sábado 26 de abril de 2008

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / SDF

Un hombre mayor se reclina contra una pared; un hilo líquido en la acera me avisa que orina y su expresión me revela que lo hace con esfuerzo. Tiene un abrigo desvencijado que no es de su talla y al mirarlo un poco más, noto que no está inclinado sino que los años lo encorvan. El abrigo es parte de un precario atuendo de caridad; el viejo es un SDF, siglas que corresponden en francés a la expresión “Sin Domicilio Fijo”, con la que se designa a aquellos tan desfavorecidos que no tienen hogar y viven en la indigencia.

Francia es un país que declara la solidaridad como uno de sus principales valores y en verdad la practica. Es encomiable la cantidad de acciones que se despliegan para luchar contra la miseria; aún así, se ven en París –como en casi toda gran ciudad–, esos a quienes el famoso “desarrollo” no alcanza.

Hace poco andaba una señora entre los usuarios de un vagón del metro, solicitando una moneda o un ticket restaurante para comer. Al pasar por mi lado, noté que escondía un cigarrillo en su mano. Mi primer pensamiento fue que si le daba algo, tal vez se lo gastaría en cigarrillo. Una segunda reflexión fue: ¿Y? ¿Cuál es el problema? A lo mejor el cigarrillo es su vía para no mirar, aunque sea por momentos, su miseria. Por otra parte, ¿estaré en verdad regalando nada si le pongo condiciones a mi supuesta caridad? Siempre puedo escoger darle o no; desconozco si ella tendrá tantas opciones. Los zapatos de la mujer avalan su carestía, pero la voz parece la de una persona que aún lucha; que todavía sabe que ocupa un lugar en el mundo, que no olvida que es alguien.

Recuerdo la anécdota real de una persona así como tú y como yo que caminaba por la calle, con ganas de comerse un sándwich oriental, de los que venden en muchos lugares de París. Como nuestro amigo venía hambriento, tenía en mente masticarse un emparedado especial tamaño grande, y mientras se acercaba al lugar, se relamía recreando en su imaginación la comida que pronto degustaría. Contó su dinero y notó que cargaba encima el monto exacto para el sándwich del tamaño que anhelaba y una bebida; ni un céntimo más. Al pasar por la esquina antes del negocio al cual se dirigía, oyó una voz muy particular que le rogó una moneda para comer.

El muchacho vio al mendigo que le solicitaba la caridad y se detuvo; decidió darle una moneda al hombre, aunque ello significara tener que reducir sus aspiraciones, que no sus apetitos. Nada, comería un sándwich normal pequeño sin bebida, que era lo que podía pagar después de entregarle la moneda al mendigo; otro día degustaría su gran sándwich especial. El muchacho hizo la cola para colocar su pedido y cuando estaba pagando, escuchó al dependiente preguntar qué deseaba, a la persona tras él. El muchacho escuchó la frase: “un sándwich especial grande y un refresco” en una voz tan particular y reciente que no había lugar para dudas. Al voltear se encontró con el mismo mendigo, que con lo que el muchacho le había dado, había reunido suficiente para venir a comer también. El hombre sonreía; me cuentan que el muchacho hizo lo mismo después.

Sin intentar definir “dignidad”, me parece que ésta es en principio un obsequio –no una limosna– que otorgamos los demás; como muchos otros asuntos humanos, la individualidad en sí misma no serviría para explicarla. Hace falta la existencia del otro, el reconocimiento del otro, para que se dé. Tal vez quiera decir también que la dignidad se aprende. Ah, pero después, quien posee dignidad, puede hacer uso de ella a su libre albedrío y ya no se la quita nadie, si así él o ella lo decide.

Creo que una parte importante de las iniciativas solidarias en Francia, intentan proteger, además del otro, también su dignidad; la de ese que no por vivir en condiciones más difíciles que la mayoría, es menos digno. Para dar un ejemplo, recuerdo con especial interés un reportaje sobre una asociación que protege las “pertenencias” de los SDFs. Muchos indigentes tienen cosas que cargan consigo, tal vez un resto de lo que una vez fue suyo, o simplemente lo que recogen en la calle y van acumulando. Hay quienes reúnen tal cantidad de cosas, que después les es difícil trasladarse de un lado a otro; recuérdese que son personas que no tienen lugar fijo donde vivir.

