lunes 28 de septiembre de 2009

CUALQUIER OTRA COSA / BATRACIOS


“¡Sapo, vete de aquí! ¡Sapo, ponte pa’ allá!”
Extracto de la canción venezolana “El Sapo”
escrita por Alejando Vargas.

Tengo un juego de solitario muy interesante y divertido que no dudo en recomendar a quien le guste los desafíos intelectuales contra sí mismo. Se llama Hoppers ©, es comercializado por la empresa Thinkfun –valga la publicidad– y se juega sobre un pequeño tablero donde alternan un sapo rojo y varios sapos verdes. En líneas generales el juego consiste en que los sapos van eliminándose o “comiéndose” unos a otros (para ello un sapo tiene que pasarle por encima a otro de sus congéneres) hasta que el sapo rojo extermina al último de los sobrevivientes de los sapos verdes. El sapo rojo siempre gana, a pesar de que pueden jugar hasta 11 sapos verdes, porque estos lo que hacen es masticarse entre ellos.

Lo curioso es que el sapo rojo no se mueve mucho y sólo tiene que eliminar a un adversario de vez en cuando; la mayor parte de la actividad la realizan los sapos verdes papeándose unos a otros. Mientras tanto el sapo rojo está tranquilo en su sitio, observando, esperando (como “sapo en boca e’ caño”, para osar una traviesa paráfrasis) que llegue el último sapo verde y se coloque a un paso de él, para proceder a su correspondiente aniquilación.

Aclaremos que de la forma en que están dispuestas las reglas del juego, sabemos de antemano que el sapo rojo va a ganar. Aún así, es asombroso ver cuántas combinaciones, cuántas maneras distintas tienen los sapos verdes de deglutirse entre sí.

El otro día me dije que si los sapos verdes se pusieran de acuerdo en lugar de depredarse ellos mismos, el desenlace sería probablemente distinto. Le conté esta idea al espejo y recordé que en cierto país estaban muy de moda las caricaturas con figuras de sapos; el reflejo me dijo que tal vez yo tenía entre manos una buena metáfora sobre política…

La verdad es que no sé qué diantres tendrá que ver la política con el bendito juego.



p.d. Querido Pedro León, creo que fue José Ignacio Cabrujas quien con gran tino dijo una vez que sólo con abrir el diario El Nacional y leer tu “Zapatazo” del día, ya se había recuperado lo pagado por el ejemplar.

Por ahí encontré una caricatura tuya, genial como siempre, donde salía una rana que decía: “Cuando yo eche pelo se unirá la oposición”; estuve a punto de publicarla junto con este artículo, pero después preferí utilizar otra (la que en más de un sentido lo ilustra). Por supuesto, si este artículo fuese una metáfora, aquella tal vez sería una mejor opción.

En cualquier caso, espero en algo merecer el permiso de utilizar tu extraordinaria viñeta. ¡Gracias por existir, Pedro León Zapata!


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jueves 24 de septiembre de 2009

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / ROLLOS DE ADN I


La ciencia es la progresiva aproximación del hombre al mundo real.
Max Planck.

James Watson y Francis Crick revelaron al mundo la estructura de la molécula del ADN (siglas del impronunciable Ácido Desoxirribonucleico), la famosa forma de doble hélice que le confiere entre otras propiedades, la capacidad de duplicarse y de transmitir información. Las consecuencias de este descubrimiento son colosales; nociones como genoma, biotecnología, clonación, proteómica, organismos genéticamente modificados y otras que suenan igualmente peligrosas, surgen a partir de aquella espiral primigenia.

Como sucede con toda nueva ruta, la posibilidad de que nos lleve a lugares insospechados –algunos no necesariamente agradables– es alta. No sé si será en homenaje a la intrincada forma helicoidal de la molécula en cuestión, pero hay asuntos actualmente relacionados con el ADN, bien enredados. Incluso Watson y Crick deben asombrarse con algunas cosas que al respecto se plantean hoy.

En estos días se ventila en los tribunales franceses un proceso que ha dado mucho que hablar. Que una mujer desee tener un hijo de su marido es una cosa prácticamente banal. ¡Ah!, pero si el marido está muerto, el asunto cambia completamente.

