sábado, 6 de septiembre de 2008

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / PEQUEÑAS HISTORIAS DE MERCADO


La idea la he oído varias veces; yo mismo la propago: si quieres ver cómo es en realidad la gente de un lugar, anda al mercado.

Siempre me han gustado los mercados; todavía recuerdo en tiempos de mi infancia caraqueña, que mis padres se levantaban muy temprano algunos sábados, para montarse en el carro y desde Colinas de Bello Monte, ir a hacer compras al mercado de Quinta Crespo o el de Coche.

A veces iba yo con ellos, y aunque cargar las bolsas en donde metíamos lo que íbamos comprando y trastear con ellas un buen rato no era de mi mayor agrado, ver y escuchar a la gente y percibir aquel particular carnaval de aromas, hacía que la travesía valiera la pena.

Creo que uno de los encantos escondidos de la París cotidiana son sus mercados. En la zona donde vivo, hay uno en particular que me resulta muy simpático; los mercaderes se instalan en un plaza las mañanas de cada martes, viernes y domingo, y el caleidoscopio es suficiente para que una experiencia más bien común pueda –gracias a pequeños milagros de vecindad– volverse de un momento a otro, remarcable. En mi opinión ese mercado es una recurrente y sutil fiesta de ciudad.

Es Septiembre y comienza a despedirse el verano, los puestos del mercado también lo indican; ya no se ven cerezas pero por el contrario hay membrillos, melocotones, nectarinas, higos y uvas, magníficas uvas. También aparecen setas y hongos diversos, además de calabazas de varios tipos. No sé si serán de otoño, pero también vi una coliflor del mismo color de una zanahoria y otra… ¡morada!

Hay la creencia de que el parisino es antipático; no es mi experiencia, si bien en general la gente no te sonríe de primeras. Pero en el trato diario respeto de por medio pueden tener elegantes toques de humor.

Hace poco mi esposa estaba de viaje y yo fui al mercadito a comprar melocotones. Me detuve en un puesto y pedí medio kilo; entonces el vendedor me sugirió comprar un kilo, pues había una oferta. Cuando le dije que no necesitaba esa cantidad porque estaba solo, me respondió con cierta picardía: ¡Oh, el desdichado! Más adelante me pasó algo similar; en otro puesto solicité medio kilo de hongos y el vendedor insistió en que comprara un kilo. Respondí que estaba solo y el vendedor agregó: ¡Pues invite a la vecina!

Al parisino le gusta saber de dónde viene el alimento que compra; por ello muchos carteles en el mercado mencionan el lugar de origen. En un puesto se vendían melones, pero no se indicaba la procedencia; una dama preguntó de dónde venían y el dependiente respondió: ¡Vienen del camión, señora!

Después de una de aquellas idas al mercado de Quinta Crespo con mis padres, ya en casa y creo que saboreando un recién comprado trozo de queso guayanés de textura y sabor exquisitos, recuerdo haberle preguntado a mi madre por la razón de tener que ir tan lejos, cuando podíamos ir al supermercado de la urbanización. La respuesta pasó por el planteamiento de economía familiar básica de que en el mercado se conseguían las cosas más baratas y que la calidad y la frescura de los alimentos eran superiores (el queso guayanés lo confirmaba), pero supongo que la sabiduría materna vio un interés adicional en mi pregunta, y agregó algo que ha quedado en mi memoria: además, los mercados son más chéveres.

Estoy de acuerdo con mi madre y me parece una feliz y acertada coincidencia que la plaza donde se establece cada martes, viernes y domingo el mercado parisino al que suelo ir de compras, ese donde puedo ver cómo son mis vecinos, se llama Place de Fêtes: en castellano, la Plaza de las Fiestas. Un mercado fiesta –por mi madre que se los aseguro– de lo más chévere.


1 comentario:

  1. Saludos, Hugo...bella historia...al mencionar lo de los mercado concuerdo contigo al pensar que son un interesantísimo resquicio de humanidad en estos tiempos...En el mercado libre que se forma los lunes acá en Valencia en la avenida cuatricentenaria, todavía puede ver uno gente caminando con pausa y parsimonia, deteniéndose a tocar los frutos e inclusive a hablar con los mercaderes...Son templos protegidos del aire acondicionado y del orden mercadotécnico de los supermercados -con las cosas buenas que esto también implica de vez en cuando-...Pero tu mamá, tú y Anthony Bourdain, ese chef tan especial, tienen toda la razón: los mercados, aquí, en Francia o en la China, son chéveres, y de paso la mejor fotografía de un pueblo...

    ResponderEliminar

Cuéntame algo sobre esto que encontraste en El Cuentador: