miércoles, 14 de enero de 2009

CUALQUIER OTRA COSA / BALADA DE HANS Y JENNY


Dicen por ahí que uno debe memorizar alguno de sus poemas favoritos. Todavía no lo logro, pero aunque los cuentos son mi género literario predilecto, un poema siempre me ha parecido también un buen regalo.

Digo ahora que El Cuentador es un lugar para entregar obsequios, más que para recibirlos. Es mi cumpleaños y por tanto deseo entregar uno ahora, que a mi vez me fue obsequiado por mi padre. Es uno de mis poemas favoritos (ya lo memorizaré algún día) y la primera vez que lo escuché, fue en la voz paterna, estoy seguro, alguna mañana de domingo bastante fresca, me parece. Se llama “Balada de Hans y Jenny”, escrito por el inmortal Aquiles Nazoa; hoy se los dedico 44 veces.

BALADA DE HANS Y JENNY

Verdaderamente, nunca fue tan claro el amor como cuando Hans Christian Andersen amó a Jenny Lind, el Ruiseñor de Suecia.

Hans y Jenny eran soñadores y hermosos, y su amor compartían, como dos colegiales comparten sus almendras.

Amar a Jenny era como ir comiéndose una manzana bajo la lluvia. Era estar en el campo y descubrir que hoy amanecieron maduras las cerezas.

Hans solía cantarle fantásticas historias del tiempo en que los témpanos eran los grandes osos del mar. Y cuando venía la primavera, él la cubría con silvestres tusílagos las trenzas.

La mirada de Jenny poblaba de dominicales colores el paisaje. Bien pudo Jenny Lind haber nacido en una caja de acuarelas.

Hans tenía una caja de música en el corazón, y una pipa de espuma de mar, que Jenny le diera.

A veces los dos salían de viaje por rumbos distintos. Pero seguían amándose en el encuentro de las cosas menudas de la tierra.

Por ejemplo, Hans reconocía y amaba a Jenny en la transparencia de las fuentes y en la mirada de los niños y en las hojas secas.

Jenny reconocía y amaba a Hans en las barbas de los mendigos, y en el perfume de pan tierno y en las más humildes monedas.

Porque el amor de Hans y Jenny era íntimo y dulce como el primer día de invierno en la escuela.

Jenny cantaba las antiguas baladas nórdicas con infinita tristeza.

Una vez la escucharon unos estudiantes americanos, y por la noche todos lloraron de ternura sobre un mapa de Suecia.

Y es que cuando Jenny cantaba, era el amor de Hans lo que cantaba ella.

Una vez hizo Hans un largo viaje y a los cinco años estuvo de vuelta.

Y fue a ver a su Jenny y la encontró sentada, juntas las manos, en la actitud tranquila de una muchacha ciega.

Jenny estaba casada y tenía dos niños sencillamente hermosos como ella.

Pero Hans siguió amándola hasta la muerte, en su pipa de espuma y en la llegada del otoño y en el color de las frambuesas.

Y siguió Jenny amando a Hans en los ojos de los mendigos y en las más humildes monedas.

Porque verdaderamente, nunca fue tan claro el amor como cuando Hans Christian Andersen amó a Jenny Lind, el Ruiseñor de Suecia.

Aquiles Nazoa.

2 comentarios:

Verónica dijo...

¡Jajajaja!!! No puedo creerlo! De los textos de Aquiles Nazoa, ése siempre fue mi favorito. Gracias por recordármelo, Cuentador, ha sido un lindo regalo para esta tarde de sol.

Anónimo dijo...

Zoraya dijo:
Buenos días Cuentador, es muy hermoso, muchas gracias...tiene usted la suerte de tener a alguien muy especial como su papá que le obsequie tamaño regalo y usted de compartirlo con nosotros, sus seguidores.