Es el caso de Fabienne Justel. Resulta que en vida, su marido, que padecía de un cáncer, decidió congelar su esperma a fin de asegurar la posibilidad de procrear en el futuro, en la eventualidad de que el tratamiento que seguía a causa de la enfermedad lo volviera estéril. No llegaría a preocuparse el hombre de tales detalles, pues falleció en el trance; ahora, a poco más de un año de su muerte, su viuda reclama la esperma a fin de inseminarse artificialmente y concebir un hijo.

Un tribunal ha rechazado la solicitud de la mujer. ¿Por qué? Porque la ley francesa prohíbe la inseminación artificial post-mortem, y el contrato firmado con CECOS (siglas en francés de Centro de Estudios y de Conservación de Óvulos y Esperma), el organismo que recibió y resguarda el semen del difunto, estipula que este sólo puede ser utilizado por el paciente, quien debe estar presente y declarar expresamente su consentimiento. Que tales condiciones puedan cumplirse en este caso es… pues… ¡cómo les explico!

Los argumentos legales presentados son interesantes; los abogados de la señora Justel sostienen que CECOS se rehúsa a restituir a su cliente “el patrimonio genético de su marido”, del cual el organismo no es el propietario. Ella dice que tal restricción no se le explicó claramente en su momento y que con la decisión, el tribunal está fomentando el “turismo reproductivo” hacia otros países: “Si hubiéramos sabido que no podíamos recuperar la esperma, la habríamos depositado en Bélgica o en España, donde la reglamentación es más flexible”, argumenta.

Por su parte, el portavoz de CECOS dice que ellos sólo están cumpliendo la ley, que no permite a los vivos –como lo explica el Comité Nacional Consultivo de Ética– “disponer de elementos del cuerpo de los muertos que ya no pueden expresarse”. CECOS –tal vez con base en la idea de que en futuro el marco legal pudiera cambiar– sólo puede comprometerse a no destruir los gametos del difunto, acción a la que tendrían incluso derecho. La ley de bioética data de 1994 y ya fue revisada en el 2004; una nueva revisión está programada para el año entrante.

El asunto no termina allí; hay quienes sostienen que los niños huérfanos de por lo menos uno de sus progenitores, tienen mayores dificultades en su desarrollo personal y que por consecuencia, no está bien que se planifique la venida al mundo de un niño que incluso antes de nacer, será ya huérfano de padre. ¿Qué tal? Los asesores de la señora Justel ripostan, indicando que la idea de tener un hijo era un proyecto del matrimonio cuando ambos cónyuges estaban vivos, y que la situación ahora es parecida a cuando un hombre muere mientras su esposa espera un hijo: ello no significa que la mujer deba interrumpir su embarazo.

Total que el caso tiene aristas diversas, entre ellas la cuestión sobre la disparidad de reglamentación sobre el tema dentro de la Unión Europea, además del hecho de que de acuerdo con la legislación francesa actual, un niño que nazca después de nueve meses de la muerte de su padre, no es reconocido como su hijo legítimo. Esto, en cualquier otro contexto, podría parecer hasta evidente, pero una de las características más maravillosas y al mismo tiempo terribles de estos post-modernos días, es que hasta las cosas más sólidamente obvias pueden tambalear. Por cierto, hoy, cuando un niño puede nacer de una fecundación in vitro, a partir de un óvulo prestado, con esperma congelada y haberse gestado en un vientre en alquiler, es hasta temerario decir que se parece a uno de sus padres.

Hay mucho más para contarles sobre ADN, paternidad y asuntos colaterales aquí en Francia, pero lo dejaré para un siguiente artículo. Por lo pronto y a manera de travesura final, planteo esta pregunta, utilizando un ejemplo en boga: ¿Qué pasaría si después de hacerse el reparto de la herencia de los hijos de Michael Jackson, una mujer con acceso a su esperma congelada, tuviera otro hijo de él concebido por inseminación artificial?

Creo que los abogados que me lean podrían divertirse un rato con este escenario.


