lunes, 29 de septiembre de 2008

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / LA SINFONÍA MECÁNICA

En correspondencia personal que he intercambiado con algunos amigos, he reiterado la opinión de que entre lo más interesante que ofrece París, está la amplísima variedad de espectáculos de toda especie y para todo temperamento. Este pasado domingo, en el Grand Hall del Parque La Villette y dentro de un festival de nombre “LES POP’S”, corroboré de nuevo esa afirmación, cuando asistí a una de las más insólitas presentaciones sonoro-visuales que haya podido presenciar alguna vez: La Sinfonía Mecánica.

Para darle una mejor idea, imagine entonces un gran taller en plena acción, en donde sonoros instrumentos y bulliciosos ingenios industriales han sido fundidos en una sola cosa, y que a través de la fragua y la ejecución producen una mezcolanza única, entretenida y estrepitosa de ruido y música. Hay intérpretes en escena y una pequeña orquesta, pero además hay máquinas, tuberías, fierros, herramientas, válvulas, generadores y peroles de cualquier clase, conectados de mil maneras con instrumentos musicales, esparcidos por todo el lugar, y en medio de toda aquella parafernalia de estridencia y melodía, usted, libre para circular y pasear a su gusto. Algo así es la Sinfonía Mecánica, que sus creadores presentan como una “fábrica musical en constante evolución”, que ocurre “dentro de un diálogo constante entre el lugar que la acoge, el juego de máquinas y el de sus manipuladores y músicos”.

Mientras escuchaba la pieza y rondaba observaba los artefactos, no pude dejar de pensar en comiquitas de antes (“fantasías animadas de ayer y hoy presentaaaaaaan”) donde enajenados mentales y personajes con la cabeza en otra parte ensamblaban los más retorcidos mecanismos. No es para menos, los disparatados artilugios con los que se ejecuta la Sinfonía Mecánica parecen sacados de allí: una bombona a gas que hace sonar botellas llenas de líquido, flautas conectadas a mangueras, tambores acoplados a rotativas y fresadoras, guitarras que giran accionadas por una manivela, tubos que hacen ruido y regurgitan llaman flagrantes, guantes de boxeo que golpean platillos, cornetas de carros interconectadas a inyectores y cables, cornetines y demás bronces pegados a fuelles, poleas y conductos, sillas de rueda ensambladas con carretes, licuadoras, cuerdas de piano, juegos de futbolitos, banjos, trampas para ratones, ruecas, acordeones, tijeras… en fin, componentes de la pesadilla de descendientes de Mozart y una ingeniero mecánica furibunda, coronados por una enorme caldera que en el “gran finale” de la sinfonía, se revienta y hecha agua por todas partes.

No pretenda, claro está, que en todo este conjunto cómico-infernal de peroles innombrables, la afinación y la armonía musical abunden, pero los músicos y... ¿ejecutantes? ¿obreros?, liderados por una suerte de director-capataz, intentan sacar adelante la Sinfonía Mecánica y hasta lo logran, aunque todos sepamos que ciertos artilugios a veces suenan sólo como a ellos les da la gana. Por cierto, me pareció de lo más curioso que aún entre aquel alboroto, hubiese algún espectador que utilizase el tan recurrido “Shhhh” para pedirle silencio a otro a su alrededor. ¡Fanático!

El espectáculo debo catalogarlo entre sorprendente, extravagante y tremebundo, pero siempre entretenido. La… ¿música? es de Mino Malan, mientras que la idea, puesta en escena y dirección es de François Delarozière, quien también ha sido parte de la tropa de arte de la calle “Royal de Luxe”, que se caracteriza sus marionetas gigantescas.

Dudo que si fuera posible grabar un CD de la particular y estruendosa obra ejecutada por este bazar delirante y manufacturero, lo tendría como parte de mi colección, pero definitivamente volvería a presenciar la Sinfonía Mecánica, si bien creo que llevaría unos protectores de oído para usarlos de vez en cuando.

No será el primer caso de mezcla entre industria, música y espectáculo del mundo; ya Chaplin nos regaló en 1936 la aún excepcional película “Tiempos Modernos”, y Jean-Michel Jarre y Kraftwerk, sólo por nombrar dos de los muchos que han explorado la posibilidad, desarrollaron en su momento propuestas musicales al respecto. Habrá también quien filosofe sobre “el significado profundo e intrínseco de la fusión entre notas armoniosas y ruidos de una factoría, y su conexión con el detrimento o la evolución de la esencia del alma humana” o algo por el estilo; yo prefiero pasarla bien observando y escuchando los armatostes inauditos de François Delarozière y sus secuaces (más al respecto, pueden encontrar en http://www.lamachine.fr). Confesaré sin remilgos, que con la chifladura de la Sinfonía Mecánica, ese divertido escándalo, la pasé de lo lindo.

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