jueves, 2 de septiembre de 2010

PARA CONTAR / SEPTIEMBRE

 “Ba de ya - say do you remember
Ba de ya - dancing in September” 
Extracto de la canción “September” interpretada por Earth, Wind & Fire. 

Septiembre cobra significados distintos con el tiempo. Ahora que vivo en Europa, su inicio significa la transición del verano al otoño y el próximo retorno a los abrigos. Septiembre es igualmente protagonista de varias canciones, entre ellas “September morn” de Neil Diamond y la espectacular “September” del grupo Tierra, Viento y Fuego. Hay quien dice que Septiembre es el mes con más cumpleaños, con base en la idea de que en Diciembre se estimulan los afectos y aumenta el contacto personal, y como consecuencia de ello hay un mayor número de nacimientos 9 meses después.

De las más fuertes asociaciones que tengo con Septiembre, está el regreso a clases. Creo que aún puedo evocar algunas texturas de los libros y cuadernos recién comprados, el aroma de los creyones de cera o la maravilla de ver en la mesa de mi casa la montaña que formaba el conjunto de “útiles” que me acompañaría en un nuevo año escolar.

Un Septiembre que recuerdo con mucho cariño es el de 1979, cuando llegué al liceo “Gustavo Herrera” en Caracas, dispuesto a cursar el 4° año, o para ser más específico, el 1° año del ciclo diversificado de bachillerato. Sé que esa primera semana estrenaba unos zapatos deportivos blancos adornados con unas coloridas líneas curvas, y que la sensación en el cuerpo de la camisa gris manga larga del reglamentario uniforme del liceo era extraña.

En aquel liceo coseché algunas de las mejores amistades de mi vida. Para muestra un botón: Hoy soy flamante padrino de Andrea Jiménez, la hija de Rodolfo José Jiménez, uno de los amigos que encontré en aquel mes. Andrea cumplió 21 años hace poco y como regalo le envié una nota en la que le relaté algo que ahora escojo compartir con ustedes en este Septiembre que comienza.

El “Gustavo Herrera” quedaba lejos, muy lejos de mi casa; me tomaba cerca de una hora llegar hasta allá. Una vez que en aquella primera semana de Septiembre me asignaron a la sección de estudio correspondiente (1° de Ciencias "A") y que me dieron el horario de clase, me encontré con que los días martes y jueves tenía una materia que finalizaba a las 12:30 del mediodía (o algo así) y otra que comenzaba a la 1:30 de la tarde (o algo así). Ahora, como ya mencioné, el liceo quedaba lejíííííííísimo de mi hogar, tanto que con ese horario no me era posible ir a almorzar a casa y regresar a tiempo para la clase de la tarde. Así que en adelante, el cálculo de mis gastos semanales debía incluir una partida para resolver el almuerzo de esos días.

Digamos que en tal circunstancia no estaba solo; una parte de mis compañeros de clase compartía la misma situación: martes y jueves debíamos comer en la calle. El primer martes (o tal vez jueves) que me correspondió, me puse de acuerdo con dos de mis nuevos compañeros y decidimos almorzar por ahí cerca. El lugar seleccionado fue el Tropi Burger, un local de hamburguesas muy de moda entonces, parecido a los McDonald’s o más bien Wendy’s de hoy en día, y para allá nos fuimos.

Recuerdo muy bien que mis dos compañeros y yo compramos nuestras respectivas hamburguesas y nos sentamos afuera del local, en unas mesitas ubicadas para tal propósito. Ahora, relativamente cerca yacían por lo menos dos perros muertos. Un evento tal habría espantado a cualquiera, pero nosotros seguimos allí, disfrutando de nuestras hamburguesas como si nada y lo que hicimos fue bromear durante todo el almuerzo, inventando barbaridades por el estilo de que aquello era parte de la práctica del local y que seguramente la carne que estábamos comiendo en ese momento correspondía a los perros que habían envenenado la semana anterior. La anécdota no será muy hermosa que digamos, pero puedo jurar que es verídica; es el tipo de bromas que suelen disfrutan los varones de 14 ó 15 años.

Uno de aquellos dos muchachos se llama Andrés Mijares y aunque hace mucho que no lo he visto, sigo teniéndole aprecio. El otro se llama Rodolfo José Jiménez. ¿Cómo iba yo, cómo iba nadie nunca a imaginar que uno de esos dos compañeros de mi primer almuerzo de 4° año de bachillerato en la calle, uno de Septiembre y hamburguesas, a la vista de cadáveres caninos, sería después mi compadre?

De vez en cuando pienso en lo que sienten los muchachos que se disponen a regresar a clases en tantos lugares del mundo por esta época, y me pregunto por los universos de expectativas e inquietudes que habrá en cada uno. Sobre ese tema, en algunos programas de formación de facilitadores que he tenido la suerte de conducir, he presentado un hermoso poema, escrito por Guillermo de León Calles, poeta, profesor universitario y cronista del municipio Carirubana, en la ciudad de Punto Fijo en Venezuela.  Se llama “Mañana es Septiembre”; con él cierro este artículo.

Mañana es Septiembre.
Los dedos de mis pies me duelen de tanto meterme en los zapatos de ir a la escuela.
Siento que un libro está de más en mi bulto de lonilla azul marina, y no es el libro que tiene un Dios con sombrero de triángulo y un manto como el que usaba Julio César.
Lo cierto es que mañana es Septiembre y la maestra me espera con su sonrisa de buenos días, seguida de una lección interminable.
Me fastidia ese amor repetido en mi libro primario: mamá me ama, papá me ama, mamá me ama; ese amor de página primera que retrasa mi llegada al patio del recreo con mis zapatos de huequitos en la punta.
Mañana es Septiembre.
Un portón de peleas callejeras me recibe.
Soy yo, tela blanca con unas letras bordadas en mi bolsillo izquierdo.
Yo y mi sonrisa zángana a poca distancia de mi cabello aceitoso.
Yo y mi cuaderno Libertad con un caballo de Bolívar encaramándose en un laurel romano.
Yo y mi futuro de sabio porque llegaría a saber que: CristóbalColónnacióenGénova-aunquealgunoshistoriadoresdicenquenacióenPontePedradeGalicia”.
Yo y mi porvenir de ignorante porque no me aprendería de memoria la historia del torito negro y el torito colorado.
Somos la maestra, Septiembre y yo, entristecidos por los pizarrones negros y la ausencia de la lluvia.
Septiembre y yo sabemos que los trompos tienen más valor que la tabla de multiplicar, y que las páginas de los cuadernos se hicieron sólo para construir barcos de papel.
Mañana es Septiembre.
Primero trataré de entender nuevamente lo del “Gloria al bravo pueblo”. Yo, Vicente Salias y Juan José Landaeta.
Después veré un murciélago trastornarle la quietud a los pupitres.
En uno de esos pupitres labraré un corazón y tu nombre con la hojilla que le sobró a las barbas del abuelo.
Yo y el amor.

Guillermo de León Calles.



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1 comentario:

Verónica dijo...

Para mí, lo mejor de septiembre siempre fue la caja de colores nuevecita ¡Ah, qué aroma maravilloso el de la madera! Septiembre, prismacolor y yo.