viernes, 25 de junio de 2010

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / LA PESADILLA AZUL



 “I guess that’s why they call them the blues”. 
Título de una canción de Elton John. 

Crecí en un país donde el béisbol es por lejos el deporte principal, pero los Mundiales de Fútbol son un evento que espero con ansia. Estamos en tiempos del Mundial 2010 y me gusta que el torneo me sorprenda; mientras escribo este artículo, se ha verificado la eliminación de Italia y de Francia, nada menos que campeón y sub-campeón del Mundial pasado, y aún no termina la ronda eliminatoria. Imagino que de las apuestas respecto de los clasificados para la siguiente fase, no queda ninguna en pie.

Me interesa conocer cómo Italia asumirá su eliminación y compararlo con lo que está sucediendo en Francia, cuyo equipo tuvo una actuación desastrosa. La selección francesa, favorita para quedar de primera en su grupo, jugó tres encuentros de los cuales perdió dos, contra las representaciones de Uruguay y de África del Sur, y empató otro con México. Sólo marcó un gol, recibió tres, ocupó el último lugar de su grupo y quedó eliminada al culminar la primera fase. La prensa y la opinión pública han sido durísimas y por todas partes hay reclamos y exigencias de renovación total.

Mi tropical mirada encuentra en la cultura francesa una modalidad general de cuestionar todo. Será tal vez herencia de Descartes o de tantos otros filósofos que han colocado en alto el nombre de Francia, el caso es que después del fútbol, me atrevería decir que el deporte favorito aquí es el cuestionamiento; cualquier tema se presta para un debate. Ahora, en cuanto al Mundial se refiere, ganar o perder es componente indisociable del deporte competitivo, pero el rendimiento del equipo se ha discutido aquí hasta en los más altos niveles del gobierno. Los franceses seguramente aspiraban a una mejor actuación, pero el problema no reside tanto en el pobre desempeño dentro del campo, sino en la para muchos indigna conducta fuera de éste. El desarrollo de los acontecimientos da para una novela.

Recordemos que la clasificación de Francia para este Mundial se dio en un agónico partido de repesca ante Irlanda, en el cual el gol de la victoria fue marcado por intermedio de una “mano” del jugador Thierry Henry que los árbitros no vieron. El propio jugador se declaró consternado por la situación pero el resultado oficial se mantuvo, con el consecuente pase del equipo galo a la justa futbolística. Si tomamos esto como punto de partida, la cosa no arrancó precisamente bien. Jaleos de todo tipo signaron la selección antes de que el Mundial comenzara: una mediocre actuación en los partidos amistosos de preparación, el último de los cuales perdió ante China, un escándalo relacionado con un presunto servicio sexual que una prostituta habría prestado a algunos jugadores, una relación tirante entre el entrenador y los medios de comunicación, y hasta una polémica entre el equipo y la Secretaria de Estado para los Deportes, respecto del costo del hotel escogido para hospedarse en África del Sur. A pesar de ello, muchos confiaron en el “potencial” del equipo.

Ya en el Mundial, en el terreno de juego, “Les Blues” –que es como se conoce al equipo francés por el color azul de su camiseta– fueron calamitosos, pero quisiera destacar que una parte importante de las críticas apuntaron a que mostraron un juego que parecía sin ganas, sin energía, sin deseos. En palabras de muchos, los jugadores “no sudaron la camiseta”. Pero el verdadero naufragio en términos de imagen sobrevino en el Mundial, con el fracaso ante México –marcador de 2 a 0– que dejó al equipo al borde de la descalificación. “L’Equipe”, principal periódico deportivo del país, publicó después de la derrota unos comentarios terriblemente insultantes que Nicolas Anelka, uno de los principales futbolistas franceses, habría expresado en vestuario hacia el entrenador Raymond Domenech, lo que levantó un escándalo mayor. A raíz de ello, la Federación de Fútbol Francesa expulsó al jugador de la selección; en una rueda de prensa posterior, Patrice Evra, capitán del equipo declaró que el problema no era lo que Anelka hubiese dicho, sino “el traidor” que había entre ellos y que había filtrado la información a la prensa. Ya tenemos entonces una idea del ambiente que se vivía al interior del equipo.