Pues bien, esta asociación provee de un espacio, una especie de depósito gratuito para que los SDFs puedan dejar sus cosas allí, a salvo, y trasladarse con menos inconvenientes por la ciudad. Algunos dirán que el asunto no tiene mayor sentido; que lo que hay que hacer es sacar a la gente de tal condición. Bueno, sí, y el gobierno y organizaciones como Solidarité, Emmaüs, Médicines du Monde y la incomparable Cruz Roja Internacional, para nombrar poquísimas, combaten a diario la miseria, también en las calles de París. Pero sigue habiendo indigentes y muchos de ellos, aparte de sufrir las condiciones que viven, deben cargar para arriba y para abajo con lo poco que les queda. Ahí está entonces esa asociación, que se hace cargo de una pequeña porción del problema, garantizándole a algunos de esos menesterosos que lo que sea que tengan, permanecerá a resguardo, que así podrán moverse con algo más de tranquilidad y que podrán luego recuperarlo.

A mí me parece que esa iniciativa toma en cuenta la dignidad de los SDFs; que los considera personas, más allá de su situación. Ese es el tipo de cosas que me hace recordar que sin importar el estado de precariedad en que pueda estar alguien, siempre es alguien; que continúa siendo una persona (tal vez las ideas de dignidad y persona tengan más en común de lo que parece a primera vista).

Un ciego permanece a las puertas de Notre Dame rogando la limosna de turistas y feligreses. Me recuerda escenas de películas sobre el medio evo. Estamos en el 2008, sin embargo. Siempre podré escoger dejarle o no algo; la verdad es que si le doy a todo menesteroso con el que me cruzo, posiblemente tenga pronto que pedir yo también. Mientras tanto una señora sin querer tropieza al ciego; la doña se voltea y le pide sinceras disculpas tocándolo en la mano. El invidente será mísero, pero es alguien y limosna o no, merece ser tratado como alguien.

Una gota de dignidad que me parece superlativa, la encontré hace poco cerca del edificio de la Cámara de Comercio de París. Era Febrero a media mañana y un indigente que había dormido en la calle, en algún rincón tratando de huir del frío de esas noches, apenas levantado, miraba su reflejo en el vidrio de una tienda y se peinaba y arreglaba el cabello. Cerca de él, otro indigente, todavía sentado sobre un cartón en el piso y seguramente compañero suyo –de desventuras y por qué no, también de aventuras–, lo observaba. Yo pasé cerca y no pude evitar contemplar al hombre que se peinaba, cuando el otro indigente reparó en mí; entonces no me pidió dinero ni ayuda, sino que sonriendo y señalando a su compañero, me preguntó en tono de chanza y bien fuerte, para asegurarse de que el otro lo escuchara: ¿Está quedando buenmozo, no?

Me fui a casa sabiendo que había encontrado, por encima de ropas, siglas y pertenencias, a dos personas. Dos dignas personas.

martes 22 de abril de 2008

PARA CONTAR / INVITADA ESPECIAL: VERÓNICA FLORES

En mi artículo titulado “Antón Ego y el riesgo de exponer(se), mencioné a dos personas y les deseé a mis lectores la inmensa suerte de disfrutar también de su trabajo. Pues bien, una de ellas, Verónica Flores, una de mis mejores amigas y lectoras y polifacética mujer, ha aceptado compartir por aquí algo de su intento literario, aún inédito. “Casa Abierta”, el cuento que leerán a continuación es de su creación; a mí me parece una obra maestra del relato breve. Aquí lo tienen. Si lo leen, por favor regálenle una opinión a Verónica Isabel, quien la recibirá aquí en El Cuentador. Disfruten “Casa Abierta”:


Casa Abierta / por Verónica Flores / C.I. 12.103.804


Llegué pasadas las doce. Bajo la orfandad de las lámparas rotas, junto al contenido mustio de las macetas que alguien amontonó en la entrada, con la ilusión de salvar a las plantas del calor, pensé que resultaba lógico mi arribo a esa hora desolada. Desde hace tiempo mis sueños regresan a este lugar, y yo únicamente sueño de madrugada.