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lunes 21 de septiembre de 2009

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / FIESTAS PATRIMONIALES


“Éste sería mi patrimonio, es decir, todo lo que del tesoro
de las generaciones puedo y quiero aceptar como lo mío”.
Jan Kieniewicz.

Los pasados 19 y 20 de Septiembre se celebraron en Francia las Jornadas del Patrimonio. La iniciativa, que fue creada por el Ministerio de Cultura francés en 1984, tiene lugar el tercer fin de semana de Septiembre y su objetivo es incrementar el interés y la conciencia de los ciudadanos sobre el vasto patrimonio del país. A tal fin, una gran parte de los sitios que lo constituyen –la noción de patrimonio abarca, además de los grandes museos, castillos y edificios históricos, parques y jardines, sitios arqueológicos y lugares de actividad industrial, cultural, artística, militar, agrícola e investigación– se abren de manera gratuita a los visitantes.

Vale la pena señalar que cada edición de la iniciativa tiene un tema particular; el de este año fue “Un patrimonio accesible para todos” y por ello se hizo énfasis en mejorar las condiciones de accesibilidad, con énfasis en las personas con discapacidad, a fin de que todos, verdaderamente todos, pudiesen disfrutar plenamente de las jornadas.

Las cifras oficiales sobre el patrimonio en Francia incluyen: 43.180 monumentos históricos, 2.200 parques y jardines, 130.000 objetos, 100 sectores protegidos, 610 zonas de protección de patrimonio arquitectónico, urbano y paisajista, y 139 ciudades y lugares de arte e historia. 33 bienes franceses están clasificados como Patrimonio de la Humanidad según la UNESCO.

La palabra “patrimonio” nos viene de la expresión en latín Patri onium, que significa: “lo recibido por el padre” (cuidado quienes crean que “matrimonio” significaría, por equivalencia, “lo que se recibe de la madre”; la palabra apunta para otro lado). Una de sus acepciones actuales más comunes es, por supuesto, el conjunto de bienes que hereda una persona de sus ascendientes; se puede decir entonces que el patrimonio de un país son los bienes que sus habitantes legan a las siguientes generaciones.

Ahora bien, aumentar el conocimiento sobre el patrimonio no es tan sólo una iniciativa plausible desde el punto de vista de ciudadanía y cultura general. De un estudio llevado a cabo de Marzo 2007 a Diciembre 2008 en Francia, se desprende que el impacto económico nacional del patrimonio es veinte veces superior al del gasto público de inversión. El patrimonio genera en Francia más de 500.000 empleos, de los cuales 33.000 son empleos directos y alrededor de ¡21.100 millardos de ingresos! He ahí otra buena razón para promover su conocimiento, conservación y ampliación.

A partir de 1991, la iniciativa de las Jornadas del Patrimonio se ha expandido por Europa y hoy en día son ya 49 países los que la celebran. Una particularidad es que incluye la apertura de sitios habitualmente restringidos al público; en el caso de Francia hablo de lugares como el Palacio del Elíseo (oficina y residencia del Presidente de la República), la Asamblea Nacional, el observatorio del Centro Nacional de Estudios Espaciales o las instalaciones de la emisora nacional de televisión TF1. Algunos de ellos, como el despacho presidencial, llegaron a tener filas de espera de más de 3 horas.

Confesaré que mi paciencia y pasión por las oficinas públicas y centros de poder no es suficiente como para aguardar tanto, pero aprovechando una ocasión que se presenta una vez al año (y sabiendo que la fila no sería tan larga), conocí lugares por los que siempre había sentido curiosidad y que precisamente por ser de acceso restringido (o pago), no había visitado aún. Pude contemplar así:

El Palacio Nacional de los Inválidos, que incluye el museo militar, una exhibición de armas y armaduras antiguas, la Iglesia Saint-Louis-des-Invalides con su hermoso órgano tubular y el Panteón Militar, que resguarda la monumental tumba de Napoleón.

Los absolutamente extraordinarios salones del Teatro de la Ópera Garnier –llamado así en honor al arquitecto encargado de su construcción, Charles Garnier–, verdadera profusión de fausto; si bien algo recargado para mi gusto, este legendario recinto fue, entre los que tuve la suerte de visitar, el lugar que más me sorprendió en cuanto a ostentación y lujo. Algún día iré a disfrutar de una ópera allí.

