jueves, 21 de octubre de 2010

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / UN VINO DE MIERDA

Pero, a veces el vino, prisionero de sombras,
 sale con la navaja del lucro, simulado,
 destituido del sol de su nobleza…”
 Armando Tejada Gómez  

Pongamos que un buen día usted decide invitar a unos amigos a cenar a su casa. Uno de ellos le dice que llevará vino y usted acepta. Su amigo llega y exclama todo orgulloso: “¡Te traje un vino de mierda!”. ¿Qué pensaría usted?

La identidad puede ser considerada, entre otras cosas, como la respuesta que damos a la pregunta “¿Quién soy?”, pero la identidad no es sólo un asunto individual; también puede hablarse de la identidad de una nación. Entre los componentes de la identidad nacional podemos mencionar en algunos casos la gastronomía; al hablar de comida mexicana, libanesa o japonesa, la mayoría reconocemos elementos asociados que distinguen a cada una.

Creo que en el caso de la identidad individual, cuando se proponen preguntas como “¿Quién es usted?” o “¿Cómo es usted?” a personas emocionalmente estables, estas tienden a destacar primero rasgos que juzgan positivos. De hecho, ante estas interrogantes y en un contexto de conversación ligera, si alguien me respondiese con expresión seria: “Soy un mamarracho ignominioso, estoy en quiebra, la gente me desprecia y me huelen muy mal los pies”, yo pensaría que esa persona tiene un problema de autoestima. Mínimo.

No profeso que desconozcamos algunas de nuestras debilidades; sólo apunto que ellas no son por lo general motivo de orgullo. Esto vale tanto para la identidad individual como para la colectiva; en el caso de la gastronomía, si esta no es prestigiosa, no la usamos como punta de lanza para responder cuando nos preguntan sobre nuestro país. Se dice que la cocina inglesa tiene mala reputación; pregunte por las cosas de su tierra a un italiano y a un inglés y es probable que el primero hable en algún momento de la comida, mientras que el segundo se referirá a otra cosa.

A diferencia de la inglesa, la comida francesa es afamada y cuando un francés conversa de la calidad de la gastronomía gala, uno se da cuenta de que el asunto no sólo abarca las elaboradas preparaciones de un chef tres estrellas Michelin, sino también los sencillos croissants o las baguettes de pan. Para mí, uno de los elementos centrales de la identidad francesa es el vino; pienso en Francia y entre las primeras imágenes que surgen en mi mente está una botella de vino. Inicie usted una conversación sobre vinos con un francés y corre el riesgo de quedar atrapado en una magnífica tertulia de por lo menos una hora.

Lo que decimos para describir una comida o un vino puede ser muy interesante. En el caso de los vinos el léxico correspondiente es insólito; los hay: nobles, afrutados, empireumáticos, con buena capa, maderizados, complejos, redondos, grasos, aterciopelados, animales, ásperos, largos, nerviosos, estructurados, con lágrimas y pierna... la lista es inmensa. El asunto puede llegar a extremos demasiado elaborados para el mortal común; en una extraordinaria escena de la película del brasileño Marcos Jorge titulada “Estómago”, Raimundo Nonato, un chef preso, intenta describir un vino a punto de ser servido a unos compañeros convictos, diciendo que tiene “olor a perro mojado”. El resultado es desastroso y los comensales asqueados, deciden que beberán cerveza en lugar del vino, sin haberlo siquiera ensayado.

Así como hay alimentos sublimes, todos hemos probado también alguna vez comidas muy malas, de esas que sólo es posible detestar. Una de las expresiones que juzgo más drásticas –y hasta injustas– para calificar a una mala comida, es decir que esta ha sido “una mierda”. El escatológico calificativo se coloca en las antípodas de lo que uno esperaría de un plato; no es que fue aborrecible, espantoso o vomitivo sino peor aún: ¡fue una mierda! Creo que nadie en su sano juicio querría que su comida o bebida fuese descrita de esa manera y mucho menos en Francia. Por ello es que me resulta tan asombroso que un francés haya decidido sacar al mercado un vino que se identifica como “El vino de mierda”. Sí, señor.