Me até dos cintas al cuerpo antes de entrar. Nueve nudos en cada una. Roja la primera, en la muñeca izquierda, negra la segunda, en el tobillo derecho, para alejar a los malos espíritus y evitar la resurrección de cualquier memoria inservible. Tuve miedo de alborotar las noches en vela ocultas tras las ventanas, más que de las posibles alimañas de la casa aletargada. Vine a recoger, no sólo mis propios pasos, sino también los de todos ellos, los muy cansados por viejos, los demasiado ingenuos por jóvenes, los casi olvidados por muertos. Empezaré por estos últimos, antes de perder por completo su recuerdo.

Todos mis actos, desde colar café hasta hacer el amor, adquieren, en ciertas épocas, visos de ritualidad. Así, para comenzar mi trabajo, invoqué a Josefa, corazón de la familia, desde la cocina, corazón de la casa. Volví a tener 5 años, sentada en la misma banqueta desde la que observaba el borboriteo de aquellos guisos memorables, en los que mi bruja predilecta volcaba todo su amor y su ciencia, y cuyas fórmulas sólo yo conservo, a fuerza de puro fisgonear. Para seguir el trayecto correcto que honraría su memoria, pasé de la cocina al jardín. Cuando liberé a los rosales de la asfixia de maleza, me espiné y perdí algunas gotas rojas. Vuelvo a estar sembrada en la oscura tierra de mi tierra. Mi sangre está nuevamente aquí.

Me despedí de Josefa en el recibidor. La sala es territorio de Morella, la anfitriona, la que convocaba y reunía, reparadora de broncas y dislates, constructora de espacios para vivir. Aunque siempre me mostré renuente, sé que muchos esperaron años para verme crecer y asumir su función. Confieso que hice de todo para marcar diferencia entre ambas, pero la mirada de los suyos –que son los míos también-, se hizo experta en pasar por sobre todas mis extravagancias, para encontrarnos cada vez más iguales, hasta que llegó el momento en el que decidí dejar de huir de mi legado.

Por eso estoy aquí desde anoche y me quedaré todas las noches, vigilante. El cristal que Fortunato rompía cada vez que olvidaba la llave, estará de nuevo en su sitio, igual que la pequeña cruz de palma que solía bendecirnos tras la puerta. Puliré y repuliré el rosario de plata, hasta que brille como si la Madre de Dios lo hubiese besado. Dispondré que el cuarto de huéspedes tenga sábanas limpias, sobre las que puedan reposar los cuerpos y las almas. Dejaré que la luz brille sobre las hojas de las malangas, haré cientos de llamadas y enviaré otras tantas cartas e invitaciones. Porque hay una tercera, y hasta una cuarta generación, que merece probar los mangos y los caimitos del patio. Porque dentro de siete meses daré a luz, en la misma cama en la que parió mi abuela, y mi sangre echará aquí su raíz definitiva, para que la risa de mi hijo pueda desbordarse libremente por los limpios corredores de la casa ya despierta.

lunes 14 de abril de 2008

PARA CONTAR / ALGO PARA TI

La pregunta “¿para qué escribes?” me recurre. O me la hago o me la proponen. No quiero tener una única respuesta; ello además me restringiría de disfrutar otras posibilidades como la de alguien que intentó resumir el asunto diciéndome: “Tú deseas compartir”. Contestaré ahora, sabiendo probable que en el futuro me arrepienta de la respuesta, porque ese que seré y que leerá esto no es quien soy hoy, o porque leeré desde un espacio distinto de donde ensayo ahora, o porque dadas esas u otras razones, la respuesta de hoy me parecerá equivocada, quién sabe si excesiva o más bien exigua. A manera de advertencia –¿o de dispensa?–, van algunos “tal vez” y “quizás”, y pidamos(nos) algo de clemencia.

