martes, 28 de abril de 2009

CUALQUIER OTRA COSA / SOLIDARIDAD PREHISTÓRICA

“Lo que diferencia al linaje homínido de otros linajes de primates es un modo de vida
en el que el compartir alimentos, con todo lo que esto implica de cercanía, aceptación mutua
y coordinaciones de acciones en el pasarse cosas de unos a otros, juega un rol central”.

Humberto Maturana.

Me gusta pensar que la supervivencia de la especie humana fue posible gracias al trabajo en equipo. A pesar de su superior inteligencia y versatilidad en comparación con las demás especies que competían con él, no creo que el humano prehistórico hubiese podido evolucionar, si en tanto individuo, no se hubiese puesto de acuerdo con sus congéneres cercanos y procurar en conjunto, el logro de objetivos beneficiosos para todos.

Esto, por cierto, no es exclusivo del humano; otras especies también hacen del trabajo en equipo su principal estrategia de supervivencia, mas la nuestra ha llevado esa característica a límites insospechados. Se me ocurre –sobre la base de una idea de Humberto Maturana– que lo que conocemos bajo el muy amplio concepto de “amor” es, en términos evolutivos, una hermosa consecuencia de ese trabajo en equipo.

Un reciente descubrimiento pareciera apoyar esta idea, o por lo menos que lo que entendemos como “solidaridad” –para mí, un componente central del amor– existía ya entre los primeros homínidos. Se trata del cráneo de una preadolescente que habitó hace aproximadamente 530.000 años atrás, en la región conocida hoy como los Montes de Atapuerca en España.

De acuerdo con las características del hallazgo, los científicos pueden afirmar que se trataba de alguien con “craneosinostosis”, una rara condición que afecta hoy a 3 de cada 100.000 individuos, producida por la osificación prematura de las suturas del cráneo y que de no atenderse a tiempo, genera un desarrollo anormal del cerebro. Por las características de este cráneo en cuestión, la chica tenía rasgos distintos –rostro asimétrico o deforme– al resto de su grupo y es probable que como consecuencia de la craneosinostosis, haya sufrido de discapacidad psicomotriz. Era, definitivamente, una chica “diferente”.

Lo fascinante del asunto es que “Benjamina” –así la han apodado los científicos– tenía entre 5 y 12 años al momento de su muerte. Ahora, no olvidemos que estamos hablando de alguien que vivió hace más de medio millón de años, en el pleistoceno, a finales de la era paleolítica. Una discapacidad similar equivale –entonces como hoy– a una muerte segura en cuestión de días después de su nacimiento, para cualquier individuo de una especie que no sea la nuestra. Esta niña, a pesar de su “diferencia”, sobrevivió por lo menos 5 años.

Es muy difícil imaginar en qué condiciones vivió Benjamina, pero de acuerdo con los científicos es incontestable que dependía de sus congéneres para sobrevivir y que para llegar a esa edad, recibió cuidados por lo menos similares a los de cualquier otro infante de su época. Especulo yo que Benjamina fue además objeto de atenciones especiales para alimentarse y desplazarse, dominios en los que otros individuos de su misma edad ya contaban con un grado importante de autonomía. Quiero pensar que en el pleistoceno, el amor de una madre –por abnegado que fuese– no habría sido suficiente para la supervivencia de una niña con discapacidad psicomotriz; quiero quedarme con la idea de que Benjamina fue beneficiaria también de una muy particular solidaridad de parte del resto de su equipo.

De Humberto Maturana conocí la insólita idea de que es el amor la emoción central en nuestra historia evolutiva, que fue el amor lo que nos dio origen como especie. Tal vez Benjamina, 530.000 años después de su muerte, da testimonio de ello.

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