domingo 15 de febrero de 2009

INSOLITUDES / ANIMALADAS


La diferencia entre lo extraordinario y lo ordinario suele ser precisamente ese extra, que no siempre es notorio; muchas veces es un detalle, un pequeño elemento, una sutil variación, lo que aporta el adicional que convierte a un hecho, de otra forma banal, en algo resaltante; en una “insolitud”.

Las noticias con animales suelen tener esa característica; que alguien salve a otro no es necesariamente destacado por los medios, pero si en lugar de una persona es un perro el salvador, entonces el asunto puede cambiar. Un ejemplo concreto: dentro del en sí mismo noticioso hecho del devastador incendio que en estos días ha atacado a Australia, las imágenes de una pequeña koala rescatada sobresalen y le dan la vuelta al mundo. Por supuesto, la simpatía de la pequeña le agrega color a la noticia; si en lugar de una koala hubiera sido un cocodrilo, un rabipelado o una hiena, tal vez el asunto habría pasado por debajo de la mesa.

Otro hecho relativamente reciente, reúne algunos de los elementos que he propuesto: entre ellos animales, rescate e incluso Australia, aunque la cosa sucedió en Alemania, a decir verdad. Y es que la policía alemana –se me ocurre que en una operación secreta, aunque probablemente escandalosa– liberó a mediados de Diciembre pasado a… ¡1.500 periquitos australianos! que estaban hacinados en Berlín. Los pajaritos eran cautivos de un señor jubilado y los tenía en su apartamento de sólo… ¡2 habitaciones!, en varas y jaulas diversas; le tomó a la policía más de 7 horas atrapar a todas las aves, para colocarlas a resguardo. Conocemos así, por fin, la verdadera respuesta a la canción popular venezolana que pregunta: “¿Dónde estabas tú, periquito?

El amor por los animales tiene múltiples manifestaciones, pero el matrimonio no es precisamente una de ellas; sin embargo, hace muy poco leí que en la India casaron a una chica con un perro. La familia de la muchacha pensaba que estaba poseída por un espíritu malvado, y que la boda era la única vía para combatir la maldición y salvar a la muchacha.

También supe de una mujer de 30 años que se casó con… ¡una cobra!, igualmente en India, aunque en este caso por su propia voluntad (la de la mujer, quiero decir). Apuntarán algunos conocidos que eso no tiene nada de extraordinario y que ellos mismos están casados con una serpiente, pero aquí no se trata de una metáfora. De acuerdo con la fuente, el matrimonio se celebró al frente de 2000 invitados, aunque hay que decir que el ofidio como que no apreciaba las multitudes y prefirió quedarse tranquilamente en su árbol, de manera que la ceremonia se llevó a cabo con una réplica de bronce del animal.

Historias de amor con animales las hay de toda especie; sin embargo, el caso más audaz del que he escuchado sucedió en Tailandia, en 1998, donde detuvieron a un sexagenario que pretendía tener relaciones sexuales con… ¡una elefanta! Cuando el viejito fue capturado medio desnudo sobre una caja, detrás de la paquiderma, esgrimió el extraordinario argumento de que la animal era la reencarnación de su mujer ya fallecida y que “la había reconocido inmediatamente por su mirada libidinosa”.

Ji, ji, ji ¡otra vaina más!


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jueves 5 de febrero de 2009

PARA CONTAR / CERVEZA DOBLE

Hubo una vez un Rayo que cayó dos veces en el mismo sitio;
pero encontró que ya la primera había hecho suficiente daño,
que ya no era necesario, y se deprimió mucho.
Augusto Monterroso


¿Qué posibilidad hay de que un rayo caiga dos veces en el mismo sitio? Dicen que ninguna y aunque no conozco el argumento que sostiene el enunciado, imagino que en cualquier caso la probabilidad es bastante pequeña.

Lo siguiente ocurrió a principios de los 90s: eran mis días de publicista allá en Caracas y en una de relaciones públicas salimos dos compañeros de trabajo y yo, junto con un cliente, a un bar que tenía, si mucho, dos o tres días de inaugurado, en un –para decirlo a la manera de los periódicos– conocido hotel de la ciudad.

