lunes, 15 de diciembre de 2008

PARA CONTAR / UN ÁRBOL DE NAVIDAD, CAPÍTULOS I Y II


Restan 10 días para que sea Navidad. Será la primera de este blog.


Hace tres o cuatro años, con mis ahijados en mente, escribí un cuento navideño infantil que consta de varios capítulos. Pues bien, como regalo de temporada para las personas que han visitado este año El Cuentador, a partir de hoy y durante el lapso que falta para Navidad, publicaré uno o dos capítulos diarios, de manera que el relato se complete el 24; es decir, el día de Nochebuena.

El cuento se llama “Un Árbol de Navidad” y si les place y quieren hacerme un regalo, por favor léanlo a sus hijos, sobrinos, ahijados, pareja, hermanos, padres, primos, tíos, amigos... en fin, a cualquier persona querida.

Concédame el Niño Jesús que esta mi forma de reconocerles su compañía, les resulte agradable.

Como siempre...


Hugo Rafael


I

Cuentan –y los cuentos que cuentan los que cuentan cuentos cuentan– que en algún lugar de Venezuela, en una colina al lado de una encrucijada de caminos cerca de un pueblo, vivía un árbol joven.

Y dicen también que aquel era un lugar muy hermoso y apacible, donde la tierra era fértil y la gente que por allí pasaba era amable y respetuosa con animales y plantas.

En ese lugar, el árbol de esta historia había crecido sano, vigoroso y feliz. Entre las razones que alimentaban su dicha estaba el que desde esa colina –que tenía una vista realmente magnífica–, él podía apreciar los siempre interesantes paisajes que el cambio de colores de los días generaba.

Surgían allí los delicados azules, violetas y rosados pasteles con los que se vestían las mañanas al despertar, y los multicolores tonos, volúmenes y matices de las cosas que se revelaban con el transcurrir de las horas, en la medida en que el sol se elevaba e imponía gentilmente su brillo de vida.

También se percibían claramente las indecisas y divertidas formas de las nubes y los diferentes grados de grises de los días lluviosos, los múltiples verdes vegetales después de caído un aguacero y el posterior perfume de la hierba y de la tierra húmeda.

Al final del día, el árbol disfrutaba de la explosión de incandescentes amarillos, anaranjados y rojos de los atardeceres y crepúsculos, de los aromas del campo, de los sonidos de los grillos, del trinar de los pájaros y del rumor de la brisa.

Con la noche llegaban los inmensos índigos y negros, profundos y misteriosos, salpicados de la escarcha de las estrellas, y la serena y firme línea de luz blanca que aportaba la luna. Se regocijaba entonces el árbol con los cambios de temperatura y con la frescura que regalaba un río que pasaba cerca.

Era el árbol además sociable y cordial y tenía muchos amigos. Su preferido era el Viento, que venía con frecuencia a visitarlo; hablaban entonces ellos dos de diversos temas y cada uno le contaba al otro de sus cosas y de sus días.

En aquella colina de la encrucijada de los caminos, el árbol era feliz.


II

Pero lo que más le gustaba al árbol de vivir en aquel lugar, era poder escuchar lo que decían las personas cuando pasaban por allí.

Como era una encrucijada de caminos, la gente se cruzaba yendo en una dirección u otra. Al coincidir, intercambiaban palabras y con frecuencia se detenían a charlar unos minutos. Entonces el árbol oía sus conversaciones y de esa forma se enteraba de lo que sucedía en las poblaciones cercanas.

-Buenos días –saludaba amablemente un señor a una vecina, levantando ligera y cortésmente su sombrero. Y el árbol en silencio también respondía al saludo.

-Ya pronto será el cumpleaños de nuestra hija mayor –oía el árbol decir a una señora que caminaba con su esposo.

-Es verdad –respondía éste–. Creo que podemos hacerle una bonita fiesta.

-Sí, además tengo la impresión de que se nos está enamorando.

-¿Ah sí? ¿Y de quién?

Y el árbol seguía la conversación de la pareja.

-¡Adiós bonitas! –decía un señor a unas muchachas que se dirigían al río–. ¿Cómo sigue su abuelo?

El árbol ponía entonces atención a la respuesta para enterarse del estado de salud del abuelo de las muchachas.

-Todavía está algo delicado, gracias.

-Díganle por favor que el viernes voy a visitarlo.

-Cómo no. ¡Con mucho gusto!

Unos campesinos que se dirigían a un sembradío, comentaban:

-Ya pronto estará listo el terreno para sembrar el maíz. ¡Ojalá que las lluvias sean buenas esta próxima temporada!

Y el árbol conocía así las esperanzas de aquellos sembradores.

En aquella encrucijada, el árbol compartía las ilusiones, las penas, los anhelos, las aventuras y la cotidianidad de la gente, a través de sus conversaciones.

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