La idea es de Jean-Marc Speziale, un  viticultor de la región de Languedoc. Hay que decir que en el competido mundo vinícola francés, los vinos de esta zona no son los más reputados y con frecuencia son tratados despectivamente, al punto de ser llamados en algunos casos, vinos… de mierda. Esto a pesar del esfuerzo sostenido desde hace años por parte de los viticultores de la región por mejorar su producción. Entonces el señor Speziale, harto del menosprecio sostenido hacia la calidad de los vinos de Languedoc, ha volteado el asunto, utilizando el feo calificativo a su favor y colocándolo nada menos que en la mismísima etiqueta de sus botellas, agregando incluso el dibujo de una mosca, para que no quede ninguna duda.

Estaremos de acuerdo en que hay casos en los que la identidad surge por contraposición; por ejemplo, a veces sólo podemos definir nuestra identidad individual identificando primero lo que no somos (ya desarrollé algo al respecto en mi artículo PROBLEMAS DE IDENTIDAD); es decir, sé qué es lo que soy sólo a partir del momento en que puedo distinguir aquello que no soy. Muy bien, pero de ahí a asociar un vino con lo que precisamente no se espera de él, para que ello forme parte de su identidad y en consecuencia bautizarlo oficialmente como vino de mierda... lo menos que puedo decir es que el riesgo es mayor.

Por su parte, Speziale indica que ha querido con ello desafiar ideas preconcebidas, llamar la atención sobre los vinos de Languedoc y mostrar que estos no tienen nada que envidiar a los de otras regiones. Afirma que la propuesta es además filosófica: en la etiqueta puede leerse también la frase “le pire... cache le meilleur” (lo peor... esconde lo mejor), y los vinos que la llevan han sido creados en alianza con una cooperativa y un etnólogo especializados en vinos de gran calidad. En el sitio web correspondiente (www.levindemerde.com) se posiciona el producto como “un vino para filósofos”. ¿Qué tal?

Como sea, la provocación ha sido un éxito de mercadeo; las primeras 5000 botellas con este nombre se vendieron en pocos días y 7500 más se pusieron luego a la venta. Y no es que el vino sea económico, pues casi 7 euros por botella no es precisamente barato y menos para un vino que se califica a sí mismo tan peculiarmente. Por otra parte, la gran cantidad de reportajes que al respecto se han publicado por diversos medios, han dado un impulso adicional a la producción de vinos de su región.

Aún no he probado el vino en cuestión, pero reconozco que siento curiosidad al respecto. De todas formas no es el único con un nombre extraño; si bien las leyes francesas son bastante estrictas al respecto, en otros países hay algunas denominaciones que vale la pena señalar. Entre estos vinos tenemos: “Fat Bastard” (Gordo bastardo), “Bitch” (Sí, así mismo, como lo lee), “Cat's Pee on a Gooseberry Bush” (Orine de gato en arbusto de grosella), “Arrogant frog” (Rana arrogante), “Red” (Un caso simpático, porque el nombre quiere decir “Rojo” y la botella es totalmente roja, pero el vino en el interior es… ¡blanco!), “Vampire” (Vampiro), “Cochon mignon” (Tierno cochino), un vino español llamado “Vino Peleón”, “The Unpronounceable Grape” (La uva impronunciable), “Elephant on a tightrope” (Elefante en una cuerda floja), y mi nombre favorito (de esta lista, por si acaso) “Mad Housewife” (Ama de casa loca).

De manera que si el día de la cena que usted ofrece, su amigo llega con un “vino de mierda” en la mano, piénselo bien y por lo menos tómeselo filosóficamente (la expresión aquí vale por partida doble); tal vez se sorprenda. En todo caso, nunca olvide aquel popular y sabio adagio que dice: “La vida es demasiado corta para beber malos vinos”.




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