La Mansión de Beauvau, despacho oficial del Ministerio del Interior, donde pude apreciar además una exposición sobre estafas, falsificación y otras tracalerías. Aquí entre nos, me pareció medio irónico que en una oficina pública se expusiera precisamente ese tema, pero bueno, ese ministerio también es el organismo encargado de velar por la seguridad de las personas.

La Casa de Víctor Hugo, el renombrado escritor, ubicada en el barrio judío, con su bello salón de estilo chino y donde además me encontré con una serie de entretenidas pinturas, fotos y grabados relacionados con la novela Notre Dame de París.

El interior de la Alcaldía de París (mi edificio favorito de la ciudad) incluyendo el elegante despacho del Alcalde, la monumental sala de fiestas, un llamativo conjunto de vitrales, la hermosa sala de sesiones del Concejo Municipal, una simpática guardería “ecológica” que recibe 66 niños los días de semana y una interesante exposición sobre la distintas profesiones que se relacionan con la operación y mantenimiento diarios del edificio, entre ellos la plomería, la relojería (son unos cuantos los relojes que funcionan en la Alcaldía, algunos de ellos muy antiguos y valiosos), la decoración de fiestas y banquetes y la carpintería.

La Torre de la Catedral de Notre Dame de París, en la que después de subir una cantidad infame de peldaños de una escalera de caracol (más de 400 según el folleto oficial), pues no hay ascensor, se llega con un resto de aliento (a pesar de las paradas intermedias diseñadas para que no le dé un infarto a uno) a un mirador desde el que se puede contemplar una hermosa vista de la ciudad, así como observar de cerca algunas de las famosas estatuas en forma de quimeras y criaturas fantásticas ubicadas sobre la balaustrada, que han contribuido a la notoriedad de la histórica catedral.

En fin, unas agradables jornadas (con todo y las escaleras de la Torre) que para mí fueron de lo más parisinas y culturales, para despedir el verano.


Las fotografías que ilustran este artículo fueron tomadas por mí durante las Jornadas del Patrimonio; en orden descendente, corresponden a:

  1. Crucifijo de la Iglesia Saint-Louis-des-Invalides.
  2. Chimenea decorativa en la Alcaldía de París.
  3. Tumba de Napoléon (obsérvese la talla de las personas que contemplan desde arriba, para que se tenga una mejor idea de las dimensiones del sarcófago).
  4. Techo de una de las salas del teatro de la Ópera Garnier.
  5. Detalle de la sala de estilo chino de la Casa de Víctor Hugo.
  6. “La Estirga”, estatua también conocida como “El Pensador de Notre Dame”, (probablemente la más famosa de todas las representaciones de quimeras de la iglesia) ubicada en la Torre Norte de la Catedral de Notre Dame.

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jueves 17 de septiembre de 2009

PARA CONTAR / SIAMÉS


“Mire, tiene usted talento, preparación y conocimiento, mas a decir verdad, le falta estilo”. Así le habían dicho los integrantes del Recinto al finalizar su presentación; pero era tenaz en esencia y si estilo es lo que necesitaba, estilo llegaría a tener.

Ahora bien, ¿dónde encontrar estilo?, ¿dónde adquirirlo?; o peor, ¿cómo aprender estilo? y más allá, ¿qué significaba en verdad el término?

El diccionario no pudo contestarle a satisfacción porque no andaba detrás del “punzón que usaban los antiguos para escribir en sus tablillas”, o lo que se conoce en botánica como la “prolongación del ovario que sostiene al estigma”. Tampoco estaba indagando sobre el modo de escribir, mucho menos sobre una música y baile típicos del Uruguay.

Lo que perseguía se acercaba más al “modo particular de un artista”, algo impalpable y a la vez definitivo relacionado con la “manera” o tal vez con el “tener clase”, cuyos posibles sinónimos eran “método” y “carácter”. Pero las palabras son eso y sabía que el objeto de su búsqueda estaba hecho de algo más que palabras.

