sábado 23 de mayo de 2009

CUALQUIER OTRA COSA / EL HOMBRE


“… pero las palabras también tienen su destino. No mueren con el sonido que las enuncia
sino que adquieren una vida propia y comienzan su aventura y acción”.

Arturo Uslar Pietri

Sí, se murió Mario Benedetti y yo también lamento su desaparición, pero a mí lo que me provoca ahora es conversar sobre Arturo Uslar Pietri, uno de los escritores más importantes de la Venezuela del siglo XX y quizás el de más amplio espectro. La excusa es que el pasado 16 de Mayo fue el 103° aniversario de su nacimiento.

Recuerdo que de niño y para verificar si había memorizado bien algún contenido de los textos que me imponía la primaria, jugaba yo en solitario, sentado frente a mi escritorio, a que era Uslar Pietri en su programa de televisión “Valores Humanos”. Entonces repetía en voz alta (no tanto, para que los demás en casa no me escucharan) lo que recordaba de lo estudiado, tratando de imitar a quien para mi niñez no se revelaba aún como escritor, y cuya elocuencia y coherencia hacían creer que la erudición podía alcanzarse sin esfuerzo. “Amigos invisibles…” decía yo para comenzar, usando la expresión con que Uslar Pietri iniciaba su programa; la frase la asumió para sí el grupo musical venezolano del mismo nombre (Los Amigos Invisibles) y el genial imitador “Cayito” Aponte, parodiando al personaje, la transformó en la no menos fenomenal “Amigos inservibles…”

Ya lector más o menos disciplinado, durante cierta época busqué sin suerte un ejemplar de la novela “La Isla de Robinson” que Uslar Pietri escribió sobre Simón Rodríguez; ahora, gracias a las posibilidades que brinda Internet ¡podré por fin leerla! Hace poco me informaron de un acontecimiento que juzgo feliz: la página web www.proyectoleer.com que contiene algunas de las obras del escritor. Es una iniciativa conjunta entre la Biblioteca Pública del Estado Zulia, la Casa Arturo Uslar Pietri y el diario El Nacional, cuyo objetivo es colocar en la red las obras completas del escritor. Ya se encuentran allí: “Valores Humanos”, “Tierra Venezolana”, sus piezas de teatro, “Cuéntame a Venezuela”, “Las Lanzas Coloradas”, “El Camino de El Dorado”, “La Isla de Robinson”, “Oficio de Difuntos”, “Pizarrón” y “La Visita en el Tiempo”.

El polifacético hombre –porque además de escritor y productor de televisión, desarrolló entre otras actividades las de catedrático, economista, periodista y político– hizo aportes sobresalientes a Venezuela. No intentaré aquí un resumen que otros mucho más calificados para ello ya han elaborado; me limitaré a señalar su aún vigente ensayo Minotauro, firmado el 13 de Octubre de 1948 (es el último –al menos por el momento– del volumen “Pizarrón” disponible en www.proyectoleer.com) y que me parece un brillante ejemplo de su condición de estadista.

Me pregunto qué habría pasado si la aspiración a ser presidente de Venezuela que Uslar Pietri cabalgó en 1963 hubiera cristalizado. “Arturo es el hombre” fue su principal eslogan de campaña y su candidatura alcanzó algo más del 16% de los votos de una elección que ganó Raúl Leoni. Uslar Pietri no volvió a presentar su nombre para liderar a Venezuela, mi país caminó por rumbos distintos y mi pregunta queda sólo para la especulación, mas no es desatino afirmar que su más famosa frase: “Sembrar el petróleo”, que lanzó… ¡en 1936!, no ha sido aún escuchada.

Leí el texto que el actual presidente de Venezuela emitió sobre la muerte del incontestablemente extraordinario poeta uruguayo Mario Benedetti. Más allá de encontrar cierta cursilería en el comunicado, me parece una lástima no haber leído otro texto de parte del presidente a raíz del deceso de Uslar Pietri; en descargo del mandatario, diré que en su momento se refirió al fallecimiento del escritor como un suceso “triste”. Y podríamos discutir si su condición se lo permite, pero en principio creo que tiene él tanto derecho a escribir sobre la persona que sea, como yo de emitir mi opinión sobre la calidad de los comunicados que se le adjudiquen.

Prefiero, no obstante, invertir el resto de mis palabras en comentar dos cosas:

La primera es que Uslar Pietri también hizo poesía; después de “Manoa” en 1972, ya en el otoño de su vida publicó otro poemario titulado “El hombre que voy siendo”. Me luce improbable que “el hombre” no haya establecido alguna relación entre su antiguo eslogan de campaña política y el título del libro que publicó 23 años después, pero ignoro si lo comentó públicamente.

