Bueno, si Midas poseía una vara, tenía que ser de oro ¿no?
Tal vez era la vara de esta historia.
I
“Hagan por los demás lo que quieren que los hombres hagan por ustedes”. La frase del evangelio según Lucas estaba escrita en la pared y debajo colgaba una vara de medir, de 30 centímetros de largo y en oro de 24 quilates.
El ladrón 1 pensó que si la pared fuese un hombre, sufriría por el peso del objeto que tenía adosado; luego dijo:
- Pared, si yo fuese tú, querría que me quitaran ese fardo de encima.
Entonces, contento de cumplir con la escritura y de saberse piadoso, tomó la regla de oro para sí.
II
El ladrón 1 observaba su nueva posesión cuando de pronto y de la nada, surgió el ladrón 2, que traía consigo un puñal. El ladrón 1 le dijo:
- Zoroastro lo reconoce: “Sólo es bueno el carácter que se abstiene de hacer a otro lo que no es bueno para sí mismo”.
El ladrón 2, puñal en mano ripostó:
- Es así que vas a darme –y de buena voluntad, pues no será bueno para mí y menos para ti que no lo hagas–, lo que llevas en la mano.
El ladrón 2, seguro de que Zoroastro aprobaría y respaldado además por la hoja de acero, se quedó con la regla de oro.
III
El ladrón 2 miró al inesperado ladrón 3. Un cuchillo no puede contra una espada, de manera que el ladrón 2 sólo pudo decir:
-Recuerda la enseñanza de Lao Tsé: “Considera la ganancia de tu prójimo como tu ganancia, y su pérdida como tu pérdida”.
-Lao Tsé tenía razón –respondió el ladrón 3–. Por eso es que lo que llevas me corresponde, pues tu ganancia es mi ganancia. Y como mi ganancia es también la tuya, entonces no hay pérdida para ninguno.
El ladrón 3 sintió que gracias a la espada, el Tao y él eran uno y así ganó la regla de oro.
IV
El ladrón 3 observó al imprevisto ladrón 4 que le apuntaba con un revólver. Impotente, balbuceó:
-Según Bukhari, el Profeta dijo: “Ninguno de vosotros tendrá fe mientras no desee para su hermano lo que le gusta para sí”.
Sabedor de que el Profeta comprendería, el ladrón 4 acotó:
-Yo soy hijo único.
La regla de oro volvió cambiar de mano.
V
La pared, asombrada por el derroche de conocimiento que transcurría a sus pies, se dijo a sí misma:
-Desdichados estos ilustrados ladrones que desconocen que allá fuera esperan otros menos sabios, pero con armas más poderosas, que podrían hacerles daño si no les entregan a su vez la regla de oro. Mas sabiéndolo yo, no puedo, aún por omisión, permitir que cosa tal ocurra. Ya lo dice el budismo: “...un estado que para mí no es agradable ni gustoso, ¿cómo podría yo infligirlo a otro?”. Sería odioso que me hicieran algo así a mí y es letra del Talmud que: “Lo que para ti es odioso, no se lo hagas a tu prójimo”.
Entonces, feliz de prodigar el bien y aplicar también la regla de oro, la pared les cayó encima a todos.
2 comentarios:
Horita, en mi insomnio, he descubierto gracias a tu relato y a mis carcajadas, que soy un concientemente más feliz. Brillante
¡Hugo querido! A mí me encanta -generándome una combinación importante de admiración y respeto- este imponente recurso que te hace tan cercano, pero tan cercano a las creaciones de Daniel Samper Pizarro, que no entiendo cómo cuernos no eres un guionista para Les Luthiers, o montas un espectáculo que compita con ellos.
Nada tan difícil como el humor inteligente, pero así, ligero a pesar de tanto conocimiento detrás de él. ¡Caracha!
Te agradezco con el corazón las risas que me has producido, pero a ver, eso tiene que ver con tu personalidad, por eso eres un hombre doblemente "able": adorable e inolvidable.
¡Dios bendiga tus talentos y los siga multiplicando siempre!
Un abrazo enorme,
P.S: ¿puedes creer que mi palabra de verificación es uumuu? ¡Detallazo! ¿Ves? ¡Tenía que ser tu blog!
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