¡Estilo! Tan fácil de distinguir y tan difícil de explicar.

Entonces pensó en los gatos. Estilo y gatos son lo mismo; si hay algo impregnado de estilo son ellos, lo llevan en la médula.

Así que consagró horas y mañanas y tardes y días y semanas a observarlos. Con todo su ser. Tan intensamente que llegó un momento en el que podía recordar cada movimiento de gato que había visto, y analizarlo y descomponerlo y graficarlo y secuenciarlo y determinarlo y esquematizarlo y reestructurarlo y teorizarlo.

Pero el espejo no miente y por más que ahora era capaz de su descripción y explicación, el estilo seguía en otra parte, externo, ajeno, foráneo, escabroso, inaccesible; allá afuera en los gatos, por demás inconmovibles ante sus distintas hipótesis. Por eso el siguiente paso, radical, extremo: la decisión de entregarse a aquella modalidad de existir e imitarla, como recurso terminal para acceder a lo que conocía en una dimensión, pero que le escapaba en otras. Dejar de intentar comprender el enigma para convertirse en el enigma mismo. La idea en acción, de ser como los gatos.

Al principio nada más lejos de sí, más imposible. Nada tan irritante y molesto como ese arrogante sigilo, ese caminar de almohada casi doloroso, ese arrancar de relámpago. Pero persistió en su cita corporal con la sombra, el arco y la garra; se sumergió en el recorrer flotante, en el cimbrar instantáneo, en el estirarse de espuma de resorte, en la curvatura de la bóveda celeste en la espalda.

Moverse con sagaz adivinar y anticiparse. Habitar el salto y el jugar, el quedarse por quedarse, el observar de dioses; accionar en el desdén y la insolencia, en la ondulación serpentina. Ser palpitante fantasma e integrar también el sabor de la emboscada, el paciente transpirar de piedra, la mirada incrustada, los nervios en agazapada catapulta y luego el juicio formidable de la vida o la muerte contenido en un zarpazo.

Mas el incógnito atributo aún pertenecía al animal.

Hasta que comenzó a extrañar la invocación hipnótica de la noche en la carne, a sustentar el deseo por el muscular instinto, la lengua en la dermis, el roce y el desplazamiento feral; a no resistirse más a la sustancia félida y ávida trepándole por dentro. Amarla por fin. Entonces hasta el respirar le cambió y un susurro como de descendiente de trueno andaba consigo después...

Alguna vez volvió. Entró, estuvo y luego se fue; ni siquiera oyó la opinión de los integrantes del Recinto. Después estos salieron para comentar.

Estaban impresionados con la propuesta, había allí talento, conocimiento y preparación, así como cierta frialdad y altivez primaria que no podían precisar. Aunque nadie lo confesó, con la salida intentaban también liberarse de una indefensa sensación de presas acechadas por una criatura depredadora, que por desprecio de último momento les había concedido tiempo adicional de vida.

No podía haber venido antes; alguien así no se olvidaba fácilmente. Uno balbució que era la persona más… cómo explicarlo… ¡felina! que había conocido; alentado por la observación, otro musitó que le pareció que ronroneaba por momentos. Una frase final resumió lo que a cada uno le había quedado en la mente, o más bien en la piel:

¡Pero qué estilo tiene!


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domingo 13 de septiembre de 2009

PARA CONTAR / PARA TRANSPORTARTE MEJOR


Si se va por autobús le acompañará el paisaje
Y en el vidrio se ve usted un reflejo yendo de viaje.
Extracto de la canción “Si se va por autobús” de Fernado Delgadillo.

“Latinoamérica es el lugar donde nada es seguro… ¡pero todo es posible!”, me dijo alguien una vez; es una de las mejores definiciones que he escuchado jamás. Si usted ha tenido la oportunidad de viajar en transporte público terrestre en Latinoamérica, hay probabilidad de que le haya sucedido algo que ratifique la sentencia y que valga la pena contar.

