martes, 21 de diciembre de 2010

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / SOLSTICIO DE INVIERNO Y ARBOLITO DE NAVIDAD

 “Arbolito, arbolito, campanitas te pondré”. 
 Extracto del aguinaldo tradicional navideño “Arbolito”.  

Debe haber sido en 4° ó 5° grado de primaria; tenía que hacer una tarea sobre Johannes Kepler y allí aprendí que la órbita de la Tierra alrededor del sol no era circular sino en forma de elipse. Tuve que dibujar una elipse para ilustrar el asunto y como nunca se me ha dado muy bien la precisión y limpieza en el dibujo, aquello me costó horas de trabajo. Pero desde entonces no olvido que la Tierra, precisamente porque no se traslada en círculo sino en elipse, pasa una vez al año por el punto de su órbita más cercano al Sol, llamado perihelio, y también una vez al año pasa por el punto más alejado, o afelio.

Aún hoy me confundo respecto de cuál es cuál, pero sí me quedó claro que una de las consecuencias de que la órbita fuese elíptica y no circular, es que hay días que duran más que otros. El día más corto suele ocurrir entre el 21 y 23 de Diciembre y se conoce en el hemisferio norte como el solsticio de invierno. Este año el solsticio es hoy, 21 de Diciembre; es uno de mis días favoritos, especialmente porque después de aquel trabajo sobre Kepler comencé a interesarme sobre los solsticios y equinoccios. Recuerdo que me impresionó mucho enterarme que las celebraciones del solsticio de invierno son antiquísimas y muy diversas, y que fue aprovechando cuán arraigadas estaban aquellas tradiciones entre la gente, que se escogió una fecha muy cercana para la celebración cristiana de la Navidad.

Una de esas arcaicas festividades es la fiesta de Yule, dedicada al renacimiento del Sol. En tanto la noche del solsticio de invierno es la más prolongada del año, pero también esa a partir de la cual los días comienzan a alargarse, muchos antiguos –entre ellos, Romanos, Kurdos, Egipcios, Celtas, Hopis, Japoneses, Vikingos, Mayas, Babilonios, Letones, Germánicos y para usted de contar–  decían que aquel era el momento en que la luz solar vencía a las tinieblas y el sol renacía.

El tema de la renovación es recurrente en las fiestas del solsticio; el sol comienza a tener mayor presencia cada día, de manera que la fecha se asocia frecuentemente con nociones como el renacer o el recomenzar. Muchos antiguos consideraban al sol como un Dios y que la época de invierno llegaba porque el Sol se enfermaba; el solsticio marcaba el momento en que comenzaba a recuperarse. Las festividades también solían acompañarse de elementos como el fuego, tal vez por asociación con ideas como purificación e iluminación; aparentemente los pueblos celtas quemaban un tronco en la noche de solsticio y un vestigio de este ritual es un postre en forma de leño conocido como “Bûche de Nöel”, que se come en Francia y otros países, los días navideños.

Es posible que la costumbre del árbol de navidad se relacione con el solsticio. Como buena tradición, sus orígenes son diversos y se confunden en la niebla del tiempo, pero podemos decir con cierta seguridad que la simpática usanza se relaciona con ancestrales cultos a los árboles, que en muchas mitologías son residencias de deidades, o están dotados de alma. Entre las múltiples posibilidades, escojo contarles que los antiguos germanos pensaban que el mundo y las estrellas se sostenían de las ramas de un árbol inmenso; entonces, a manera de homenaje, adornaban un encino con antorchas en el solsticio de invierno.

Por supuesto, son muchas más las historias que intentan explicar la costumbre del árbol de navidad, otra de mis favoritas es la de un bondadoso sacerdote que vivió en la región de Alsacia hace unos 400 años; cada navidad este sacerdote repartía alimentos y ropa entre la gente más necesitada de su región. En una ocasión, mirando las estrellas de una hermosa noche mientras preparaba los obsequios que entregaría, decidió que los colocaría en un gran abeto que se encontraba cerca de su iglesia; de esa manera, los pobres también podrían disfrutar de la belleza del cielo. Parece que el árbol quedó tan bonito, que a partir de aquella navidad se adornan árboles para colorear y alegrar el momento.

Se dice que los primeros adornos de los árboles de navidad fueron velas, manzanas, dulces y piedras pintadas, y que fue a mediados del siglo XVIII que los artesanos de Bohemia incorporaron las bolas de cristal como parte del ornato. Una de las cosas más maravillosas de un árbol de navidad es el poder cuasi hipnótico que tiene en los niños y también en muchos adultos. Entre mis recuerdos de navidades de infancia destaca el arbolito que decoraba mi madre; era todo un espectáculo, que mi padre encendía después de apagar el resto de las luces del apartamento, para extasiarse con las luminosas extensiones que lo adornaban. Mientras lo hacía, colocaba el disco de navidad de Paul Mauriat, que sigue siendo en mi opinión uno de los mejores discos de música navideña instrumental grabados alguna vez.

Este año pasaré la navidad en la región de Alsacia, específicamente en Estrasburgo, una de las ciudades que se disputa el título de “capital de la navidad”; sé que con base en la historia de aquel buen sacerdote, los arbolitos de navidad con los que me encuentre me parecerán aún más simpáticos. Hoy, 21 de Diciembre, es solsticio de invierno y me alegra pensar también en mis amigos y en la gente que quiero y que está en el perihelio de mi afecto; en tanto las ideas de renovación y nuevos inicios están en orden, permita la Vida que con el comienzo de esta nueva elipse lleguen a todos mis mejores deseos de transformación e iluminación y que esta noche de solsticio sea clara y hermosa no sólo en sus ojos, sino también en su corazón.

Les dejo el “Jingle Bells” de Paul Mauriat de mis navidades de niño para que lo disfruten. Tengan un magnífico solsticio de invierno.

 

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