.

Al final, si disfrutar una buena pieza musical es cuestión de dopamina o quién sabe qué otra secreta sustancia, dejemos ese asunto en manos de los científicos y mejor escuchemos una placentera canción. ¿Les parece? Les propongo entonces una de mis piezas favoritas de música venezolana; se llama “Quinta Anauco” y la versión que aquí pueden escuchar está ejecutada en piano por su mismo compositor, el ya fallecido pero siempre increíble maestro Aldemaro Romero.

p.d. Estuve a punto de colocar en este artículo los videos correspondientes a las canciones que menciono, pero después me dije que era innecesario proponer una prueba tal a quienes me leen. Todas las piezas –con la excepción tal vez de la versión de Quinta Anauco que sí comparto aquí– pueden ser oídas en sitios como YouTube, mas debo advertirle: si usted lo hace –especialmente en el caso de algunas canciones seriamente espantosas–, la responsabilidad es ¡enteramente suya!

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2 comentarios:

  1. ¡Gracias por postear "Quinta Anauco"! Después dicen que no existe esa cosa cuasi-mística llamada resonancia. Un beso para vos, Cuentador.

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  2. Mi estimado Don Hugo Rafael, que maravilloso escrito sobre una de las artes que nos une desde el alma, la musica, que bien estas escribiendo, yo me meto muy poco a Facebook, pero cada vez que te leo recuerdo lo cerca que estamos, un gran abrazo.
    Reinaldo Angulo desde Caracas.

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