De cierto, escribo para contar; para contarte, para creer que tengo algo que contar. A ti que lees y quizás para que otros a través de ti lean también; que se alimenten de lo que tú puedas contar.

“Cada vez te siento más Europeo, Marichales”, me dijeron. Sin estar seguro de que sea réplica o admisión, incluso con dejos de temor, he hecho saber que me acecha la sospecha de que mi alma permanecerá siempre caribe. Alma informal, de baile y de amigo, de selva y de risa, de caos y cuerpo, de misterio y cacao, de fruta y de lágrimas, de magia y sudor. Alma en relato, intensa, de palabras altisonantes. Alma de piel.

La que sigue tramándose. ¿Qué será un alma caribe, carajo? ¿Con qué se corta y se come eso? ¿De dónde lo habré sacado? Porque no sólo el Caribe la integra (dicho sea de paso, hasta hace muy poco pensaba que el mar no me hacía mayor falta) y porque no seré yo quien ose definir lo que es “ser caribe”. Pero no negaré –para qué, además–, que:

He dicho “te amo”, absolutamente y sin amarras. Susurrado y gritado.

He conocido sabores incomparables en los sortilegios culinarios de mi madre. Heredo la entrega.

He contemplado múltiples caras de la obra de mi padre. Heredo la libertad.

He reído, sonreído y llorado a mis amigos. Hay noches que he atravesado a su lado.

He entrado en un río y he invocado y consagrado el recinto como mi lugar. Un hogar paralelo.

He admirado las alas que han llevado lejos a algunos de los que creí míos. Son sus alas, no las mías.

He estado solo. No me atemoriza.

Me han acompañado. Me encanta.

Me he volcado en otro ser y he sentido que no hay más universo que el cuerpo que me besa. He sido yo en ese allá, desbordado de llamas del fuego de otras; juro haber sido amado por una Ondina.

He andado, a veces por donde no tenía que andar, y me he detenido, a veces cuando debí seguir andando. Siempre habrá caminos.

He bautizado y veré a otros bautizar. En mi corazón los espero.

He conversado con el mar y la montaña. Ballenas y aves me han hallado.

He cantado al lado de varios. Pido cantar mientras pueda; mejor si para ti y todavía más si contigo.

He intentado; he acertado y me he equivocado. Sobre todo, seguiré intentando.

He herido sin quererlo. Desde esta serena impresión de no haber actuado desde la traición, te pido las disculpas que sé, no exiges.

He mentido y he dicho cosas que no podrían ser más ciertas. Apuesto a un balance favorable.

He celebrado, incluso el dolor y el vacío. ¡Continúo brindando!

He sido mago; lo creo en verdad. Lo seré en la medida en que pueda contribuir a que hayan más.

He dicho y diré. Espero saber callarme.

He escrito para mirar otros ojos y me he mirado en ellos escribiendo. Allí quiero seguir mirándome.

No sé qué tengan que ver estas 20 íntimas proezas con lo caribe o no de mi alma (¡como si a ella le importara!). Pretendo ignorar que la tentativa es sólo subterfugio para que una vez más mires a través de mis ojos o, quizás también, para mirarte mirando mis ojos mirar.

A lo mejor te escribo –sí, a ti, tan sólo para ti y por ti– intentando la fragua de una inverosímil garantía que sirva para que en el instante de la última pregunta, La Muerte no pueda decir, ni de ti ni de mí, que no tuvimos nada que contar.

Como siempre…


Hugo Rafael

jueves 10 de abril de 2008

PARA CONTAR / PARA QUE MUERAN LOS CANGREJOS


Desde su pequeña cueva horadada en una roca del rompeolas de una playa, un cangrejo miraba a los humanos. Le llamaba la atención la curiosa y divertida forma de locomoción hacia delante que presentaban esos seres al caminar sobre la arena; tanto, que un día decidió salir de su escondite y subir hasta lo más alto de la roca –su brillante caparazón expuesto al salitre y al sol– para observarlos con mayor detenimiento.