Supe de un señor que perdió unos lentes en el Transmilenio de Bogotá. Era la hora de saturación de usuarios y los pasajeros estaban apretados unos con otros; a muy escasos centímetros del caballero iba una mujer de hermoso cabello largo que el hombre comenzó a admirar. El bus se detuvo en una estación y la dama descendió, cuando el hombre observó algo extraño: en los cabellos de la mujer iba colgando un par de lentes. Fue sólo cuando la puerta se cerró que el hombre se dio cuenta que los lentes eran suyos, pero debido a la proximidad física a la que el sistema obligaba a esas horas, habían quedado atrapados en la cabellera que continuó alejándose.

En Venezuela, en un autobús expreso que cubría una ruta nocturna entre dos ciudades lejanas, entró un señor con una pequeña mata de cambur en los brazos, se sentó en la parte trasera y colocó la planta entre sus piernas. Cuál sería la sorpresa de los pasajeros cuando durante el viaje, a media noche, todos dormidos ya, alguien dio un grito de alarma: de la planta había salido… ¡una culebra! que ahora se arrastraba por el suelo del autobús. Se armó la sampablera y por supuesto, hubo que detener el vehículo en plena carretera y hacer que todos se bajaran hasta localizar el ofidio; imagínense el caos. Después de una hora se eliminó por fin el peligro y los pasajeros, luego de despotricar del señor de la planta hasta el cansancio, pudieron montar de nuevo y reiniciar el viaje. Ya la calma retornaba y algunos pasajeros comenzaban a conciliar el sueño, cuando en medio del silencio de la noche, alguien, refiriéndose a la desdichada serpiente, dijo en voz alta: “¡Y lo peor es que esas bichas siempre andan en pareja!”

En mi adoptiva Valencia existe la figura del colector en los “carritos por puesto”, que es como llamamos en Venezuela a los autobusetes que circulan por la ciudad. Mientras el conductor maneja, el colector se encarga de recaudar el importe del pasaje entre los usuarios, pero también de atraer la mayor cantidad de pasajeros y en caso de ser necesario, que estos quepan en la unidad, aún si ello significa viajar en condiciones no siempre agradables. En esto andaba una vez un colector, intentando que quienes iban de pie dejaran espacio para más pasajeros y les gritaba de mala gana: “Avancen pa’tras. ¡Avancen pa’tras!”. Más adelante se bajó una señora mayor y entonces, tal vez queriendo descargar su molestia por el maltrato, gritó: “Por eso es que este país no progresa. Se avanza hacia adelante, ¡no hacia atrás!”.

Un conocido sostiene que hay autobuses y “por puestos” que atentan contra los derechos humanos; por mi parte estoy convencido de que quien logre mejorar el servicio de transporte público en Venezuela se cubrirá de gloria. De las cosas que más asombra de los “por puesto” es que los conductores colocan música generalmente a volumen muy alto, lo que se añade a las condiciones de poca higiene, al calor, a las aglomeraciones y la desaparición de la noción de espacio vital, y a las mezclas inverosímiles de olores que deben sufrir los usuarios. Las quejas de algunos no producen demasiados resultados y más de una ocasión en que he pedido al conductor que disminuya un poco el volumen, me ha respondido algo como: “Si no te gusta, puedes bajarte.”

Soy usuario frecuente de transporte público y en el más reciente viaje que hice a mi país decidí ir a la playa, específicamente a Patanemo, en el estado Carabobo. De regreso subí a un “carrito por puesto” hacia Puerto Cabello, desde donde otro transporte me llevaría a Valencia. Cuando me monté en la unidad, noté que en el sistema de sonido había – por supuesto, a volumen más alto del necesario– música vallenata. No tengo mayores cosas en contra del vallenato, pero no es mi mejor idea de compañía musical al regreso de la playa.

Ya estaba dispuesto a aceptar la imposición sonora cuando me di cuenta de que el vallenato era además… ¡evangélico! Me refiero a que las canciones contenían mensajes cristianos; recuerdo una sobre las tentaciones que se sufría en la vida y otra sobre un pastor que había tomado el mal camino y que se había metido a borracho. Es decir, después de una relajante mañana playera iba a someterme durante la media hora del trayecto, a la pasión extrema que caracteriza al vallenato, en un nivel sonoro cercano al umbral del dolor y con unas letras que además de dramáticas, me exhortaban a arrepentirme de mis pecados. Me bajé de la unidad… ¡uno tiene sus límites!

