miércoles, 17 de diciembre de 2008

PARA CONTAR / UN ARBOL DE NAVIDAD, CAPÍTULO V


V


El deseo de convertirse en un árbol de Navidad fue creciendo más y más en su corazón, y cada día se imaginaba a sí mismo vistoso y elegante en aquella colina, rodeado de personas que alababan y comentaban su belleza.

Sólo había un inconveniente: él no tenía una idea clara de cómo llegar a ser un árbol de Navidad. Todo lo que sabía al respecto era lo que había escuchado en la conversación de aquellos niños.

Pero el árbol estaba convencido de que las ideas podían ser alcanzadas si se creía en ellas; sostenía que los sueños no eran algo por lo que debía esperarse, sino algo que había que lograr y sabía también que el apoyo de otros era clave para conseguir las cosas que realmente valían la pena.

Decidió así pedir ayuda y se llenó de ilusión y coraje –que resultan muy útiles a la hora de contarle nuestros anhelos a alguien más–, y la próxima vez que su amigo el Viento pasó por allí a conversar, el árbol le comentó:

-Hola, Viento; hay algo en lo que he estado pensando mucho últimamente.

-Pues aquí estoy yo si deseas conversar al respecto; con los buenos amigos siempre se puede pensar en voz alta.

-Querido amigo Viento; yo deseo ser un árbol de Navidad.

-¡Ah caramba! Me parece muy buena tu idea; muy cónsona además con la época que se avecina.

-Pero yo no sé como ser un árbol de Navidad.

-Mmm. Entonces tienes un problema.

-Ya lo creo, Viento, aunque espero poder resolverlo.

-Bueno, en momentos de incertidumbre, la esperanza no tiene nada de malo.

-Lo que sí sé, pues así se lo escuché decir a los niños, es que los árboles de Navidad tienen muchas cosas que yo no tengo: adornos, regalos, luces, lazos, bambalinas y guirnaldas y canciones. Y también sé que se ven muy bonitos.

-Eso es correcto.

-Pues bien, amigo Viento, quiero solicitar tu colaboración para conseguir todo eso.

-¿Mi colaboración? ¿Pero cómo podría ayudarte? Bien sabes que yo, por más que quisiera, no podría traer esos objetos hasta aquí.

-Cierto; pero eres ligero y versátil, y puedes trasladarte fácilmente desde cualquier lugar hacia otro.

-Sí; pero todavía no entiendo cómo ayudarte.

-Lo que te pido amigo Viento, es que donde vayas anuncies que yo, el árbol de la colina de la encrucijada de los caminos, deseo convertirme en un árbol de Navidad.

-Eso está a mi alcance. ¿Y entonces?

-Quisiera también que dijeras que necesito para ello regalos y adornos y luces y bambalinas y guirnaldas y canciones. Tal vez alguien que te oiga, decida venir y traerme esas cosas. Eso me haría muy feliz.

-Ahora comprendo. Está bien, pero me gustaría advertirte, amigo árbol, que la felicidad no es tanto tener cosas, sino formar parte de ellas.

-Mmm... no lo había pensado, Viento.

-De todas formas me gusta mucho tu idea y voy a ayudarte.

-¡Excelente! Sabía que me apoyarías.

-Será un placer; además cuando uno acepta un favor de un amigo, al mismo tiempo le está haciendo otro.

-Pues muy bien, anda entonces, Viento y cuéntales a todos de mi idea.

Salió así el Viento a colaborar con el árbol en el logro de su sueño. Entonces el árbol pensó entonces que tan valiosa como la ayuda de los amigos, es la sensación de saber que se puede contar con ellos.

Y viendo a su amigo el Viento alejarse en la tarde, el árbol sonreía.

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