En el blog “Zaperoqueando” (http://zaperoqueando.blogspot.com) de mi siempre sorprendente amiga Naki Soto, leí una interesante nota titulada “Lesbianas”, que parte de la reacción que produjo en una de sus amigas, observar a una pareja de mujeres besándose en la boca. Quise hacerle un comentario en el blog, pero la reflexión creció al punto de convertirse en este artículo.
La primera vez que vine a Francia fue en 1999, acompañado de quien es hoy mi esposa. Tuvimos la suerte de estar en París la noche de “Halloween” y recuerdo que nos sentamos en un bar a tomarnos un trago y a mirar a la gente, cuando reparamos en dos mujeres disfrazadas de brujas en una mesa, que se besaban en los labios. Más allá, dos hombres en trajes alegóricos a la “Guerra de las Galaxias” se besaban también; entonces nos dimos cuenta de que éramos la única pareja heterosexual en el sitio. Nos quedamos y la pasamos de lo mejor; de esa noche conservamos una espectacular foto en la que sale mi esposa con un grupo de travestis, cada uno más estrafalario que el otro.
He observado, y no sólo en París, parejas de hombres y de mujeres besándose en la calle. Estuve una vez en San Francisco, supuesta capital gay del mundo, aunque creo que donde he visto más homosexuales en mi vida ha sido en Manila, Filipinas, en 1998. Mi amigo Pedro Montiel, uno de mis compañeros de ese viaje, todavía se divierte evocando a un desconocido amanerado a quien aparentemente le llamó la atención la profusión de vellos en mis brazos y que sin siquiera pedirme permiso, me tocó y frotó el antebrazo derecho.
A principios de los 90’s estuve en un “bar de ambiente” en Caracas, en compañía de otro amigo que quiso mostrarme algunos misterios de la vida nocturna gay de mi ciudad natal; como no tengo apetencias por los de mi mismo género, me aburrí de lo lindo esa noche sentado en la barra tomándome unos tragos, pero recuerdo dos cosas de la ocasión:
- Mi amigo bailando merengue con otro caballero (fue la primera vez en mi vida que vi a dos hombres bailar en pareja), pero más allá de lo novedoso y curioso que resultó para mí el asunto, encontré que mi amigo se divertía genuina y legítimamente.
- Dos chicas, una más bonita que la otra, que se besaban en la barra, lo que equivalía desde mi heterosexual mirada –y por más legitimación que pudiera darles–, a un total desperdicio.
Tiempo después fui invitado por un compañero de trabajo que además hacía teatro, a la presentación de una obra en el Ateneo de Caracas. La pieza se desarrollaba en un prostíbulo y en un momento de la obra había una fiesta, en la cual los personajes interactuaban con el público. Yo estaba sentado en primera fila y mi amigo, a fin de mortificarme, le hizo saber de mi presencia a otro de los actores que hacía papel de travesti; en el momento de la fiesta, el travesti se acercó a mí… ¡y me sacó a bailar! No me besó, pero en estricto sentido debo decir que yo también he bailado alguna vez con un hombre, por si fuera poco, en público.
Hubo alguien quien durante cierto tiempo sostuvo que yo era homosexual argumentando que nunca me había conocido compañía femenina. Tal vez no se le ocurrió que el mismo argumento podía defender también, por ejemplo, la posibilidad de una alta discreción de mi parte; en todo caso y al contrario de la simpática expresión “¡Ah malaya, una pierna pelúa!” que utiliza una conocida en ciertos días de lluvia, una extremidad masculina que no sea la mía no me atrae en lo más mínimo. Pero digo y con orgullo, que estuve presente en el cierre de la primera marcha gay que se hizo en Caracas, en compañía de uno de mis ahijados, quien es igualmente heterosexual y a quien beso en la mejilla cuando la vida me da el regalo de rencontrarlo.
Beso también a mis hermanos cuando puedo verlos, así como a algunos amigos varones a quienes aprecio de veras. En Francia es costumbre besarse en la mejilla cuando te encuentras con una persona querida, sea mujer u hombre; de hecho, dependiendo de la región, son dos, tres y hasta cuatro besos los que debes intercambiar. Creo que el asunto me tendría sin cuidado si no fuera porque algunos de mis conocidos franceses usan barba.
Hace poco, en el metro de París, se sentó una pareja de hombres jóvenes en frente de mí. Uno de ellos llevaba una rosa en la mano y posaba el otro brazo sobre los hombros de su compañero. Algo especial deben haberse dicho porque en un momento de la conversación se besaron suavemente en los labios.
La ley francesa no prevé el matrimonio entre personas del mismo sexo, pero existe una figura legal interesante llamada PACS (siglas que corresponden en francés a Pacto Civil de Solidaridad) y que es un contrato legal que permite que dos personas naturales, mayores de edad, organicen su vida en común, en el caso de que decidan habitar en una misma residencia. El PACS genera algunas obligaciones legales similares a las de un matrimonio; los firmantes se comprometen a una ayuda material y a asistirse recíprocamente, y son igualmente solidarios de algunas deudas contraídas por el otro, relacionadas con los gastos de vida corriente. Vale aclarar que el PACS no es sólo para parejas homosexuales y que muchas parejas heterosexuales escogen esta vía como manera de formalizar su vida en común, en lugar del matrimonio. Tal vez los besantes que vi en el metro estén “pacseados”.
Reconozco no tener una posición clara sobre el matrimonio homosexual; me da la impresión de que a través del filtro de alguna estructura mental bien primigenia (no por ello mala o buena), establezco una diferencia entre el amor –en palabras de Naki “natural, necesario e inexcusable” y que “no tiene género, ni orientación; simplemente es”–, y la institución que llamamos matrimonio desde la perspectiva de la lucha por los derechos civiles. Tal vez una buena conversación con Naki me dé más luces al respecto.
Recuerdo que después del beso de los muchachos en el metro, al llegar a casa le conté la escena a mi esposa, comentándole que el asunto me había parecido hasta trivial. Me pregunto ahora si estaba alardeando de una supuesta tolerancia y capacidad de aceptación, porque el que haya escogido la escena para relatarla, ya no la hace tan banal. También es cierto que uno no ve a dos hombres besándose todo el tiempo, pero aunque sigo pensando que aquel beso no tenía nada de particular, es probable que de haber ocurrido entre un hombre y una mujer, no lo habría contando ni habría escrito al respecto; tal vez ni lo recordaría.
Como sea estoy en paz y para finalizar le dejo (sea usted mujer, hombre, planta, animal, mineral, hongo, criatura extraterrestre o quién sabe qué otra cosa) este beso.