La historia más insólita que conozco sobre una unidad de autobús, la escuché de alguien que presenció el hecho en vivo. Es tan sorprendente y alucinante que no puede no ser verdad y es digna de la frase con la que comencé este artículo. Me abstendré de señalar el lugar y solo diré que se trata de una importante organización latinoamericana, suficientemente grande como para poseer sus propios autobuses para el traslado de sus obreros. Debido a que la labor que allá se realiza es muy pesada, estos son todos hombres. Las unidades los recogen en algunos puntos de la ciudad y luego los llevan a la planta, tan retirada que no llega allí ningún otro medio de transporte colectivo público. Culminada la jornada, los autobuses realizan el traslado de regreso.

Pues bien, los días de pago alguien pasa recolectando una cuota de dinero de cada pasajero en las unidades de transporte que van de retorno. Para los nuevos empleados esto siempre es una sorpresa ya que se supone que el traslado es gratuito; pero no es precisamente para pagar gasolina que se usa lo recolectado, como se verá más adelante. Luego, de no se sabe dónde, surgen cajas de cerveza fría que circulan en el autobús, los pasajeros se alebrestan y comienzan a corear: “¡música, música!”; el conductor obedece y coloca una canción vibrante y en un punto medio del recorrido, faltando bastante aún para llegar a la ciudad, detiene la unidad para que se monte una chica que es recibida con vítores y aclamaciones por los obreros.

La muchacha comienza entonces a hacer un… ¡“streap tease”! durante el resto del trayecto, para disfrute de los viajantes. La profesional del arte de desnudarse es aparentemente parte de un grupo que se encarga de entretener a los pasajeros los días de pago, operación no oficial pero que cuenta con el consentimiento de al menos los conductores, quienes a partir del ingreso de la muchacha conducen más lentamente, a fin de prolongar la diversión. Algunas chicas son particularmente apreciadas por los obreros y supe de una conocida como “La Araña”, pues se trepa en los tubos internos del autobús para hacer el espectáculo aún más interesante. El dinero colectado es para pagar a la protagonista, pero si alguien desea un servicio algo más, digamos… personalizado, después de la presentación y si logra arreglar el pago adicional correspondiente, puede dirigirse a la parte trasera del autobús.

Aquí entre nos, por más conocimiento de su oficio que puedan tener las chicas, hay que ser verdaderamente valiente para montarse en un autobús lleno de 30 ó 40 obreros tomando cerveza, a la salida del trabajo, con dinero en el bolsillo y con ganas de fiestear. Sea como sea, la operación debe ser por lo menos rentable porque hace ya tiempo que se lleva a cabo.

Hay quienes son capaces de cualquier cosa para mejorar el servicio de transporte.

lunes 7 de septiembre de 2009

CUALQUIER OTRA COSA / PANTALONES BIEN PUESTOS


“A mí me gusta la mujer con pantalones
que tenga siempre su opinión y sus razones”
Extracto de la canción “Mujer con pantalones”.

Se llama Lubna Hussein, es periodista, viuda, vive en Sudán y es el centro de una polémica judicial que estuvo a punto de costarle nada menos que 40 latigazos. El asunto comenzó el pasado 3 de Julio, cuando Lubna Huseein, junto con otras 12 mujeres fue arrestada en un café de Karthoum por portar, según el artículo 152 del Código Penal sudanés, “vestimenta indecente”, que en el caso que nos atañe es... ¡un pantalón!

El tema sorprende todavía más cuando nos enteramos que Lubna llevaba el pantalón bajo una túnica más bien discreta, e incluso, tenía el cabello recogido bajo un velo tradicional, como es costumbre en países de tradición musulmana. Ah, pero el pantalón es considerado como indecente de acuerdo con una interpretación estricta de la Charia, la ley islámica en vigor en el norte del país y adoptada por el régimen sudanés después del golpe de estado de 1989 dirigido por el actual presidente, Omar el-Béchir. De acuerdo, pero… ¡40 latigazos por llevar un pantalón puesto! Quienes me conocen saben que soy respetuoso e incluso defensor de las costumbres locales, mas aquí la cosa sobrepasa ciertos límites.

