miércoles 30 de julio de 2008

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / EL PUENTE ALEXANDER III

Sobre los puentes se puede escribir hasta quién sabe cuándo. La literatura y la historia tienen como protagonistas de cierta constancia a estos elementos que sirven de conexión, de enlace, de vínculo, de pasarela, que nos permiten salvar un obstáculo y pasar de de un lado a otro, que hacen que algunos extremos puedan tocarse.

París y el río Sena, ineludiblemente unidos en historia, también saben de puentes. Los primeros vestigios de civilización parisina se ubican en la isla conocida como “Cité”, situada en el Sena y que acoge hoy en día a la celebérrima catedral de Notre Dame de París. En tiempos de conflictos, los habitantes se refugiaban en las islas del Sena, a las cuales sólo podían llegar navegando. Hasta el siglo XVII sólo había dos puentes que de ser necesario, eran destruidos a fin de detener a los enemigos.

El avance del tiempo y el desarrollo urbano permiten que hoy en día haya sobre los aproximadamente 14 kilómetros de río que atraviesan la ciudad, por lo menos 35 puentes que unen las dos riveras del Sena. Varios puentes de París están inscritos en el inventario de la UNESCO de los grandes sitios del mundo y el llamado Pont Neuf (Puente Nuevo en francés) es curiosamente, el más viejo de todos.

De estos puentes, quizás el más famoso y vistoso es el Puente Alexander III. Construido como parte de los proyectos realizados en París para la Exposición Universal de 1900, el puente rinde homenaje a la amistad Franco Rusa. De allí que lleve el nombre del Zar Alexander III, cuyo hijo, el Zar Nicolás II, puso la primera piedra en Octubre de 1896, si bien la construcción no comenzó sino en Mayo de 1897.

Erigirlo tomó 3 años. El diseño es de los arquitectos Joseph Cassien-Bernard y Gaston Cousin y su construcción fue liderada por los ingenieros Jean Résal y Amédée d'Alby. Requisito fundamental era que no obstruyera la visibilidad, pues une dos de los más vistosos lugares de la ciudad: las extraordinarias edificaciones Grand Palais y Petit Palais en la rivera derecha del Sena, con la explanada de Les Invalides en la rivera izquierda. Dado ese requisito –el de no entorpecer la vista–, el puente tiene una altura máxima de 40 metros sobre el río.

El puente es además una de las primeras construcciones “prefabricadas” del mundo y su estructura es totalmente metálica. Sus componentes fueron fundidos y forjados en las fábricas de Creusot, y luego transportados en embarcaciones fluviales hasta el lugar en donde fue montado.

El Puente Alexander III, con sus cuatro pilares coronados cada uno con estatuas doradas que representan respectivamente el Arte, el Comercio, la Industria y las Ciencias, es simplemente soberbio, símbolo de la París de la que tanto se habla; esa romántica, majestuosa, fuera de serie. Ello me lleva a suponer que es uno de los puentes más fotografiados del mundo. Además, para quienes hemos nacido bajo la herencia de Simón Bolívar, el Alexander III tiene un atractivo adicional, en tanto al costado de una de las entradas (o salidas) del puente, la que da justo al Petit Palais, hay una estatua ecuestre del Libertador.

Dentro del colosal abanico de posibilidades que esta ciudad ofrece, este puente es de los sitios que recomiendo no perderse. Cuando lo atravieso, me acompaña el deseo de que todos quienes me son queridos lo crucen también algún día, que puedan detenerse un rato en el Alexander III y tengan la suerte de apreciar un ocaso desde allí, con una copa de buen vino en la mano. Si yo puedo estar ahí al lado, pues mejor. ¡Salud!



jueves 24 de julio de 2008

INSOLITUDES / HITLER SIN CABEZA

La noticia le dio la vuelta al mundo: Adolfo Hitler había sido decapitado.

La historia cuenta que el tristemente célebre personaje se suicidó, así que el que ahora salieran por ahí diciendo que lo habían descabezado, era un asunto medio raro. Pero como uno de los signos del postmodernismo es que las cosas en las que creemos suelen derrumbarse o mutar de manera espectacular, procedí a enterarme bien del caso.