Sitio novedoso con bonita vista y agradable ambiente; al llegar solicitamos la primera ronda de cervezas y nos sentamos en unas cómodas sillas alrededor de una pequeña mesa redonda, todos en traje de oficina, saco y corbata, como correspondía a unos ejecutivos que se preciaran de tales.

Era la primera vez que salíamos los tres juntos a compartir de manera social con aquel cliente, representante principal de una de las cuentas más importantes de la agencia en la que trabajábamos. Ya comenzaba la conversación a animarse, cuando la mesera se acercó a nosotros con su bandeja de cervezas en la mano.

Todo muy bien, hasta que un metro antes de lograr posar la bandeja en la mesa, la chica tropezó y las cuatro jarras se voltearon.

No sé a qué puntería o albur achacarle el asunto; el caso es que el contenido de las cuatro cervezas fue a volcarse justo sobre nuestro cliente, con tal precisión que lo alcanzó exclusivamente en el lado derecho. “Exclusivamente” no es aquí un decir; de nosotros cuatro, el cliente fue el único alcanzado por el líquido, con la particularidad adicional de que el baño de cerveza alcanzó sólo el costado derecho. Por si fuera poco, el traje que utilizaba era relativamente claro –entre gris y beige si mi memoria no me engaña–, de manera que después del rociado era muy fácil distinguir visualmente cuál lado de su vestimenta había sido víctima del brebaje de cebada. El hombre tenía un brazo y una pierna mucho más oscuros por la humedad.

Por ventura, nuestra relación con el cliente no era nueva, ya nos conocíamos y habíamos compartido varias aventuras publicitarias, de manera que la cercanía personal permitió que liberáramos algunas sonrisas por el incidente. Aún así, no era la situación más feliz y luego de procurar servilletas para intentar secar algo, nos concentramos en la muchacha, quien se hundía en disculpas por el percance. Caballeros ante todo, intentamos consolarla y dijimos que no se preocupara, que eso le pasaba a cualquiera y que, bueno, que nos repusiera la orden de bebidas, pues el daño al final no había sido realmente grave.

Esto no pasaría de simple anécdota, de no ser por lo que sucedió a continuación. La chica salió en busca de la nueva ronda de cervezas y unos minutos después –absolutamente insuficientes para que la cerveza que había quedado en el traje del hombre se secara– regresó.

Todo muy bien hasta que un metro antes de lograr posar la bandeja en la mesa, la chica tropezó y las cuatro jarras se voltearon.

Si le parece que ya había leído la oración final del párrafo anterior, es porque la he repetido a propósito a fin de describir la nueva escena. Es decir, la chica volvió a tropezar y por segunda ocasión las cervezas se vaciaron sobre uno de nosotros exclusivamente.

Adivine sobre quién…

Exacto: sobre nuestro cliente.

Y con tal precisión y sentido de correspondencia y simetría, que ahora el líquido alcanzó –no invento nada, lo juro– sólo el lado izquierdo de nuestro amigo. Para exponerlo de mejor manera: otra vez el traje lucía de un solo color; eso sí, un poco más oscuro que cuando fue comprado.

Esta vez –hombres tropicales al fin– los otros tres no pudimos contener la risa. Mientras tanto, la chica no hallaba un lugar suficientemente profundo en donde enterrarse, el dueño vino personalmente a disculparse, comenzamos a pensar que el sitio en donde nos sentamos estaba embrujado, que todo era parte de un programa de cámara escondida, en fin… ¡qué desastre!

¿Qué posibilidades hay de que cuatro cervezas se derramen al mismo tiempo, en una misma noche, sin intención y en cuestión de minutos, sobre la misma persona, dos veces?

No me acuerdo del resto; puedo agregar que después de recuperarnos, insistimos ante el dueño que no castigara a la desdichada mesera, aunque no sé cual habrá sido su destino. Con mis dos ex compañeros de trabajo y con el cliente, cada uno ahora en rumbos distintos, converso muy eventualmente, aunque con cariño; mención aparte de la anécdota de la cerveza, hicimos cosas interesantes juntos, aprendimos y nos divertimos, de manera que las evocaciones que los contienen son en general amables.

Como epílogo, anoto que según me han dicho, el rociado amigo, el cliente del episodio, es ahora compadre de uno de los dos compañeros que estaba en el encuentro. No achacaré tan importante relación a aquel acontecimiento, pero quién sabe lo que una cerveza doble puede lograr.