miércoles, 24 de diciembre de 2008

PARA CONTAR / UN ÁRBOL DE NAVIDAD, CAPÍTULO XII (FINAL)


XII

En la colina todos hacían algo relacionado con la celebración. Unos cocinaban, otros arreglaban, aquellos adornaban mesas y sillas y así cada quien, mientras que la parranda de los muchachos alegraba el ambiente. Un señor mayor, con la mirada brillante por su salud recientemente recuperada, decía a sus dos nietas:

-Queridas mías, observen a la gente ayudándose unos a otros. Poder servir a los demás es parte de la recompensa que debemos entregar por vivir en este mundo.

-Pero abuelo, ¿cómo se hace para que todo no se vuelva un enredo?

-Bueno, cada quien sabe hacer algo mejor que nosotros mismos. Hay que encontrar eso, respetarlo y darle buen uso.

Y a la media noche se oyeron unas campanas de iglesia, proclamando la llegada de la Navidad. Entonces los niños abrieron regalos y los adultos bailaron e intercambiaron platos y postres elaborados con sus propias manos, cada cual más delicioso. Todos recibieron algún presente y las miradas alegres, las palabras amables, las promesas de apoyo y las sonrisas cálidas se multiplicaron en aquella colina de cariño y amistad.

En ese momento, escuchando las palabras de la gente llenas de sinceros deseos e ilusiones por un mundo mejor, supo el árbol que no era tan importante lo vistoso o elegante que pudiera llegar a ser. Comprendió así el genuino propósito de un árbol de Navidad, y que su auténtica belleza no estaba en su apariencia, sino en la esperanza que pudiera contribuir a crear en otros.

Entonces un niño que jugaba con sus juguetes nuevos cerca del árbol, le comentó a sus amigos:

-Me gustan mucho mis regalos, pero lo que más me gusta es este árbol de Navidad de todos.

-Es cierto –dijo otro–. Tiene los lazos y guirnaldas y bambalinas y luces y canciones y adornos más bonitos que cualquier árbol de Navidad pudiera tener.

Pero una niña, la más pequeña de todas señaló:

-El árbol es muy lindo; pero le falta una estrella en la punta.

Entonces los astros que escarchan la noche y que estaban atentos a la celebración, enviaron como representante a un pequeño lucero que apenas al llegar se ubicó en la punta del copito del árbol. Y desde allí su luz chiquitica iluminó los rostros y corazones de todos, y especialmente los ojos de los niños que siguieron jugando al pie del árbol.

Porque en verdad éste era el árbol de Navidad más bonito del mundo.

Y el árbol, pero también el Viento, los cocuyos y las luciérnagas, los honguitos, las frutas y las mariposas, las flores, los escarabajos, los pájaros, los niños y todas las personas que estaban en la colina de la encrucijada de los caminos, sonreían.

1 comentario:

  1. Excelente amigo!, sobre todo porque me diste como dice el Chavo "sin querer queriendo" un cuento estupendo para Alejandra, Aaron y Adonai. Felicidades!

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