miércoles, 19 de mayo de 2010

CUALQUIER OTRA COSA / EL IDIOMA DE LAS PAREDES


“Salgo a pasear por la ciudad
y en un disparo una canción
se hace grafiti en mí”
Extracto de la canción “Graffiti”, del grupo Inmigrantes.


Uno camina por la calle acostumbrada una mañana y de repente, divisa algo distinto en un muro: una inscripción, frase o manifestación gráfica –o mezcla de ellas–, de un estilo particular, con colores por lo general resaltantes, que no sólo no estaba allí el día de ayer, sino que no estaba planificado que estuviera allí hoy, y que para bien o para mal, intenta decirle algo a quien lo observa. Uno se ha encontrado con un grafiti.

Los grafitis siempre han llamado mi atención, si bien no todo el tiempo me agradan. Quede claro que no estoy de acuerdo con que alguien venga a pintar lo que desee en la propiedad de otro; por bonito, llamativo o interesante que sea, no estaré muy contento si la pared de mi casa amanece con un dibujo que yo no solicité. Por otro lado, el costo que muchas ciudades invierten en borrar los daños causados por los grafitis es considerable; sin embargo, los garabatos sigan apareciendo. Pero no es mi intención hacer mayor filosofía del grafiti (o del propietario de la pared grafiteada) en este artículo, sino contarles algunas cosas sobre el fenómeno.

Algunos dicen que la palabra grafiti se origina en la palabra griega “graphein”, que significa “escribir”; otros sostienen que viene del italiano “sgraffio” que significa “arañazo”. Me parece más probable la primera explicación, pero hay grafiteros que respaldan la segunda, con el argumento de que eso de rayar muros es una de las primeras manifestaciones artísticas del ser humano, pues los neolíticos dibujos encontrados en grutas como las de Lascaux o Altamira, fueron realizados probablemente con instrumentos como piedras o huesos con los que se “arañaban” las paredes.

Tal vez la primera memoria significativa que tengo con un grafiti o algo parecido, fue en mi bachillerato caraqueño, en los muy entretenidos años del liceo Gustavo Herrera. Las instituciones educativas suelen ser blanco de pintas y dibujos y nuestro liceo no era la excepción,  y en la pared de uno de los salones donde recibíamos clase, alguien había pintado un inmenso órgano sexual masculino. Una vez entró al salón el sub-director del liceo y refiriéndose al dibujo, nos dijo algo como: “el que pintó eso en la pared es un cochino”, frase con la que comenzó un regañón discursito con propósito moralizante que tan pobres efectos tiene en los adolescentes. En adelante mis compañeros de clase y yo incorporamos la dichosa frase a nuestras bromas cotidianas.

Filadelfia y Nueva York se disputan el origen del grafiti como manifestación urbana. En los años 60 unos artistas comenzaron a marcar las paredes de Filadelfia; el fenómeno fue conocido como “bombing”, pues los artistas “bombardeaban” los muros con sus nombres o seudónimos, tratando de llamar la atención. Por su parte, en la Nueva York de los años 70, un mensajero a pie comenzó a rayar los vagones de metro que utilizaba para su trabajo, con la inscripción “Taki 183”. Este grafitero fue el primero que interesó a los medios de comunicación.

Hay el antecedente de un vienés llamado Josef Kyselak, que vivió a principios del siglo XIX. Kyselak apostó con unos amigos que sería conocido en todo el imperio astro húngaro; para ganar la apuesta, durante 3 años pintó en rojo y negro su apellido en todas las estaciones de tren de aquel inmenso territorio, pero también en distintos lugares como árboles, puentes, rocas, iglesias, edificaciones, etc.