Se dijo entonces que jamás había visto a uno de esos seres fallecer y estaba a punto de pensar algo sobre la inmortalidad de los humanos, cuando una gaviota que volaba por allí lo vio y se lo llevó en el pico.

martes 8 de abril de 2008

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / LA GUERRA DEL FUEGO

“La guerra del fuego” era el título en español de una película francesa realizada a principios de los 80s, sobre una tribu prehistórica que pierde en un enfrentamiento con otra tribu, su posesión más preciada: una especie de brasa que mantenían encendida permanentemente. La película no lo explica, pero uno supone que la brasa la habrán obtenido tal vez de los restos de algún árbol que se inflamó al ser tocado por un rayo; esta brasa era lo más importante para ellos, pues todavía no conocían la forma de producir fuego a voluntad.

Ayer en París se produjo una nueva “Guerra del Fuego”. La protagonista central era la antorcha olímpica, que llegaba a esta ciudad después de su atribulado paso por Londres. Atribulado, a raíz de las protestas que diversas instituciones impulsan respecto de la política de China hacia el Tibet. Siendo Francia una de los países adalides de la causa de los derechos humanos, era de suponer que habrían manifestaciones similares, lo cual resultó ser cierto ¡y a qué monto, caballero!

La antorcha iba más custodiada que el Papa; aproximadamente 3.000 agentes entre policías, bomberos y fuerzas especiales la acompañaban, y una especie de burbuja de seguridad había sido desplegada a su alrededor. Aún así, las “tribus” que respaldaban la protesta, lograron sabotear el “fuego” que se supone símbolo de los ideales olímpicos. Gran parte del recorrido tuvo que suspenderse (menos mal que no fui, porque la amiga no pasó por donde yo planeaba verla) y en otros casos la antorcha tuvo que ser apagada y montada en un autobús como única forma de continuar su recortado periplo, a causa de las manifestaciones.

Entre los incidentes más interesantes estuvo el que unos manifestantes colgaron en la Torre Eiffel y en la Catedral de Notre Dame, una gran pancarta simulando el formato de la bandera olímpica. La pancarta rezaba “Pekín 2008” en letras rojas, pero los hermosos y multicolores aros olímpicos habían sido sustituidos por esposas (de las que usan los policías para arrestar gente) entrelazadas, sobre un fondo negro. Un motivo similar tomó el diario “Liberation” –probablemente el principal periódico francés de tendencia de izquierda– para su portada del día. Incluso, varios integrantes de la Asamblea Nacional desplegaron una pancarta con mensajes de protesta y se ubicaron en la Alcaldía de París, donde debía llegar la antorcha, cosa que no ocurrió porque esa etapa del trayecto estuvo entre las suspendidas.

Total que la llama olímpica ha recibido más palo que gata ladrona; al punto que en estos momentos se está considerando seriamente suspender el recorrido que se tiene previsto en otras ciudades del mundo, para el simbólico fuego.

Durante el desarrollo de la película que comenté al principio, era fascinante ver la diferencia en términos de progreso y bienestar entre las tribus que habían logrado desarrollar la tecnología suficiente para producir fuego a voluntad, y aquellas que no.

Hay quienes consideran que los Juegos Olímpicos de Pekín 2008 deben ser boicoteados; me parece que una decisión como esa sólo afectaría al deporte, como ya vimos con el boicot que Estados Unidos lideró para los Juegos Olímpicos de Moscú en 1980, y que los rusos devolvieron con el correspondiente boicot a los Juegos Olímpicos de Los Ángeles en 1984. Sin saber mucho al respecto, sospecho que la principal afectada fue una generación completa de atletas.

Por otra parte, algunas lineamientos políticos de China no son nuevos; ya se sabía de ellos al momento de su elección como sede del evento en cuestión. Si querían boicotear el asunto, debieron haberlo hecho entonces (desconozco los pormenores, pero no dudo que se hayan desplegado esfuerzos al respecto). Recuerdo haberle dicho una vez a mi esposa (la que se casó conmigo, que la de arrestar a gente no tengo) algo como: “Y tan mal que hablan de China, pero le otorgan la sede de las Olimpíadas”.

