jueves, 17 de septiembre de 2009

PARA CONTAR / SIAMÉS


“Mire, tiene usted talento, preparación y conocimiento, mas a decir verdad, le falta estilo”. Así le habían dicho los integrantes del Recinto al finalizar su presentación; pero era tenaz en esencia y si estilo es lo que necesitaba, estilo llegaría a tener.

Ahora bien, ¿dónde encontrar estilo?, ¿dónde adquirirlo?; o peor, ¿cómo aprender estilo? y más allá, ¿qué significaba en verdad el término?

El diccionario no pudo contestarle a satisfacción porque no andaba detrás del “punzón que usaban los antiguos para escribir en sus tablillas”, o lo que se conoce en botánica como la “prolongación del ovario que sostiene al estigma”. Tampoco estaba indagando sobre el modo de escribir, mucho menos sobre una música y baile típicos del Uruguay.

Lo que perseguía se acercaba más al “modo particular de un artista”, algo impalpable y a la vez definitivo relacionado con la “manera” o tal vez con el “tener clase”, cuyos posibles sinónimos eran “método” y “carácter”. Pero las palabras son eso y sabía que el objeto de su búsqueda estaba hecho de algo más que palabras.

¡Estilo! Tan fácil de distinguir y tan difícil de explicar.

Entonces pensó en los gatos. Estilo y gatos son lo mismo; si hay algo impregnado de estilo son ellos, lo llevan en la médula.

Así que consagró horas y mañanas y tardes y días y semanas a observarlos. Con todo su ser. Tan intensamente que llegó un momento en el que podía recordar cada movimiento de gato que había visto, y analizarlo y descomponerlo y graficarlo y secuenciarlo y determinarlo y esquematizarlo y reestructurarlo y teorizarlo.

Pero el espejo no miente y por más que ahora era capaz de su descripción y explicación, el estilo seguía en otra parte, externo, ajeno, foráneo, escabroso, inaccesible; allá afuera en los gatos, por demás inconmovibles ante sus distintas hipótesis. Por eso el siguiente paso, radical, extremo: la decisión de entregarse a aquella modalidad de existir e imitarla, como recurso terminal para acceder a lo que conocía en una dimensión, pero que le escapaba en otras. Dejar de intentar comprender el enigma para convertirse en el enigma mismo. La idea en acción, de ser como los gatos.

Al principio nada más lejos de sí, más imposible. Nada tan irritante y molesto como ese arrogante sigilo, ese caminar de almohada casi doloroso, ese arrancar de relámpago. Pero persistió en su cita corporal con la sombra, el arco y la garra; se sumergió en el recorrer flotante, en el cimbrar instantáneo, en el estirarse de espuma de resorte, en la curvatura de la bóveda celeste en la espalda.

Moverse con sagaz adivinar y anticiparse. Habitar el salto y el jugar, el quedarse por quedarse, el observar de dioses; accionar en el desdén y la insolencia, en la ondulación serpentina. Ser palpitante fantasma e integrar también el sabor de la emboscada, el paciente transpirar de piedra, la mirada incrustada, los nervios en agazapada catapulta y luego el juicio formidable de la vida o la muerte contenido en un zarpazo.

Mas el incógnito atributo aún pertenecía al animal.

Hasta que comenzó a extrañar la invocación hipnótica de la noche en la carne, a sustentar el deseo por el muscular instinto, la lengua en la dermis, el roce y el desplazamiento feral; a no resistirse más a la sustancia félida y ávida trepándole por dentro. Amarla por fin. Entonces hasta el respirar le cambió y un susurro como de descendiente de trueno andaba consigo después...

Alguna vez volvió. Entró, estuvo y luego se fue; ni siquiera oyó la opinión de los integrantes del Recinto. Después estos salieron para comentar.

Estaban impresionados con la propuesta, había allí talento, conocimiento y preparación, así como cierta frialdad y altivez primaria que no podían precisar. Aunque nadie lo confesó, con la salida intentaban también liberarse de una indefensa sensación de presas acechadas por una criatura depredadora, que por desprecio de último momento les había concedido tiempo adicional de vida.

No podía haber venido antes; alguien así no se olvidaba fácilmente. Uno balbució que era la persona más… cómo explicarlo… ¡felina! que había conocido; alentado por la observación, otro musitó que le pareció que ronroneaba por momentos. Una frase final resumió lo que a cada uno le había quedado en la mente, o más bien en la piel:

¡Pero qué estilo tiene!


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4 comentarios:

  1. Miauu, pero que estilo para escribir !
    (y un dulce aire Monterossiano que te queda muy bien)

    La N

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  2. Tanto díficil competir con un piropo como "dulce aire Monterossiano", ejem... Así que seré más directa, Marichales. Me encanta este texto hasta el punto de ronronear. Un abrazo.

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  3. ¡Ah, pero qué halago mayor, incógnita “N”! Que le digan a uno nada menos que en algo se parece al genial guatemalteco…
    Te lo agradezco aunque no me lo creo; es como muy grande pensar estar a la par de las sutiles ironías de Monterroso.
    Sigo preguntándome quién eres. Por un momento pensé que tendrías apellido Hands, pero no sé…
    En cualquier caso, gracias por la visita y sigue regresando.
    Como siempre…

    Hugo Rafael

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  4. Creo que llegaste a conocer el texto que dio paso a éste, Flores. No obstante, esta nueva versión tiene elementos adicionales no contemplados antes, que me agradan mucho, como el detalle de la acechanza sugerida del antepenúltimo párrafo. Gracias por tu consecuencia.
    Como siempre…

    Hugo Rafael

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