jueves, 29 de octubre de 2009

SILMARIL / LA ESPADA


-Si fuesen una espada ¿cómo pensarían? Si fuesen una espada ¿cómo sentirían? Si fuesen una espada ¿cómo se moverían?


Eran las palabras con las que el Maestro comenzaba todos los días el entrenamiento formal del manejo de la espada, en nuestra formación como samuráis. Practicábamos los movimientos y los ejercicios y cada uno progresaba, pero no lográbamos comprender aquellas palabras y nos angustiábamos y nos preocupábamos, hasta que resolvimos preguntarle directamente.
 

-La integración armónica de las respuestas a esas tres preguntas establece la diferencia entre la vida y la muerte de un espadachín –dijo el maestro–. Ellas son camino para llegar a ser uno con la espada.
 

-Pero somos nosotros los que le damos vida a la espada. ¿Cómo llegar a ser uno con algo que no es uno?
 

-En la lucha la espada no es nada sin nosotros, ¿pero no es también al contrario? Aprender el arte de la espada es entenderla, es sentirla y es actuarla.
 

-¿Entonces son tres caminos separados los que planteas para aprender ese arte?
 

-Parecen separados, pero tal separación es ilusoria. Cuando el espadachín actúa, no actúa sin sentir, no siente sin pensar, no piensa sin actuar. Su experiencia es una sola.
 

-¿Pero cómo entender a la espada, Maestro?
 

-¿Puede acaso un espadachín ser tal sin calcular, sin estimar, sin predecir, sin reflexionar, sin resolver, sin decidir? ¿Puede acudir a la lucha y vencer sin imaginar, sin crear, sin asociar, sin combinar, sin intuir? Pensar como la espada es pensar todo esto; y sin embargo, si sólo pensaran como espada, no serían ella y morirían en la batalla.
 

-¿Cómo sentir a la espada, Maestro?
 

-¿Puede acaso un espadachín ser tal sin haber sentido las distintas emociones de la lucha? Pues no negarán su entusiasmo al empuñar la espada, el placer que les produce, la curiosidad y la intriga por conocer sus secretos. El temor y la duda, el respeto o el desprecio, la arrogancia o la insensatez pueden determinar el resultado de la lucha. Noten la vergüenza del derrotado, su frustración, arrepentimiento o deseo de venganza; observen la alegría, el orgullo y hasta la vanidad del vencedor. Sentir la espada es sentir todo esto; y sin embargo, si sólo sintieran como espada, no serían como ella y morirían en la batalla.
 

-¿Y actuar como la espada, Maestro?
 

-¿Puede acaso un espadachín ser tal sin acción? Actuar como la espada es ser la hoja, el filo, el brillo, el giro y el estilo. Ser la rapidez, la precisión, la vigilia y la postura. El sabor de la sangre, el calor del choque de dos filos, la energía y fuerza puestas allí, el sudor y los latidos que acompañan cada movimiento, la respiración y sus ritmos, y hasta el reposo cuando la espada regresa a la funda. Actuar como la espada es hacer todo esto; y sin embargo, si sólo actuaran como espada no serían como ella y morirían en la batalla.
 

-¿Cómo podemos seguir tus enseñanzas y todo lo que has dicho, si tú mismo dices que así moriremos?
 

-Vivir cada modalidad por separado es inútil. Lo que he dicho explica la lucha pero no es la lucha. El espadachín no será uno con la espada si permite que eso que piensa, que eso que siente o su forma de actuar nuble su estado y perturbe su atención.
 

En ese momento pasó una mosca volando y de repente, como un relámpago, el maestro desenvainó su espada, cortó a la mosca en el aire y luego volvió a guardar el arma. Puedo contarlo así, pero fue un solo y único movimiento que transcurrió en menos de un segundo, fluido, completo, imposible de fraccionar. Como si nada hubiera ocurrido, la expresión inmutable, el maestro continuó hablándole a nuestra sorpresa:
 

-Aprender la espada es aprender que pensamiento, emoción y acción existen. El espadachín comprende que no escapará de ellas, pero ser uno con la espada implica que ellas tampoco escapen del espadachín y puedan traicionarle. Es, como dije antes, la diferencia entre estar vivo o estar muerto.
 

-Pero la espada no está viva, Maestro –dijimos, sin poder alejar de nuestra mente los dos fragmentos de insecto en el piso.
 

-Si no piensan la espada, si no sienten la espada, si no actúan la espada; ¿acaso no considerará ella lo mismo sobre ustedes?


 

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5 comentarios:

  1. Me ha gustado mucho, por un momento me sentí parte de esos discipulos.

    Abrazo

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  2. Defiitivamente maestro Hugo, los resultados de una acción están determinados por la comprensión de los procesos en los cuales el sujeto está inmerso en relación con "Otro", sea este otro: un sujeto, un objeto.

    Saludos,
    Mariana B.

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  3. Hola, José Luis; gracias por tu fidelidad y por tu agradable comentario. Si a ello vamos, todos somos discípulos de alguna forma ¿no?
    Un abrazo.
    Como siempre…

    Hugo Rafael

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  4. Mariana, gracias por tu visita. Asumo que eres Marianita Bermúdez, pero si no es así, por favor disculpa la confusión.

    Respecto de lo que dices, no sé si comprender los procesos es necesariamente determinante para un resultado inscrito en la relación con “otro”; la prueba que propongo es que una de las cosas más difíciles de entender y describir es un beso apasionado y sin embargo, el que no podamos explicarlo no nos impide de disfrutarlo y de besar bien (por suerte para eso “otro”).

    ¿Quiere decir que no debemos intentar comprender las cosas? Para nada, de hecho ese interés es una de las bases centrales de lo que generalmente llamamos progreso. Pero creo que siempre hay que dejar espacio para aceptar también al “misterio”.

    ¿Te cuento un secreto, Mariana? Este texto lo escribí como metáfora para presentar la teoría del Cerebro Triuno. ¿Te parece que funciona?

    Saludos.

    Como siempre…


    Hugo Rafael

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  5. En lo cierto MAestro Hugo. Mariana Bermúdez, alias: marianita.

    Claro que si funciona la metáfora.

    Aprecios,

    MB.

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