El asunto resultó, no una propuesta revisionista, sino un hecho ocurrido hace pocos días, ji, ji, durante la inauguración de la sede de Berlín del famoso Museo de Cera de Madame Tussauds. Momentos después de la apertura formal del lugar, un berlinés burló la seguridad y arremetió contra una estatua del dictador allí presentada, logrando arrancarle la cabeza.

El descabezador, un ex policía desempleado que se califica a sí mismo como “pacifista”, cuando descocó a la estatua (particular manera de manifestar su pacifismo, por cierto), gritó algo como: “¡Nunca más guerra!”. Si el asunto hubiese sido sólo un acto simbólico, bueno, digamos que pase, pero aparentemente el tipo actuó además porque había hecho una apuesta con varios amigos (¡vaya!, de aquí a que actos pacificas del futuro se coticen en la bolsa de apuestas de Las Vegas, podría haber tan sólo pasos).

Ahora el verdugo deberá pagar, además de una multa, la reparación de la guillotinada estatua, aparte de que es objeto de una investigación policial, porque en la embestida hirió ligeramente a uno de los guardias que se encontraban entre él y su víctima.

Otro tema aún en debate es si la figura será de nuevo exhibida o no después de reparada, en tanto se entenderá la polémica que algo así despierta en Alemania, país en el que una ley prohíbe todos los símbolos nazis. Hay quienes se oponen a que el nefasto personaje sea expuesto, mientras que otros opinan que por aciaga que haya sido, la historia no puede ser borrada. La verdad es que a mí me costaría mucho considerar el pasado reciente de Alemania y no pensar en Hitler y sus horrores.

En cualquier caso, los portavoces del museo han declarado que la figura –cuya creación fue producto del trabajo de un equipo de 25 especialistas durante cuatro meses– no presentaba (al menos mientras tenía la cabeza en su sitio) a un hombre victorioso, sino que más bien lo retrataba en su final fracaso, derrotado en su bunker, momentos antes de suicidarse.

Sea cual sea el destino de la estatua, tal vez una moraleja de la historia es que si te portas mal, en cualquier momento –incluso más allá de tu desaparición sobre la faz de la tierra– puedes ser descabezado.

Je, je. ¡Otra vaina más!

miércoles 16 de julio de 2008

PARA CONTAR / MICKEY MOUSE DE POLIZONTE EN UNA BODA


Como algunos de ustedes saben, mi esposa, Karla Levy, se dedica de manera profesional a la acción humanitaria y esta actividad tiene un anecdotario en mi opinión tan delicioso como variado. Lo que contaré a continuación se lo escuché a una de sus compañeras de trabajo; por supuesto, he modificado alguno que otro detalle y los nombres de los protagonistas –a quienes dicho sea de paso, no conozco (o sea, de lo más chismoso, yo)– los he omitido, ya verán por qué.

Los humanitarios entienden cada vez más que para poder prestar un mejor servicio a cualquier comunidad, deben respetar las costumbres, tradiciones y conocimientos locales. Esta historia se inscribe en esa línea.

Imaginen pues, una de las incontables y recónditas villas de un país de tanto contraste y tan complejo como la India. Hasta allá había llegado una chica europea haciendo labor humanitaria; una mujer que intentaba servir y que se quedaría en la villa por un tiempo, dejando en su país de origen entre otras cosas, a su novio.

Supongo que el novio no pudo esperar a que la chica regresara para volver a verla y pasados ya unos meses de su partida, decidió visitarla, cosa que ella aceptó. Entonces el hombre –que no era humanitario, pero sí enamorado– cuando llegó el tiempo de vacaciones, compró un pasaje y se pegó el viaje hasta allá. Ahora, si yo me voy hasta la India para encontrarme con alguna fémina, cuando llegue voy a reclamar mi premio ¿no les parece?

Bueno, el caballero arribó y fue recibido muy bien por la gente del pueblito, que le dedicó un banquete especial (detalle altamente significativo, especialmente cuando no se tienen muchos recursos). Pero había un detalle: de acuerdo con la usanza del pueblo, él y la chica sólo podían dormir juntos si estaban casados, lo que no era su caso.