Si eso es conmigo, imagínense entonces con Lubna, quien ha convertido sus pantalones en bandera con el propósito de abolir el mencionado artículo 152, según ella, contrario a la Constitución y a la Charia, pues no existe en el Corán ni en las palabras del profeta Mahoma, nada que estipule la flagelación a las mujeres en razón de lo que vistan. “Estoy dispuesta a recibir 40.000 latigazos” ha declarado la periodista. “Miles de mujeres han sido flageladas a causa de su vestimenta durante los últimos 20 años. Ninguna se atreve a presentar querella”. De acuerdo con algunas fuentes, otras mujeres del mismo grupo recibieron ya 10 latigazos cada una y fueron obligadas a pagar una multa.

Pero Lubna y dos de sus compañeras han decidido dar la pelea legal y con su acción han desencadenando un proceso judicial que es seguido ahora por muchísimos ojos en el mundo. Un aspecto interesante del caso es que la periodista habría podido evitar el proceso, ya que cuando fue arrestada, estaba empleada en una célula de comunicación de la misión de la O.N.U. en Sudán y en tanto tal podía beneficiarse de la inmunidad que gozan estos empleados. Por el contrario y con su objetivo en mente, Lubna anunció su renuncia a principios del proceso y decidió afrontar el caso sin privilegios de ningún tipo, aunque el asunto no está del todo claro para la justicia sudanesa, pues la O.N.U. no ha declarado haber aceptado la renuncia.

El pleito judicial –conocido como “el proceso del pantalón”– ha despertado un inusitado interés en círculos internacionales y Lubna aprovechó la cobertura para invitar a diplomáticos, representantes de diversas instituciones y medios a acompañarla durante el juicio. Este culminó hoy cuando el tribunal correspondiente, en lugar de los latigazos de marras, decidió que Lubna debía pagar una multa de aproximadamente 200 dólares. Supongo que tanta observación habrá tenido algún efecto.

Pero todavía correrá tinta sobre el caso. Sepan ustedes que Lubna (así como otras mujeres que la han apoyado) se presentó ante el tribunal… ¡en pantalones!, y previo al juicio había declarado que no pagaría ninguna multa y que estaba dispuesta a ir a prisión de ser necesario. Distintas organizaciones de defensa de los derechos humanos respaldan a la periodista y el mismísimo Secretario General de la O.N.U. Ban Ki-Moon ha declarado estar “profundamente preocupado”.

Quienes me honran revisando de vez en cuando lo que escribo, les pido que por favor tengan cuidado con la lectura de este artículo. Radicales hay en todos lados y lo que expongo no tiene nada que ver con creencia religiosa alguna. Es la interpretación extrema, sesgada, anacrónica y hasta retorcida de un texto legal lo que está en juego, fenómeno que puede ocurrir en cualquier parte, independientemente de la fe que se profese. La hermosa religión del Islam –por más que podamos estar en desacuerdo con algunas de sus prácticas– no se parece a lo anterior.

A Lubna, una viuda que con base en la poca información del caso que manejo, me parece una mujer valiente y con los pantalones bien puestos, mis respetos. En la distancia le dedico este epílogo, tomado de una escena de la extraordinaria película animada Persépolis, basada en el comic del mismo nombre, escrito por Marjane Satrapi. La escena ocurre en Irán, algún tiempo después del golpe de estado que derroca al Sha. Dos integrantes de la policía, “guardianes de la revolución”, observan a una chica que corre apresurada por la calles de Teherán y la conminan a detenerse. Este es el diálogo (asumo el riesgo de la traducción del francés) que ocurre entonces entre los funcionarios y la chica:

- ¡Hey, usted! La dama que lleva el bolso de mano. ¡Deje de correr!
- Es que estoy retardada, tengo una clase dentro de cinco minutos.
- Sí, pero no debe correr de esa manera… cuando usted corre, su trasero realiza movimientos… cómo decir… ¡impúdicos!
-Pues bien, ¡ustedes no tienen sino que dejar de mirarme el culo!