jueves, 7 de octubre de 2010

INSOLITUDES/ NO VOLVERÁ A PASAR, NÚMERO UNO.


“Hoy le voy a rendir tributo 
al que se graduó del instituto 
a prueba de bruto”. 
 Extracto de la canción “Tributo a la Policía”, del grupo Calle 13. 


En el cine y la televisión hay una interesante tradición de detectives, total y divertidísimamente inútiles. Mis favoritos son el “Inspector Clouseau” –en particular la magistral caracterización del inolvidable Peter Sellers, que aparece en la foto a la izquierda de este parrafo– miembro de la Sûreté francesa en la famosa serie cinematográfica “La Pantera Rosa”, y “Maxwell Smart” –personaje también muy cómico, interpretado por el igualmentee desaparecido Don Adams, de una serie de televisión creada por Mel Brooks y Buck Henry–, mejor conocido como el Súper Agente 86, que trabaja para CONTROL, una agencia secreta de contrainteligencia de Estados Unidos.

Estos detectives de pantalla me han hecho reír innumerables veces, notablemente por su capacidad de sembrar desastre por dondequiera que pasan. En el caso del Inspector Clouseau, su descomunal incompetencia es sólo superada por una suerte digna de los ungidos, que unida a una coalición de circunstancias le permite resolver, por encima de su estupidez, los casos en los que participa. Sólo que ello conlleva también una sarta de desgracias a algunos de los que le rodean, especialmente a su superior, el Inspector Jefe Dreyfus, a quien Clouseau a fuerza de torpeza y despelote logra volver loco, al punto que el tipo dedica el resto de su vida a tratar de matar a su antiguo supervisado, sin éxito.

Tal vez porque la figura de la autoridad policial en la realidad es tan lejana de la comedia, es que me parecen tan graciosos estos personajes. Un policía o detective en la vida real casi nunca hace reír y sin embargo… hay excepciones. Porque una noticia reciente que protagonizan unos detectives de verdad verdad, parece más bien sacada de una de estas producciones. Tome asiento, por favor.

Resulta que unos agentes del muy reputado FBI, aparentemente hicieron trampa en un examen para evaluar su conocimiento sobre los procedimientos de contraterrorismo implantados después de los infames ataques del 11 de Septiembre. La prueba era una a libro abierto, pero en la cual no se podía consultar a otras personas, y fue administrada a unos 20.000 empleados de la famosa institución norteamericana anticrimen. Las sospechas de fraude surgieron y alcanzaron a por lo menos 22 agentes, cuando estos contestaron correctamente, en un tiempo de 20 minutos, un examen que normalmente tomaría en responder… ¡90 minutos! Ante tamaña evidencia era obvio que algo no andaba bien y que probablemente los tipos conocían las respuestas de antemano.

Yo leo y releo la noticia y simplemente me parece increíble. En mis tiempos de bachillerato habría sido una hazaña conseguir un examen antes de que este fuera aplicado, y en ese caso, quienes lo hubiésemos obtenido lo habríamos protegido celosamente. Utilizo los verbos en condicional porque hablo, por supuesto, de manera absolutamente hipotética sobre posibilidades como que alguien pudiese, en algún descuidado momento, ingresar al salón de reproducción para encontrar por casualidad un esténcil olvidado utilizado para elaborar una prueba; o que otro coleccionara los exámenes que un mismo profesor había aplicado en años anteriores y apostase sobre la base de la poca mutabilidad de los contenidos educativos, a que el profesor repetiría por lo menos algunas de las preguntas en nuevas ediciones de las evaluaciones.

De nuevo, estas son consideraciones teóricas, totalmente alejadas de la honesta realidad de mis días de estudiante. Y en esos –insistiré– hipotéticos casos, nadie, pero NADIE que conociese de antemano las respuestas habría contestado todo el examen correctamente, y mucho menos lo habría hecho en menos tiempo de lo que se supone que un alumno corriente debería hacerlo. Ello me resulta de una evidencia palmaria... ¡hasta para un estudiante de adolescente bachillerato!

Para volver al caso que nos concierne, en resumen, unos agentes del FBI fueron capaces de conseguir con anticipación las preguntas de un examen que iban a tomar –lo cual dicho sea de paso, habla bien de algunas de sus competencias como investigadores– pero después no tuvieron la suficiente astucia para comportarse como corresponde a un espía que se respete y por ello fueron descubiertos. El error es a mi modo de ver, de un bruto garrafal. ¿En qué manos descansa la acción antiterrorista, por Dios?

Imagine usted ahora que es el jefe de estos “capturados” agentes y que después del bochornoso hallazgo, superando su primer instinto de hacer como el Inspector Jefe Dreyfus con su subordinado, los ha traído a su oficina para reprenderlos. ¿Qué hace usted? ¿Qué les dice? Porque más allá de los aspectos éticos que podríamos considerar, los tipos lograron sin que nadie lo notara, ponerle la mano a una información privilegiada, pero luego se dejaron atrapar como unos mismos pollitos, a causa de una torpeza digna del Inspector Clouseau. ¡Pero qué clase de agentes, señores!

Tal vez haya usted reconocido la frase que titula este artículo y que corresponde a un personaje de dibujos animados de la televisión de mi generación; la utilizaba el inepto investigador Cool McCool (que aparece en la ilustracion a la izquierda de este párrafo) cada vez que cometía uno de sus múltiples disparates ante su jefe, el misterioso “Número Uno”. “No volverá a pasar, Número Uno”, era todo lo que el detective alcanzaba a decir después. Aquí entre nosotros –pero por favor no vaya a salir corriendo a contárselo a los del FBI–, me temo que algo parecido es lo que los agentes de esta historia –que bien pudiera ser extraída de una comiquita– podrían responder.

Ji, ji. ¡Otra vaina más!


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4 comentarios:

Amancio Ojeda Saavedra dijo...

Querido Hugo

Te leo, y casi puedo escuchar tus carcajadas ante una verdadera muestra de inocencia infantil de unos detectives “de ese calibre”.

Me pregunto ¿Qué les preguntaría tu tío Talabarto?

Siempre Tu Amigo…

Anónimo dijo...

Mi querido Hugo:

Una vez más, entre las miles de veces que rio sin parar cada vez que te leo y releo, lo único que se me ocurre es llamarte para comentar lo maravilloso que siempre me resulta saber de ti, distraerme con tus historias y disfrutar este sentimiento, mezcla de orgullo y ausencia, de cariño y admiración!!!
Te extraño un chorro!!!, por eso es que agarro el teléfono y te llamo!!!
También, como siempre:
Maru

Verónica dijo...

¡Creo que voy a dejar de ver series de detectives del FBI! jajajajaja, aún me rehúso a creerlo, Marichales, pero es tan insólito que debe ser cierto. Gracias por hacerme sonreír.

Hugo Marichales dijo...

Agradecido de sus comentarios. Hay diversas aristas del artículo que no comenté; por ejemplo, que al FBI puedan robarle las respuestas que deberían ser secretas ya es todo un tema.

Pero lo que más me gusta es que no lo descubrieron a través de un sistema especial de protección, una verificación de seguridad aleatoria, una mini cámara oculta imperceptible, un análisis forense de la situación o cualquiera de esas otras vainas que uno imagina como consecuencia de la televisión y como correspondería a una oficina como esa, sino porque los muy burros cometieron semejante dislate.

Es que al igual que haría Número Uno con Cool McCool... ¡yo los lanzo por la ventana!