Bien sabido es que los grafiteros trabajan generalmente de manera clandestina, sin permiso y muchas veces a expensas de la propiedad de otro. Hay quienes encuentran en ello una necesidad de expresarse, de procurar reconocimiento o también de definir territorio propio, de declarar “esta es mi zona”. El objetivo de muchos grafiteros es marcar la mayor cantidad posible de lugares; mientras más inaccesible, riesgoso o extraño es el sitio, más reputación recibe su creador. En Filadelfia, el grafitero Cornbread, otro de los padres del grafiti moderno, adquirió renombre por haber pintado su firma o “tag” en un elefante del zoológico.

El grafiti ha sido utilizado como vía de promoción ideológica, pero también de resistencia; sé que hay evidencia de grafitis de eslóganes políticos en las antiguas Grecia y Pompeya. En su momento los nazis usaron el grafiti como parte de sus tácticas de propaganda, pero también lo hizo un grupo de estudiantes que se les oponía, conocido como “la Rosa Blanca”. Todo aquel que haya entrado a un baño público en Latinoamérica habrá encontrado en las paredes, frases y dibujos de diversas clases.

Muchos hemos rayado alguna vez algo para manifestar descontento. Yo mismo recurrí en una ocasión a algo parecido a un grafiti para mostrar mi insatisfacción, aunque el medio no fue una pared, sino un pizarrón, ni el instrumento utilizado fue la pintura, sino la tiza. Me explico: en Venezuela calificamos de “pirata” a alguien cuya competencia nos parece mediocre; decimos, por ejemplo, que un mecánico o un médico es “pirata” para prevenir a quien quiera solicitar sus servicios. Bien, cuando estudié mercadeo tuve un profesor en mi opinión muy pirata; tanto que yo decía que cuando él venía a clases, primero entraba su loro al salón, en alusión al expandido imaginario en el que todo pirata carga una de estas aves en el hombro. Cada vez que teníamos una sesión con él, yo llegaba antes al salón y dibujaba con tiza, en el borde del pizarrón, una suerte de pico de loro que decía “¡cue!” a manera de onomatopeya del sonido que emiten esos pajarracos. Desconozco si el profesor sabía que el dibujo que asomaba en los tableros de su clase se refería a él; en todo caso aprobé su materia.

El grafiti evolucionó y pasó de ser una firma en un lugar público, a expresiones más elaboradas. Incorporó el uso de las conocidas letras en forma de burbuja, con relleno y borde que le dan un efecto tridimensional, que algunos llaman también “letras bomba”, y luego agregó personajes de dibujos animados y similares. En los años 80 hubo un grafitero en Caracas conocido como “Grillo”, porque pintaba grillos por todas partes. Hoy en día, además de pinturas en espray, se usan entre otros recursos, plantillas, mosaicos, esténcils y calcomanías gigantes, y además el asunto ya no es sólo unipersonal, pues hay también grupos que se dedican a hacer grafitis en conjunto, lo que permite obras más complejas.

A ver qué inventarán en el futuro; en cualquier caso nuevos grafitis aparecerán, pues siempre habrá quien quiera decir algo pintando paredes... ¡especialmente si no son las suyas!


Las fotografías que ilustran este artículo fueron tomadas por mí. Hay muchas imágenes de grafitis sorprendentes en la web; si desean ver otras de mi colección, les invito a visitar este álbum que publiqué en mi perfil de Facebook. 

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2 comentarios:

  1. Hola hermoso sobrino mio. Los grafiteros venezolanos son mas garabateros que expresionistas. Ves por cada ciudad del pais, un escrito, en letras moldeadas o modeladas que no dicen un zipote. Alguna vez se encuentran algunos mensajes del gobierno, que pintan una flor, guacamaya o afin. Pero hasta alli. Observe en tu pagina el grafiti donde aparece el hombre araña como saltando desde la ventana. Para mi, en comparacion con lo que hay aqui, es arte!
    Te amo. DTB.

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  2. Durante la primera recolección de firmas para el referendum revocatorio, yo puse mi nombre y cédula en varios sitios, incluso en los baños públicos que hay en "El Guapo" (carretera de oriente) junto con mi rubrica emitía una opinión (que no repetiré aquí) acerca del susodicho ¿eso cuenta como grafiti?

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