jueves, 22 de enero de 2009

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / LA TABERNA INFERNAL


Yo podría ser
visto caminando a través de un pasillo fúnebre de mi casa, y descendiendo por un oscuro espiral de escarpadas escaleras; acometiendo clandestinamente a Montmartre, impaciente por ver los rubíes ardientes del cruce del Moulin Rouge.
Andrei Bely.

Entre las suertes que me correspondieron la semana pasada con motivo de mi cumpleaños, disfruté una inolvidable invitación al Moulin Rouge –Molino Rojo en español–, el cabaret más famoso del París y posiblemente del mundo entero.

El establecimiento sigue en el mismo lugar de la zona “roja” Pigalle en donde fue construido en 1889, en una avenida que hoy mezcla extrañamente cafés, “sex shops” y tiendas de “souvenirs”, en tanto queda al pie de la colina de Montmartre, una de las zonas turísticas por excelencia de la ciudad. Pero el Moulin Rouge tiene peso turístico propio, al punto que su fachada –que tiene una réplica de un molino color vino tinto–, es una de las más fotografiadas de París.

Símbolo de la vida nocturna de la Belle Époque francesa, en 1906 el escritor ruso Andrei Bely redactó una carta en la que lo calificó de “Taberna del Infierno”, pero a pesar de la fama libertina que pudiera haber ganado el cabaret durante sus primeros años, el espectáculo que vi no tuvo nada de diabólico ni contenía elementos de striptease o similares. Mención aparte habría que hacer del hecho de que las bailarinas pasan gran parte del tiempo con los pechos al aire. Pero “pechugonas” precisamente no son; tanto es así que una de las amigas venezolanas que nos acompañó, preguntó divertida si aquí en París no había cirujanos plásticos. En cualquier caso, el dinámico show mantiene al espectador entretenido y aguardando nuevas sorpresas, número tras número, por casi dos horas.

El Moulin Rouge está empapado de leyenda y no puede disociarse de figuras como el pintor Henri de Toulouse-Lautrec. Se dice que de tanto frecuentar al lugar, el artista logró finalmente el encargo de diseñar los primeros carteles para anunciar el espectáculo –que son hoy parte de la historia del arte y de la publicidad– a cambio de beber gratis en el cabaret durante un mes.

Uno de esos carteles retrata a otra leyenda, la bailarina Louise Weber, mejor conocida como “la Goulue” (la Tragona) por su hábito de pasar por alguna mesa del lugar mientras bailaba, y acabarse de un solo sorbo el contenido del vaso de quien estuviera sentado allí. Fue en su momento la bailarina mejor pagada de París; descarada, extrovertida y audaz, danzaba sobre las mesas y era capaz de quitarle con los dedos de los pies, el sombrero a algún embelesado cliente, que probablemente esperaba la alzada de falda y pierna para atisbar el mítico corazón que la Goulue llevaba bordado en su ropa interior.

Muchos tiempo ha pasado desde entonces y por lo menos una decena de películas se han hecho sobre el Moulin Rouge, incontables restaurantes han sido bautizados con su nombre en todo el mundo y sobre sus tablas han pasado artistas de la talla de Charles Aznavour, Josephine Baker, Bing Crosby, Dalida, Sacha Distel, Jerry Lewis, Dean Martin, Liza Minelli, Edith Piaf, Ginger Rogers, Frank Sinatra, Peter Ustinov, Ray Charles, Mikhail Barischnikoff, Gipsy Kings y Elton John.

El show actual del Moulin Rouge se titula Féerie (desde 1963, el nombre de todos los shows comienza con la letra “F”); participan unos 100 artistas y combina bailarinas, mimos, más de mil vestidos y atuendos, malabaristas, iluminación, más bailarinas, fastuosos decorados, ventrílocuos, todavía más bailarinas, canto, utilería, contorsionistas y por supuesto, muchas más bailarinas, todo acompañado de una vibrante música realizada especialmente para el espectáculo.

En uno de los momentos cumbres, surge del suelo un acuario transparente con dos serpientes vivas muy grandes y una bailarina se lanza dentro, para realizar una sugestiva danza acuática con los reptiles. Por supuesto, se presenta también el exigente cancán y uno se admira de la capacidad atlética de las bailarinas, que después de hora y media de show durante el cual además se han cambiado no sé cuántas veces de ropa, tienen aún energía para hacer las cabriolas que la emblemática danza impone. La célebre pieza musical que identifica al cancán francés, fue escrita por Jacques Offenbach en 1858 y es parte de la opereta “Orfeo en los Infiernos”; que casi 50 años después Andrei Bely haya calificado al Moulin Rouge de “Taberna Infernal”, parece una simpática jugarreta del destino.

De un tiempo para acá he tratado de celebrar mi cumpleaños con champaña y resulta que es esa la bebida por excelencia del Moulin Rouge. A ver; si usted fuera una botella de champaña ¿dónde cree que ocurriría su descorche? ¿Tal vez en una boda, una graduación, una celebración rimbombante o una fiesta de fin de año? Sí, probablemente sí, pero también es posible que su destape suceda en el cabaret parisino; si no me cree, aténgase a esta cifra: una de cada mil botellas de champaña se consume en el Moulin Rouge, que es el principal comprador de esa bebida del mundo y que vende unas 350.000 unidades cada año. En las estadísticas del 2009… ¡estoy yo incluido!

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Zoraya dice:
Muy interesante querido Hugo, no podía ser más especial tu cumpleaños, se te cumplió el deseo de celebrarlo con champagne, y en nada más y nada menos que en ese lugar tan especial. Es que te mereces eso y más. Concedido por papá Dios, estuviste en el lugar y tiempo perfecto. Gracias por toda la información sobre este lugar Cuentador. Mis respetos.

Anónimo dijo...

Qué chevere la emoción que se nota en tus palabras, qué maravilla tu pluma, qué honor haber compartido contigo ese gran momento, qué lástima que fue el último día de estos primeros días contigo... MARU

Anónimo dijo...

Padrinooo pasaste un cumpleaños medio porno!! jajaja q diferente XD.. eso si que es variar.. pero fiiino, asi aprendo un poco de las cosas del mundo, a traves de ti =D..

Tu ahijadita Andrea

Hugo Marichales dijo...

¡No hombre, ahijada! Si algo precisamente no tiene el espectáculo del Moulin Rogue, es escenas eróticas. Si no fuera porque la temática es más bien adulta y porque las chicas andan la mayor parte del tiempo con los pechos al aire (lo cual aquí tampoco es tan gran cosa y aunque no lo creas y dada la calidad del espectáculo, al rato a uno se olvida el asunto), podría ser un show que los niños disfrutarían también. Y como ya tú no eres precisamente una bebé… ¡a ver si algún día vamos juntos! QDTB… ¡YTLDUMH!
Como siempre…

Hugo Rafael

Anónimo dijo...

Entre Insolitudes y demás historias del Cuentador, me encuentro sumergida disfrutando de las maravillas que fluyen de tu la pluma escritora (bueno de tus deditos y el teclado, jajaja) y extrañando el compartir con mi amigo Hugo Marichales ... Sharon