domingo, 13 de septiembre de 2009

PARA CONTAR / PARA TRANSPORTARTE MEJOR


Si se va por autobús le acompañará el paisaje
Y en el vidrio se ve usted un reflejo yendo de viaje.
Extracto de la canción “Si se va por autobús” de Fernado Delgadillo.

“Latinoamérica es el lugar donde nada es seguro… ¡pero todo es posible!”, me dijo alguien una vez; es una de las mejores definiciones que he escuchado jamás. Si usted ha tenido la oportunidad de viajar en transporte público terrestre en Latinoamérica, hay probabilidad de que le haya sucedido algo que ratifique la sentencia y que valga la pena contar.

Supe de un señor que perdió unos lentes en el Transmilenio de Bogotá. Era la hora de saturación de usuarios y los pasajeros estaban apretados unos con otros; a muy escasos centímetros del caballero iba una mujer de hermoso cabello largo que el hombre comenzó a admirar. El bus se detuvo en una estación y la dama descendió, cuando el hombre observó algo extraño: en los cabellos de la mujer iba colgando un par de lentes. Fue sólo cuando la puerta se cerró que el hombre se dio cuenta que los lentes eran suyos, pero debido a la proximidad física a la que el sistema obligaba a esas horas, habían quedado atrapados en la cabellera que continuó alejándose.

En Venezuela, en un autobús expreso que cubría una ruta nocturna entre dos ciudades lejanas, entró un señor con una pequeña mata de cambur en los brazos, se sentó en la parte trasera y colocó la planta entre sus piernas. Cuál sería la sorpresa de los pasajeros cuando durante el viaje, a media noche, todos dormidos ya, alguien dio un grito de alarma: de la planta había salido… ¡una culebra! que ahora se arrastraba por el suelo del autobús. Se armó la sampablera y por supuesto, hubo que detener el vehículo en plena carretera y hacer que todos se bajaran hasta localizar el ofidio; imagínense el caos. Después de una hora se eliminó por fin el peligro y los pasajeros, luego de despotricar del señor de la planta hasta el cansancio, pudieron montar de nuevo y reiniciar el viaje. Ya la calma retornaba y algunos pasajeros comenzaban a conciliar el sueño, cuando en medio del silencio de la noche, alguien, refiriéndose a la desdichada serpiente, dijo en voz alta: “¡Y lo peor es que esas bichas siempre andan en pareja!”

En mi adoptiva Valencia existe la figura del colector en los “carritos por puesto”, que es como llamamos en Venezuela a los autobusetes que circulan por la ciudad. Mientras el conductor maneja, el colector se encarga de recaudar el importe del pasaje entre los usuarios, pero también de atraer la mayor cantidad de pasajeros y en caso de ser necesario, que estos quepan en la unidad, aún si ello significa viajar en condiciones no siempre agradables. En esto andaba una vez un colector, intentando que quienes iban de pie dejaran espacio para más pasajeros y les gritaba de mala gana: “Avancen pa’tras. ¡Avancen pa’tras!”. Más adelante se bajó una señora mayor y entonces, tal vez queriendo descargar su molestia por el maltrato, gritó: “Por eso es que este país no progresa. Se avanza hacia adelante, ¡no hacia atrás!”.

Un conocido sostiene que hay autobuses y “por puestos” que atentan contra los derechos humanos; por mi parte estoy convencido de que quien logre mejorar el servicio de transporte público en Venezuela se cubrirá de gloria. De las cosas que más asombra de los “por puesto” es que los conductores colocan música generalmente a volumen muy alto, lo que se añade a las condiciones de poca higiene, al calor, a las aglomeraciones y la desaparición de la noción de espacio vital, y a las mezclas inverosímiles de olores que deben sufrir los usuarios. Las quejas de algunos no producen demasiados resultados y más de una ocasión en que he pedido al conductor que disminuya un poco el volumen, me ha respondido algo como: “Si no te gusta, puedes bajarte.”

Soy usuario frecuente de transporte público y en el más reciente viaje que hice a mi país decidí ir a la playa, específicamente a Patanemo, en el estado Carabobo. De regreso subí a un “carrito por puesto” hacia Puerto Cabello, desde donde otro transporte me llevaría a Valencia. Cuando me monté en la unidad, noté que en el sistema de sonido había – por supuesto, a volumen más alto del necesario– música vallenata. No tengo mayores cosas en contra del vallenato, pero no es mi mejor idea de compañía musical al regreso de la playa.

Ya estaba dispuesto a aceptar la imposición sonora cuando me di cuenta de que el vallenato era además… ¡evangélico! Me refiero a que las canciones contenían mensajes cristianos; recuerdo una sobre las tentaciones que se sufría en la vida y otra sobre un pastor que había tomado el mal camino y que se había metido a borracho. Es decir, después de una relajante mañana playera iba a someterme durante la media hora del trayecto, a la pasión extrema que caracteriza al vallenato, en un nivel sonoro cercano al umbral del dolor y con unas letras que además de dramáticas, me exhortaban a arrepentirme de mis pecados. Me bajé de la unidad… ¡uno tiene sus límites!

