martes, 23 de diciembre de 2008

PARA CONTAR / UN ÁRBOL DE NAVIDAD, CAPÍTULO XI


XI


Por supuesto, la noticia de la paulatina transformación del árbol se comentaba también entre la gente. Los niños que iban a la colina a jugar, le contaban a sus padres y éstos constataban la información con sus propios ojos al marchar por la encrucijada de los caminos. Todos se maravillaban cuando pasaban al lado del árbol y las expresiones de admiración se incrementaban cada vez más.

Entonces, no se sabe con precisión en qué momento ni cómo ni de dónde, una idea comenzó a pasearse entre la gente; algunos tenían la sensación de que era una idea llevada por el Viento, pero no podían asegurarlo. Una idea de convivencia, paz y reencuentro.

La idea de celebrar allí, en aquella colina y junto al árbol, la llegada de la Navidad.

Y ese 24 de Diciembre, a la caída de la tarde, la gente de los pueblos cercanos subió hasta la colina de la encrucijada de los caminos para pasar allí la Nochebuena.

Muchos decían que no había un árbol de Navidad más bonito, comentando y alabando su belleza, tal como el árbol había imaginado cuando comenzó a concebir su deseo. La gente elogiaba aquel árbol cubierto de flores y mariposas, escarabajos y frutas, cocuyos y pájaros, y con mucho cuidado caminaba entre los honguitos y las piñas ubicadas alrededor de la base, para no lastimarlos ni dañarlos.

Alrededor del árbol bailaron y jugaron, y junto al coro de pájaros cantaron alegres aguinaldos y dulces canciones de Navidad, repletas de fe y optimismo.

El Viento que también estaba allí, conversó con su amigo el árbol:

-Y bien; observo que has logrado tu objetivo y que te has convertido en un auténtico árbol de Navidad.

-Sí, querido Viento; soy todo un éxito y se me admira por mi apariencia y elegancia.

-Hay que admitir que te ves muy bien. ¿Pero acaso es sólo tuya esa apariencia?

-¿A qué te refieres, amigo Viento?

-Seguramente no habrás hecho todo eso tú solo.

-Bueno, la verdad es que no.

-Recuerda entonces algo: independientemente de lo que hayas logrado, siempre hubo alguien que te ayudó a hacerlo.

-Tienes razón, Viento, y ahora que lo pienso, creo no he agradecido todavía a mis amigos por su cooperación.

-Adelante entonces; cuanto antes mejor.

Y así lo hizo el árbol, dejando saber a cada uno lo importante que había sido su colaboración particular en el logro del éxito del que ahora todos disfrutaban.

Luego el árbol volvió a dirigirse al Viento:

-Hay alguien más a quien debo agradecer.

-¿Y quién será? –preguntó con interés el Viento.

-¡A ti, mi gran amigo! Tú también has contribuido a que este anhelo se convierta en realidad, comunicándolo por todas partes.

-Ha sido un placer el hacerlo; gracias a ti por darme la oportunidad de ayudarte.

Así, el Viento y el árbol reforzaron aún más su amistad.

Y el árbol sonreía.

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