La segunda es que el primer libro de cuentos no infantiles o juveniles que compré en mi vida, fue su “Barrabás y otros relatos”. Esta lectura resolvió de una vez por todas, mi preferencia por el relato entre los géneros literarios. Conocí también su novela “Las Lanzas Coloradas”, algunos de sus ensayos y parte de su obra educativa y de divulgación de la historia venezolana, pero es su vertiente de cuentista la que me capturó; piezas como La Caja, La Lluvia, Simeón Calamaris, o La Pluma del Arcángel me han mostrado uno de los muchos poderes que distinguen a un cuento superior: ese de permanecer en la memoria mucho tiempo después de ser leído.

Espero poder volver a disfrutar pronto de esas creaciones, sea en la página web que ya he señalado, o también a la manera de Arturo Uslar Pietri; es decir, ante un buen libro impreso en la mano.

lunes 11 de mayo de 2009

INSOLITUDES / LA PELONA PELANDO


El verbo “pelar” es uno de muy rica polisemia popular. En Venezuela, en el estado Zulia por ejemplo, se llama “pelar” a la acción de cortarse el cabello: “Ese que te peló era tu enemigo”, suelen decir los siempre jocosos zulianos para referirse a un peinado que juzgan mal acabado. En otros lugares el castigo corporal, sobre todo si es realizado con una correa, se conoce con el mismo verbo: “Si sigues portándote mal te voy a pelar”, amenazan algunas madres hartas de las diabluras de sus muchachos.

Son varias las acepciones, pero dos muy venezolanas me resultan divertidísimas. Llamamos “pelar” o “pelarse” a la acción de fallar o de equivocarse: “Fulano se peló en esa respuesta”. También decimos “pelar” o más comúnmente “estar pelando” para describir la condición de tener poco dinero: “¡Estoy pelando y no son los dientes!”, exclamamos, revelando escasez de fondos. La acepción debe provenir de un recorte de la expresión igualmente venezolana “pelar bola” que le es equivalente en significado (por cierto, usamos “pelar los dientes” para indicar la acción de sonreír).

Ignoro por cuál de los vericuetos que suelen tomar las palabras, la locución “pelar bola” adquirió un significado adicional. Tal vez porque la muerte pudiera considerarse como la falla más grande de un humano (fallar y fallecer podrían tener la misma raíz; no lo he confirmado), también decimos que “peló bola”, o simplemente que “peló”, para referirnos al deceso de alguien: “Fulano peló bola en un accidente de tránsito”. No es muy elegante como expresión, pero así la usamos.

El preludio lingüístico es para contarles a continuación que en este sistémico y post-moderno mundo, ni siquiera la pena de muerte escapa a los efectos de la coyuntura económica. Después de interminables batallas ideológicas entre quienes favorecen la pena capital y quienes a ella se oponen, un reciente argumento parece estar inclinando la balanza a favor de los últimos, al menos en Estados Unidos. Pero no se trata de una nueva mirada filosófica sobre el tema o de algún claro ontológico hasta ahora ignorado; nada de eso. La razón esta vez –¡quién lo diría!– es económica, financiera, contable. El vil metal, pues.

Ocurre que en Estados Unidos, según ciertas cuentas, hay estados que gastan alrededor de 90.000 dólares anuales más por cada condenado a muerte, que por un preso común. Si el promedio de espera entre condena y ejecución es de casi 13 años, ya puede usted ir sacando la cuenta.

Por un lado los procesos judiciales tardan mucho a causa de apelaciones y retardos legales, además de que suelen requerir abogados más costosos y mayor número de expertos y testigos, lo que incrementa el gasto de tribunales. Por otro, se necesitan instalaciones específicas para los condenados, como el tristemente célebre “corredor de la muerte”, y si la ejecución tiene lugar, hay egresos adicionales a tomar en cuenta (dispositivos especiales, médicos, etc.). Una auditoría realizada en el estado de Kansas en 2003 estableció que el costo aproximado de un caso de pena de muerte era 70% más alto que el de un caso similar sin ella.

En momentos en que el ingreso escasea, el argumento de que la eliminación de la pena capital resultaría en un ahorro de millares de dólares anuales, y que en todo caso exige recursos que podrían invertirse en medidas más eficaces para combatir el delito, tiene a estados como Maryland, Montana y Nuevo México considerando seriamente el asunto.

Sin temor a “pelarme”, digo entonces que ni el negocio de La Muerte queda inmune ante los embates de la famosa crisis económica actual.

La representación más común de La Muerte es probablemente la de la calavera; dado su lampiño cráneo (tal vez su peluquero es zuliano), uno de sus muchos nombres es el de La Pelona. Pues bien, me parece notable que gracias a la riqueza del lenguaje de calle de mis paisanos, podamos ahora decir que la pena de muerte podría “pelar bola” pronto, y que así estarán las cosas que… ¡hasta La Pelona “anda pelando” en estos días!

Ji, ji; otra vaina más.