miércoles, 8 de diciembre de 2010

SILMARIL / NOTAS AFGANAS I


 “El mapa no es el territorio
 Alfred Korzybski. 

Octubre de 2001; estoy en Ecuador invitado por la JCI de ese país y en algún momento mi amiga Maya me dice: “Están bombardeando Afganistán”. Con ello me informa del inicio de la invasión de la coalición militar internacional comandada por Estados Unidos a ese país, cuyo objetivo era atrapar a Osama Bin Laden, quien presuntamente se ocultaba allá, y desarticular la red Al Qaeda; la operación trajo la caída del régimen talibán que gobernaba Afganistán desde la segunda mitad de los años 90. La frase de Maya es la primera referencia verdaderamente significativa que tengo de ese país, por encima de las entonces para mí nebulosas reseñas que a principios de los años 80 salían en los periódicos sobre la ocupación soviética, o de la insufrible película Rambo III.

Después, gracias a mi relación con distintas personas dedicadas al trabajo humanitario, la tierra de los afganos comenzó a tener una imagen distinta y algo más clara en mi pensamiento. Los relatos de mi esposa y de algunos de sus compañeros de trabajo sobre diferentes viajes a aquel otrora remoto lugar, me lo acercaron bastante, pero jamás imaginé que algún día la Vida (así, con mayúscula) me brindaría la extraordinaria posibilidad de conocer Afganistán en persona.

Estuve en Kabul, capital de Afganistán, durante aproximadamente una semana, para formar a un grupo de afganos que trabajan en diferentes ONGs que operan en ese país, en competencias de trabajo en equipo. Fue una experiencia fascinante e intentaré plasmar algunas de las anécdotas sucedidas en ese viaje en unas notas que escribiré y publicaré al respecto. Esta es la primera de ellas.

Después de un primer vuelo desde París, me monto en otro avión que me llevará desde Dubai hasta Kabul. No conozco Dubai; sólo puedo observar desde lejos el insólito crecimiento de la ciudad, coronado por el rascacielos “Burj Khalifa” o “Burj Dubai” (Torre Dubai), que con sus 832 metros de altura es la estructura más alta construida por el hombre hasta ahora. Su estilizada y altísima silueta, medio oculta por la bruma y la distancia, me hace pensar inmediatamente en la Torre de los Pedernales del Castillo de Gomerghast, de la muy gótica novela “Titus Groan”, elevándose allí desde un conglomerado urbano  y para decirlo en palabras del autor Marvin Peake, “como un dedo mutilado y blasfemo que señalaba al cielo.”

Pero no será precisamente desarrollo urbano lo que encontraré en Afganistán. La impresión inicial me la llevo desde la ventana del avión. Después de comer el aperitivo servido en el vuelo, doy una primera mirada consciente al paisaje y lo que veo es una llanura atravesada por venas y manchas indescifrables, que sólo puedo comparar con la piel que dejó allí un reptil colosal. A lo lejos, una montaña más bien oscura cuya base la niebla no deja ver, y que me recuerda –para seguir con las referencias a autores ingleses– a Orodruín o el Monte del Destino, donde Saurón forjó el Anillo Único, en la mitología de J. R. R. Tolkien.

No sé si estoy aún sobre territorio Iraní,  o si ya me encuentro sobre Afganistán, pero a partir de entonces no quitaré la vista de la ventanilla, que me revela una vastísima y rigurosamente inabarcable región. Tres cosas me asombran: la inmensidad del terreno montañoso, su aparente desolación y el color seco de las montañas, mezcla de gris con marrón, beige y rojo. Tengo la bendición de haber nacido y crecido en un país tropical, de manera que mi representación de una montaña es fundamentalmente vegetal, exuberante, frutosa y en esencia verde; desde el avión no se ve una brizna de ese color.

Perderé la cuenta de cuánto tiempo pasará mientras las montañas se suceden allá abajo. Después entenderé; Afganistán tiene una superficie de casi 650.000 kilómetros cuadrados, de la que tres cuartas partes son montañosas y su clima es en esencia desértico o semi-desértico. Pero si mi descripción de los picos afganos le habla de un sitio yermo o muerto, no es así; estas montañas también tienen que estar vivas, son demasiado solemnes como para no estarlo. El país posee la segunda cadena montañosa más alta del planeta y cuenta con más de 100 elevaciones de más de 6000 metros de altura (haga “click” en el mapa que está a la derecha de este párrafo, si quiere tener una mejor idea de lo que digo). Dicen –no puedo afirmarlo– que algunas de las montañas están horadadas con túneles que entre otras cosas servirían de refugio. Vaya entonces usted, novato venido de otros lados, a aquella enormidad e intente buscar a cualquiera que conozca el territorio y que decida esconderse entre semejante aglomeración de colinas. Le deseo suerte. Mucha.

El piloto anuncia el descenso final del vuelo y me embriaga el entusiasmo de saber que voy a pisar por primera vez suelo afgano. La terminación “istán” significa “tierra de” y se encuentra en el nombre de varios países del Asia Central. Afganistán quiere decir entonces, “tierra de afganos” y “afganos” es el nombre con el que los hablantes persas de Afganistán se refieren a los Pashtún o Pastún, uno de los grupos más importantes del país y posiblemente el mayor grupo tribal patriarcal del mundo. Algunos estimados indican que el total de Pashtunes del planeta es cercano a los 40 millones.