La historia más insólita que conozco sobre una unidad de autobús, la escuché de alguien que presenció el hecho en vivo. Es tan sorprendente y alucinante que no puede no ser verdad y es digna de la frase con la que comencé este artículo. Me abstendré de señalar el lugar y solo diré que se trata de una importante organización latinoamericana, suficientemente grande como para poseer sus propios autobuses para el traslado de sus obreros. Debido a que la labor que allá se realiza es muy pesada, estos son todos hombres. Las unidades los recogen en algunos puntos de la ciudad y luego los llevan a la planta, tan retirada que no llega allí ningún otro medio de transporte colectivo público. Culminada la jornada, los autobuses realizan el traslado de regreso.

Pues bien, los días de pago alguien pasa recolectando una cuota de dinero de cada pasajero en las unidades de transporte que van de retorno. Para los nuevos empleados esto siempre es una sorpresa ya que se supone que el traslado es gratuito; pero no es precisamente para pagar gasolina que se usa lo recolectado, como se verá más adelante. Luego, de no se sabe dónde, surgen cajas de cerveza fría que circulan en el autobús, los pasajeros se alebrestan y comienzan a corear: “¡música, música!”; el conductor obedece y coloca una canción vibrante y en un punto medio del recorrido, faltando bastante aún para llegar a la ciudad, detiene la unidad para que se monte una chica que es recibida con vítores y aclamaciones por los obreros.

La muchacha comienza entonces a hacer un… ¡“streap tease”! durante el resto del trayecto, para disfrute de los viajantes. La profesional del arte de desnudarse es aparentemente parte de un grupo que se encarga de entretener a los pasajeros los días de pago, operación no oficial pero que cuenta con el consentimiento de al menos los conductores, quienes a partir del ingreso de la muchacha conducen más lentamente, a fin de prolongar la diversión. Algunas chicas son particularmente apreciadas por los obreros y supe de una conocida como “La Araña”, pues se trepa en los tubos internos del autobús para hacer el espectáculo aún más interesante. El dinero colectado es para pagar a la protagonista, pero si alguien desea un servicio algo más, digamos… personalizado, después de la presentación y si logra arreglar el pago adicional correspondiente, puede dirigirse a la parte trasera del autobús.

Aquí entre nos, por más conocimiento de su oficio que puedan tener las chicas, hay que ser verdaderamente valiente para montarse en un autobús lleno de 30 ó 40 obreros tomando cerveza, a la salida del trabajo, con dinero en el bolsillo y con ganas de fiestear. Sea como sea, la operación debe ser por lo menos rentable porque hace ya tiempo que se lleva a cabo.

Hay quienes son capaces de cualquier cosa para mejorar el servicio de transporte.

8 comentarios:

  1. hola

    vaya cúmulo de anécdotas, la del pelo me ha gustado mucho, y la de los obreros, yo si me la creo,


    un saludo

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  2. Bueno...hallaste una manera de contarlo, jaajajaja! Es tan increíble que debe ser verdad. ¿Sabes? Tengo un conocido, dueño de una pequeña empresa que decidió pagar el sueldo de sus obreros, directamente a las esposas de los mismos. Nunca me expicó muy bien porqué... aunque ahora tengo algunas ideas al respecto, jejeje.

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  3. Demasiado ... pero es la cruda realidad

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  4. Gracias por tu saludo y visita, José Jaime. Uno de los propósitos de El Cuentador es precisamente, compartir anécdotas interesantes; cuéntale sobre el blog a quienes creas que pueden disfrutarlo. Respecto de las “streapers” del autobús, el asunto es totalmente cierto.

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  5. Pues sí, Verónica, logré poner la historia de las “streapers” del autobús por escrito. Hay detalles medio escabrosos que fueron, por supuesto, obviados… ¡pero tenía que contarlo!

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  6. Gracias por la visita, Sharon, espero algún día poder contarte sobre estas y muchas otras historias en persona.

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  7. seguro que seran ciertas esas cosas que relatas, yo no he viajado nunca en colectivos en america, tiene que ser agoviante, un saludo.

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  8. Hola, Mery. ¡Gracias por tu visita! Sí, estas anécdotas son ciertas, por sorprendentes que puedan parecer algunas. ¿De dónde eres?

    Te cuento que no todos los viajes en nuestro continente son agobiantes; de hecho, muchas de las unidades de transporte para viajes interurbanos en Venezuela, Colombia o Ecuador –que son las que he tenido suerte de conocer–, son bastante cómodas. Mas otra cosa son las unidades de transporte intraurbano, que son desafortunadamente las que debe utilizar el ciudadano común. Pero ya se ven iniciativas interesantes en este sentido y estoy convencido de que ese servicio mejorará.

    ¡Regresa a www.elcuentador.com con frecuencia!


    Hugo R. Marichales V.

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