Dadas las características de la villa (una pequeñita donde todo, por supuesto, se sabe), los novios no podían escaparse o esconderse, y la gente aparentemente hace punto de honor en eso de estar casados para poder compartir cama. La pareja insistió, argumentando que sus costumbres eran otras, pero no hubo forma de convencer a los locales de lo contrario; cuando llegó la hora de recogerse, el caballero fue ubicado en un sitio bien alejado de aquel donde reposaría su dama. Las costumbres locales se respetan; sí señor.

Así, al día siguiente y para poder satisfacer sus muy legítimos deseos de dormir (y otras cosas) juntos, la pareja decidió casarse bajo la tradición religiosa del pueblo. Quede claro que nuestro protagonista no tenía planeado matrimonio ni nada por el estilo en aquel viaje, pero no había de otra, si quería cristalizar su aspiración. Tuvo finalmente que aceptar a regañadientes, aunque también lo tomó como forma de honrar la acogida que había recibido de los pobladores; por otra parte él, aunque la respetaba, no profesaba esa religión, por lo cual no le importó tanto el asunto, que vio más como exótica anécdota que como vínculo matrimonial formal. Además y como dice el dicho (aunque en este caso no se aplique tan literalmente... ¿o tal vez sí?): “París bien vale una misa”.

Por su parte, para los pobladores de aquel lugar ubicado quién sabe en dónde, el asunto sería todo un acontecimiento pues la chica ya tenía ganada la simpatía de la gente y ahora iba a casarse nada menos que de acuerdo con sus costumbres. Como buen pueblo pequeño, un matrimonio no es un evento muy frecuente y mucho menos el de una extranjera, así que a las nupcias asistiría toda la gente del lugar, con sus mejores galas.

Hasta ahí todo bien, pero sucede que en esa cultura, el novio acude a la boda vistiendo solamente una especie de falda bastante corta, hecha de plantas o algo así, que aparentemente no cubre mucho y bajo la que no lleva puesto más nada. El problema fue que con el apuro, de esta “formalidad” del rito en cuestión el hombre sólo se enteró minutos antes de la ceremonia. Imaginen ustedes la sorpresa de nuestro occidental galán cuando le dicen: “Bien, te vas a casar siguiendo nuestra tradición; por ello tienes que usar esta faldita, debajo de la cual no tendrás puesto nada adicional”.

Aquí es cuando se rebela el protagonista de la historia, quien habiéndose mostrado hasta entonces dispuesto a todo por el amor de una chica, se negó en redondo a esta nueva solicitud: una cosa suficientemente radical era haber accedido a casarse de un día para otro, pero casarse semi-desnudo ya rayaba en lo intolerable. Uno tiene sus límites; él no iba a andar por ahí corriendo el riesgo de mostrarle sus partes pudendas a un montón de desconocidos, por amables que fuesen.

Los mayores intentaron convencerlo, pero tanta fue la resistencia del próximo a desposarse, que por fin accedieron a que se pusiera algo más bajo de la faldita. Ahora, no sé bien si fue porque su ropa estaba lejos; porque enviaron a otro a buscar una prenda que pudiera llevar debajo; porque la ceremonia ya estaba demasiado retrasada; o vaya a saber usted por qué otra razón, pero el caso es que lo único que consiguieron para que usara, fue una especie de bóxer estampado con caras del personaje conocido como Mickey Mouse.

No me pregunten cómo llegó aquel bóxer allá. Todo lo que conozco es que el hombre se casó sabe Dios bajo qué tradición, con una suerte de guayuco hecho de matas como única prenda de vestir y con un bóxer de Mickey Mouse debajo, que por supuesto resultó ser el centro de atención de los asistentes a la ceremonia. ¡Creo que ni siquiera el propio Walt Disney se habría imaginado semejante destino para el famoso y ya cincuentenario roedor!

lunes 14 de julio de 2008

ESQUIZO / EL PREGUNTÓN


¿Te gusta esta pregunta, criatura?: ¿Cuál será la velocidad de la oscuridad?