Listos los primeros trámites administrativos correspondientes a la inmigración, que ocurren sin inconvenientes (tal vez con la excepción de la ceja levantada del militar en la casilla de inmigración, cuando al  preguntarme de dónde soy, le respondo: “Venezuela”. ¿Sabrá él dónde queda ese país?) comienzo entonces a percibir dos modalidades que intentan convivir sin mucho éxito: la del ocupante extranjero, cuya presencia es insoslayable –demasiado evidente tal vez– y a la que no pareciera importarle mucho tal condición, y la del local, con siglos de historia en los hombros y que a pesar de que ese otro lleva allí ya casi 10 años, aún lo mira con curiosidad. Observo gente con armas y mi excitación de primerizo visitante se modera al recordar que estoy en un país que sufre un severo conflicto.

En el exterior del aeropuerto me saluda una pancarta que dice “land of the brave” (tierra de los bravos) y se me antoja una ironía que las dos última frases del himno de los Estados Unidos digan “…the land fo the free / and the home of the brave” (…la tierra de los libres / y el hogar de los bravos). Luego encontraré otra pancarta que reza “land of hospitality” (tierra de hospitalidad). Nadie tiene el monopolio de los calificativos. Más tarde experimentaré la calidez de su gente, pero al primer intercambio Kabul se me presenta enredada, anárquica, caótica; un atolondre, un intrincado torbellino de cosas que ocurren al mismo tiempo, pero que los locales dominan a la perfección. No estoy tan seguro de que sea así para los demás.

Estoy en Kabul y una de las palabras que más encuentro en mi primer contacto con la ciudad es “Ariana”. Es el antiguo nombre de Afganistán, que proviene del sánscrito “Ārya”; en un bonito completar de círculo recuerdo que la hija de mi ya mencionada amiga Maya se llama Arianna. “Ārya” significa “noble” u “honorable” y en verdad, aún sin haber cruzado una palabra con ellos, ya me lucen los afganos, hombres de noble estampa, de una postura, andar y dignidad muy difícil de describir porque son muchas cosas a la vez. Tienen una presencia inquebrantable, hermosa, sin soberbia pero que sabe ocupar todo su lugar. Así como sus montañas; tal vez cada afgano tiene una montaña totémica asociada a su espíritu.

Estoy en Kabul, ciudad de más de 3.000 años y nadie me advirtió que en ella impera el polvo, que sin aspavientos me hace saber que lo ha hecho desde mucho antes de que alguien en el valle que rodea al río Kabul pensara siquiera en levantar un poblado allí, y que allí seguirá, inderogable, incluso cuando ya no quede memoria humana en el planeta. Dicen que los esquimales pueden distinguir no sé cuántos tipos de blanco; pues bien, parece que los afganos tienen aún más formas de referirse al polvo y a la tierra. Después, las calles de Kabul me resultarán fantasmagóricas de noche, no porque la gente no salga, sino porque todo se mira a través de un velo mezcla de polvo, polución y falta de alumbrado público.

Ahora estoy por primera vez en Kabul, Afganistán, y todas las representaciones que pueda tener respecto de este país, incluyendo nociones como Islam, talibanes, guerra, tribus, burka y quién sabe cuánta cosa más, están a punto de ponerse a prueba. Porque a esto magnífico que llamamos Vida (así, con mayúscula) se le ocurrió que una vueltecita por Afganistán podría irme bien y que yo viera el lugar por mí mismo. Creo que nunca he comprendido tan bien, que nunca me ha parecido tan palmariamente clara la frase de Korbizky que sirve de epígrafe de este artículo.

Tengo mucho más que contar. Por ahora, agradeceré en persa a la ciudad y a la Vida (así, con mayúscula): “Tashakor”.


Algunas de las imágenes que ilustran este artículo fueron obtenidas de Internet (2, 3, 4 y 7) y otras fueron tomadas directamente por mí en Kabul (1, 5 y 6). Ellas corresponden, en orden descendente, a:

1. Yo, luciendo dos componentes de atuendos tradicionales en Afganistán: El “pakul” o “pakol”, sombrero afgano, y el “patú” o manta que se usa por encima de la ropa.
2. Vista aérea de un área montañosa de Afganistán.
3. Mapa geográfico de Afganistán.
4. Soldado extranjero y hombre mayor afgano.
5. Exterior del aeropuerto internacional de Kabul.
6. Imagen de una calle de Kabul al atardecer.
7. Vista aérea de Kabul.


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1 comentario:

Verónica dijo...

Hola Cuentador! he leído el srtículo en una PC que tiene una pantalla muy-muy oscura, así que no supe que el de la foto esras tú sino hasta que leí el final, cuando enumeras las imágenes ¿sabes que pensé al principio? ¡Que habías puesto una foto de Bin Laden! jajaja. Mirándote bien, sales demasiado cirnscunpecto ;) Espero más notas afganas, por lo pronto me ha gustado mucho la primera.