La cereza de la torta fue colocada al día siguiente, cuando los jugadores llegaron a un entrenamiento público, pero después de haber saludado a los aficionados presentes, resolvieron no entrenar en señal de protesta por la expulsión de Anelka. Una huelga al mejor estilo francés, pues… ¡pero de futbolistas! La decisión produjo un fuerte altercado entre el capitán y el preparador físico, después de lo cual los atletas se montaron en un autobús para regresar a su hotel. El entrenador Domenech leyó un comunicado donde los jugadores establecían su posición y el Vicepresidente de la Federación de Fútbol, escandalizado ante la conducta de los deportistas, informó de su decisión de renunciar. En rueda de prensa posterior el entrenador señaló que respaldaba la expulsión de Anelka, y que leyó el comunicado después de 45 minutos de intentar que los jugadores revisaran su decisión, la cual le parecía una “estupidez sin nombre”.

Los eventos fueron muy mal vistos en Francia; se señaló que esta era el hazmerreír del campeonato, se llegó a comparar el motín con el egoísmo propio del capitalismo y entre otras se dijo que los jugadores –que reciben unos sueldos inmensos– eran unos “ricachones malcriados”, unos “impostores” y unos “maleducados”. La propia Ministra de Salud y Deportes se apersonó en el lugar, tratando de poner algo de orden en aquel desastre, pero ya a estas alturas era fácil predecir la debacle final; en su último partido Francia se jugaba por lo menos el honor, pero fue derrotada 2 goles a 1 por África del Sur. En una actitud muy poco deportiva, al finalizar el juego, Domenech rechazó estrechar la mano del entrenador del equipo rival, que vino hasta él para saludarlo. Después del resultado, la ministra dijo enfáticamente “regresamos a casa” y ya en París y ante la mismísima asamblea, se mostró indignada por los sucesos, calificando al equipo como un grupo de “cabecillas de banda inmaduros” y de “chiquillos miedosos”.

Por supuesto que el asunto no terminará allí, cuestionamientos van y vienen, y los siguientes capítulos de la novela prometen ser interesantes: uno de los principales jugadores del equipo solicitó una reunión con el propio Presidente de la República, que ocurrió inmediatamente después de haber aterrizado en Francia y otros jugadores han prometido hablar en su momento. Todos cuestionan y un montón de expertos da su versión de lo que debió haberse hecho y de lo que hay que hacer para el futuro. Tal vez intentando resarcirse en algo, los jugadores han declarado su intención de no tocar ni un euro de las primas que le habrían correspondido por patrocinios, pero hay quienes no se contentan con ello y han propuesto que también donen al fútbol amateur el equivalente de la cantidad de dinero que ya han recibido por ese concepto. La empresa Sony publicó un osado aviso de publicidad de su equipo Play Station, en el cual sale un gallo descabezado –recuerden que el gallo es uno de los símbolos de Francia– y la frase “Game Over”, y los titulares de prensa son cada uno más cáustico que el otro.

Lo que encuentro insólito es que el asunto haya cobrado tal importancia, que se hable tanto de lo que a primera vista es simplemente una mala actuación de un equipo de fútbol, que incluso el Presidente de la República haya tenido que declarar al respecto en algún momento. Con todo respeto, creo que otros temas merecen mayor atención; sin embargo, ello habla también de cuán en serio se toman los franceses su imagen ante el mundo. Me parece gracioso que en inglés, la palabra “Blues” también sirva calificar a estados emocionales de melancolía y tristeza, porque son precisamente esas algunas de las consecuencias que creo que la actuación de “Les Blues” ha dejado entre sus compatriotas en este Mundial. Toca ahora un trabajo que me parece enorme, a fin de que la pesadilla acabe y que la gente pueda volver a sentirse orgullosa de su equipo.

Uno de los primeros recuerdos visuales de los que tengo conciencia es la imagen en un televisor en blanco y negro de un juego de fútbol del Mundial de 1970; a partir de allí asocio fútbol con Brasil y con el mítico jugador conocido como “Pelé” y desde entonces guardo muchas memorias de diferentes Mundiales. Me pregunto si en el futuro, cuando evoque el Mundial 2010 recordaré también las desventuras de este equipo azul, que creo que intentó anotar torpemente y fuera de la cancha, los goles que no fue capaz de marcar dentro de ella. No me alegro de su eliminación, pero pienso que el caso puede por lo menos servir para entender que un equipo de alto rendimiento es mucho más que una reunión de buenos jugadores. Continuaré viendo este Mundial y ahora que me entero que el equipo de Japón hiso “sushi” con el equipo de Dinamarca, seguiré esperando nuevas sorpresas. Como dicen por allí: “La pelota es redonda”.



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