Tampoco admitiré que me gustan las imágenes de la gente “abucheando” la antorcha durante su recorrido, pero por encima de la modalidad que escojan para comunicar su descontento, algo de simpatía siento por quienes en mi opinión, con tácticas modernas de guerrilla, parecieran estar anotando puntos, al menos desde el punto de vista mediático, en esta nueva “Guerra del Fuego”.

Lástima que debido a la censura que aplican por allá, la gente de China no pueda enterarse de estos asuntos.

viernes 4 de abril de 2008

CUALQUIER OTRA COSA / MIS CINCO PALABRAS FAVORITAS

Hará cosa de tres o cuatro años ya que una revista de las que circulan encartadas en los diarios los domingos, publicó un artículo titulado: “Mis cinco palabras favoritas” o algo parecido. En él se le solicitaba a varias personas indicar sus cinco palabras preferidas en español, así como el porqué respectivo.

Recuerdo haber leído el artículo, aunque a decir verdad el ejercicio me pareció en principio odioso y mis primeras impresiones fueron más bien reaccionarias: ¿Por qué habría uno de tener palabras favoritas? Además, ¿con qué derecho iba yo a decir que aquella palabra estaba por encima de ésta o de aquella otra?

Pero luego tuve que ceder ante la aplastante evidencia de que sí tenemos palabras preferidas. Hace poco, por ejemplo, pude reconocer quién había escrito algo, porque había incluido en el texto una palabra que con frecuencia utilizaba al hablar. Asimismo hay palabras que no nos gustan mucho; más de uno –incluyendo al extraordinario poeta venezolano Aquiles Nazoa– ha dicho por allí cosas como: “más fea que la palabra sobaco”. Por cierto que ella no pierde su formidable valor significativo (¡carajo!, vaya expresión) por que sea fea.

Hay palabras que favorecemos. Así como nos gusta más una muchacha que otra (o muchacho si fuese el caso, no se me acuse aquí de sexista o quién sabe de qué más), también privilegiamos algunas palabras sobre otras. Nos encanta decirlas, pues. Y podremos creer en la democracia perfecta del lenguaje, donde todas las palabras tienen los mismos derechos y deberes; o que el ejercicio propuesto por la revista nos parezca horrendo, astringente o hasta segregacionista o discriminatorio con palabras sencillas como “mano”, “cebolla”, “mercado” o “sandalia”; con las que al igual que “sobaco” podrían ser tildadas de feúchas, como “calambre” o “estrujar”; o incluso con esas medio rimbombantes o extrañas como “cuatricentenario” “epicúreo” o “inefable”. Pero en tanto ejercicio, decidí dejar de lado a mi yo defensor de las palabras no elegidas, hacerme el sordo ante alegatos en favor por ejemplo de “mirada”, “poesía”, “parangaricutirimícuaro”, “cantaclaro”, “agua” o “labios”, y entrarle así a la cosa.

Porque al final, nada se puede hacer: hay palabras que nos gustan más que otras y punto.

Una amiga mía, Naky Soto, mujer de una inteligencia práctica sin par, en vez de ponerse a filosofar pendejadas inútiles sobre el lenguaje, cuando leyó el artículo de marras hizo lo mismo con sus amigos: les solicitó que le contaran cuáles eran sus cinco palabras favoritas. Creo que la petición de Naky me sacó del cuestionamiento y redirigió mi interés, de manera que finalmente me decidí, yo también, a escoger mi quinteto personal predilecto de la lengua de Cervantes.

Ahora comparto la lista con ustedes, recomendándoles el ejercicio. Mas debo antes advertir que ponerme seriamente en aquello resultó una tarea no tan sencilla, dada mi condición de enamorado del fenómeno del idioma. Me tomó casi tres meses llegar a las cinco ganadoras y lo que hice fue (tal vez fue por ello que tardó la vaina más de lo que yo estimaba) dar la instrucción a mi cerebro de estar pendiente, y permitir que las palabras fueran apareciendo en su debido momento; “dejar fluir el asunto”, para utilizar un enfoque medio zen. Fue así como apareció la palabra “fluir”, que si bien no quedó en la lista definitiva (definitiva hasta ahora, por supuesto), sí estuvo por allí entre las finalistas.