¿Sabías, criatura, que con frecuencia me pregunto por qué me pregunto lo que me pregunto? ¿Estabas al tanto, criatura, de que las preguntas son equivalentes a mí? ¿Que residen en mí? ¿Y sabías que nunca me lo han preguntado? ¿Por qué será?

¿Y quién más se puede preguntar cosas así, si no Esquizo, el Preguntón? ¿Puede alguien distinto a mí ser el campeón de las preguntas? ¿Es que acaso se puede vivir sin preguntas? ¿Te has fijado además, cómo hay preguntas que no deberían morir ni siquiera con la mejor de las respuestas? ¿No crees que deberíamos preguntárnoslas siempre? ¿Quisieras saber cuáles son? ¿Sí? ¿Seguro? ¿Me creerías si te digo que se me olvidaron?

¿Te importaría entonces si te las cambio por otras preguntas un poco más básicas? ¿Ta’ bien? ¿Te parece que 10 serán suficientes? ¿Por el momento? ¿Sigues leyendo entonces?:

¿Una tortuga que no tiene caparazón, está desnuda o está damnificada?
¿Un parto en la calle es un alumbrado público?
¿Por qué el alfabeto está en ese orden?
¿Si una nadadora sincronizada se ahoga, tienen que ahogarse las otras también?
¿Tienen rodillas los pingüinos?
¿Cómo sabemos si una palabra está mal escrita en el diccionario?
¿El hermano de Simón Bolívar era el tío de la patria?
¿Por qué es que las cosas más importantes de la vida no son cosas?
¿Podrá la obsolescencia volverse algo del pasado?
¿Cual sería la temperatura mañana si hoy tuviéramos 0° y mañana hiciera el doble?

¿Ves lo esencial de las preguntas, criatura? ¿Te das cuenta que nos hacen surgir de nosotros mismos? ¿Te fijas cómo nos ponen a pensar en lo que no se piensa? ¿Puedes sentir su poder para volcarnos sobre temas ignotos? ¿Será que no sirven para más nada?

¿Por qué te digo esto? ¿Por qué Tarzán no tiene barba? ¿Acaso, criatura, crees que alguien puede resistirse al hermoso encanto de sentarse a cavilar sobre cómo es que le salen las púas a un puercoespín, o sobre por qué la miel es del color que es? ¿Cuándo será que estos importantes temas se decreten materia de estudio obligatorio en la escuela? ¿Viviremos para vivirlo?

¿Entiendes ahora que las preguntas son pasadizos encerados hacia el conocimiento desconocido? ¿Ah? ¿No me crees? ¿Y cuántas veces entonces te has preguntado sobre mí y sobre mi verdadera personalidad? ¿Estaré realmente loco? ¿Seré ético, pelético, pelempemético, pelado, peludo o pelempempudo? ¿Cuál será mi condición mental el día en que por fin nos encontremos cara a cara? ¿Paranoico, chiflado, orate, delirante, perturbado, desequilibrado, ido, tostado, irracional, sonado, enloquecido, psicópata, absurdo, demente, estrambótico, lunático, pasmado, extraviado, frenético, maníaco, desvariado, chalado, esquizoide, disparatado, incongruente, desquiciado, frito, trastornado, como una cabra o qué?

¿Entonces? ¿Tengo o no razón? ¿Puede un loco tener la razón? ¿Tú qué dices? ¿Y si tú y yo fuésemos sólo una ficción de nuestra propia imaginación? ¿No habías pensado en ello? ¿Qué tal? ¿De qué serviría entonces no hacerse preguntas en la vida?

¿Qué me haría yo sin mí?


¿Esquizo?

domingo 13 de julio de 2008

PARA CONTAR / UN REENCUENTRO



Dedicado a mis panas del Ciencias “A” del liceo Gustavo Herrera

Habrán pasado, no días ni meses, sino años durante los cuales no has visto a algunos, pero el temor no existe. Será un racimo de sensaciones, pero el temor, ése no estará.

Contarás los minutos que se te antojarán lánguidos hasta que te encuentres en el lugar y la hora acordados y allí aguardarás. Irán llegando –qué cosas; por quien habrías apostado que arribaría tarde, estará allí puntualísimamente– y la espera del resto servirá para que entre abrazos, vayas medio actualizándote de las correrías de todos (qué rico verte, qué es de tu vida, cómo va a ser, tienes hijos, en dónde vives ahora, qué has hecho todo este tiempo, alguien sabe de fulano, qué bien luces).

Los vinos habrán sido aportados por cada uno como ofrenda a la reunión, la paella la habrá obsequiado el anfitrión, otra habrá traído postre, aquel y aquella, cosas para picar. La ronda oficial de anécdotas, de manera de no tener que repetir el relato demasiado y que cada quién se entere por fin de qué ha sido de la vida del otro, será saboteada igualito que en bachillerato (hace ya tanto que por momentos preferirás evitar sacar la cuenta) porque con ellos volverás a ensayar las chanzas, las puntas y la misma guachafita que cuando usaban uniforme, y ellas, igual que cuando usaban uniforme, volverán a torcerte los ojos, pero escondiendo con dificultad las sonrisas. Confirmarás entonces que hay asociaciones que aún producen resultados interesantes, más allá de la calificación que algún aburrido con ganas de dar clases pudiera entregar.

Vaya, los trazos de Cronos no podrás esconderlos; que tampoco valdrá la pena y porque además, estás con tus pares, esos ante quienes no es posible esconder nada. Canas allí y acá, nuevas arrugas, kilos adicionales, cabellos de menos; todas marcas absolutamente celebrables de la sabiduría que te dijeron alguna vez que alcanzarías, pero que aquí entre tú y yo, todavía no sé para dónde habrá cogido, porque lo que soy yo, no la tengo.

Y correrán de nuevo las anécdotas de escapadas, copiadas, hazañas y rubieras, resurgirán algunos ruborizantes secretos que creías enterrados para siempre, volverán a ser mentadas las correspondientes madres (esta vez hasta con cierto cariño, que ellas no tuvieron nunca la culpa) de algunos integrantes de aquel cuerpo docente, pasearán de nuevo las calles y las músicas adolescentes; en fin, estarán todos en buenas manos. Porque sí, serán las manos de esos ante quienes no podrás esconder nada, pero también quienes no te traicionarán.

Bailarás, comerás, reirás, fotografiarás, preguntarás, responderás y brindarás, también por los que no pudieron ser ubicados, declararás que harás lo posible por que estén allí en una próxima ocasión y prometerás solemnemente que no pasará tanto para encontrarse de nuevo; mira que no vale la pena esperar esta cantidad de años para volver a pasarla tan bien. Porque además te darás cuenta de todas las preguntas y los cuentos que se te quedaron en el bolsillo, porque querrás seguir averiguando y echando vaina, y porque bueno, estar entre amigos siempre será fenomenal.

Y los mirarás y sabrás que sí, que los años transcurren y que no hay vuelta atrás, pero también que hay lazos y amores que permanecen, que aunque guardados, persisten, que aprueban eximidos el examen del profesor tiempo. Porque los panas son los panas, los de liceístas correrías e intentos, los de iniciales amagos de responsabilidad, los de ensayos principiantes del afecto, los de la superlativa joda de salón, cantina, laboratorio y patio, los de aventuras y lágrimas, los que tienen –por habérselo ganado a punta de complicidades y confesiones– el derecho de reclamarte mirándote a los ojos. Los que no te traicionarán; esos con los que te sientes entre los tuyos. Esos con quienes el temor no está; con los que el temor no existe.

CUALQUIER OTRA COSA / DE REGRESO


¡Hola!
Un par de meses de trabajo me tuvieron en Venezuela y Ecuador, temporada durante la cual decidí darle un descanso a este blog y a esa hermosa disciplina de escribir. Nuevas ideas surgieron durante ese lapso y es mi intención compartirlas; ya veremos qué ocurre con ellas en este nuevo período. Espero tu opinión.
¡Gracias por haber estado pendiente!
Como siempre…

Hugo Rafael