Cinco palabras entonces, ninguna preferida sobre las otras. Identificables en mayúscula en lo que a continuación leerán.

Una es “LENGUAJE”, por aquello del enamoramiento que ya referí. Tuvo ella que batirse con “idioma”, “palabra” y “escritura” para quedar en la lista, pero creo que de alguna forma las abarca mientras que no necesariamente pueda decirse lo contrario. Además, podemos utilizar también la palabra en una acepción distinta –si bien no la más formal– para señalar cierto acto con un músculo particular, que encanta a la gran mayoría de los humanos.

La palabra “humano” también estuvo por allí, pero finalmente dio paso a la palabra “PIEL”; siendo yo también un kinestésico por excelencia, la escogí en celebración a eso que nos cubre (aunque cuando se descubre es aún más exquisita). Discutieron el puesto “sensación”, “emoción”, “acción” y “movimiento”, pero ninguna de ellas me dice (y a la vez esconde) tanto como la escogida.

“Amigo” estuvo muy cerca, especialmente desde que alguien me dijo (no sé si será verdad, pero en todo caso la idea me parece de valor) que etimológicamente significaba: No quiero ser tú. De ser así, la palabra resalta precisamente las inestimables diferencias que hacen que los amigos sean lo que son. Pero después me di cuenta de que en mi inventario personal –y para mi suerte–, la partida “amigo” es algo menor que la partida “amiga”; es decir, creo tener más amistades femeninas que masculinas. Cuando iba a seleccionar “amiga” me di cuenta de que a su vez es un anagrama de “MAGIA”, asunto que desde niño me ha fascinando. Entonces preferí ésta, porque en mi diccionario personal acoge tanto al dominio del misterio como al domino de lo femenino. Más de una vez he pensado que son lo mismo.

“DIVERSIÓN” también llega a la lista, un poco delante de “risa”, entendiéndola no tanto como guachafita sino como lo contrario del aburrimiento. Como palabra que abarca todo eso que nos ocurre cuando la estamos pasando bien. Tal vez sea porque cada vez más aprecio la sensación magnífica de vivir un buen momento, que no tiene que venir forzosamente acompañado de accesos de carcajadas, casi siempre muy saludables por lo demás. Con todo, no estoy seguro de poder calificar de divertida a la acción de pasarla bien, por ejemplo, viendo una película que nos haga llorar. Por ello mi propuesta no era tan firme, hasta que la reflexión y la pregunta me parecieron “divertidas”.

“Pasión” quiso figurar, porque con ello distingo el acto no sólo de entregarse, sino de dejar de resistirse a lo que uno hace. A lo que nos ocurre cuando nos convertimos en lo que hacemos (medio zen de nuevo ¿no?), y que a mi juicio despliega lo mejor de nosotros, porque precisamente sólo podemos hacerlo cuando hacemos lo mejor que hacemos (bueno, ustedes entendieron). “Surgir”, “descubrir” y “aprender” estuvieron igualmente cerca, pero quien quedó fue INTENSIDAD, condición que me parece indispensable para que surja la pasión y aprendamos de ella.

Esas en mayúscula, LENGUAJE, PIEL, MAGIA, DIVERSIÓN e INTENSIDAD son las cinco que han sobrevivido. Cinco, “con soberana libertad elegidas por mí” (para robarle la oración del capítulo ya no me acuerdo cuál de la Rayuela de Cortázar, que dicho sea de paso es lo único que he leído de la bendita novela), arréchese quien se arreche.

Palabra.



p.d. También quedaron fuera: “chocolate”, “cuento”, “seducir”, “fantástico”, “camino”, “memoria”, “reencuentro”, “aventura”, “chévere” y “antología”, por nombrar algunas. Espero que no se pongan bravas conmigo, pero por si acaso, creo que las incluiré pronto en algún escrito.