domingo, 13 de julio de 2008

PARA CONTAR / UN REENCUENTRO



Dedicado a mis panas del Ciencias “A” del liceo Gustavo Herrera

Habrán pasado, no días ni meses, sino años durante los cuales no has visto a algunos, pero el temor no existe. Será un racimo de sensaciones, pero el temor, ése no estará.

Contarás los minutos que se te antojarán lánguidos hasta que te encuentres en el lugar y la hora acordados y allí aguardarás. Irán llegando –qué cosas; por quien habrías apostado que arribaría tarde, estará allí puntualísimamente– y la espera del resto servirá para que entre abrazos, vayas medio actualizándote de las correrías de todos (qué rico verte, qué es de tu vida, cómo va a ser, tienes hijos, en dónde vives ahora, qué has hecho todo este tiempo, alguien sabe de fulano, qué bien luces).

Los vinos habrán sido aportados por cada uno como ofrenda a la reunión, la paella la habrá obsequiado el anfitrión, otra habrá traído postre, aquel y aquella, cosas para picar. La ronda oficial de anécdotas, de manera de no tener que repetir el relato demasiado y que cada quién se entere por fin de qué ha sido de la vida del otro, será saboteada igualito que en bachillerato (hace ya tanto que por momentos preferirás evitar sacar la cuenta) porque con ellos volverás a ensayar las chanzas, las puntas y la misma guachafita que cuando usaban uniforme, y ellas, igual que cuando usaban uniforme, volverán a torcerte los ojos, pero escondiendo con dificultad las sonrisas. Confirmarás entonces que hay asociaciones que aún producen resultados interesantes, más allá de la calificación que algún aburrido con ganas de dar clases pudiera entregar.

Vaya, los trazos de Cronos no podrás esconderlos; que tampoco valdrá la pena y porque además, estás con tus pares, esos ante quienes no es posible esconder nada. Canas allí y acá, nuevas arrugas, kilos adicionales, cabellos de menos; todas marcas absolutamente celebrables de la sabiduría que te dijeron alguna vez que alcanzarías, pero que aquí entre tú y yo, todavía no sé para dónde habrá cogido, porque lo que soy yo, no la tengo.

Y correrán de nuevo las anécdotas de escapadas, copiadas, hazañas y rubieras, resurgirán algunos ruborizantes secretos que creías enterrados para siempre, volverán a ser mentadas las correspondientes madres (esta vez hasta con cierto cariño, que ellas no tuvieron nunca la culpa) de algunos integrantes de aquel cuerpo docente, pasearán de nuevo las calles y las músicas adolescentes; en fin, estarán todos en buenas manos. Porque sí, serán las manos de esos ante quienes no podrás esconder nada, pero también quienes no te traicionarán.

Bailarás, comerás, reirás, fotografiarás, preguntarás, responderás y brindarás, también por los que no pudieron ser ubicados, declararás que harás lo posible por que estén allí en una próxima ocasión y prometerás solemnemente que no pasará tanto para encontrarse de nuevo; mira que no vale la pena esperar esta cantidad de años para volver a pasarla tan bien. Porque además te darás cuenta de todas las preguntas y los cuentos que se te quedaron en el bolsillo, porque querrás seguir averiguando y echando vaina, y porque bueno, estar entre amigos siempre será fenomenal.

Y los mirarás y sabrás que sí, que los años transcurren y que no hay vuelta atrás, pero también que hay lazos y amores que permanecen, que aunque guardados, persisten, que aprueban eximidos el examen del profesor tiempo. Porque los panas son los panas, los de liceístas correrías e intentos, los de iniciales amagos de responsabilidad, los de ensayos principiantes del afecto, los de la superlativa joda de salón, cantina, laboratorio y patio, los de aventuras y lágrimas, los que tienen –por habérselo ganado a punta de complicidades y confesiones– el derecho de reclamarte mirándote a los ojos. Los que no te traicionarán; esos con los que te sientes entre los tuyos. Esos con quienes el temor no está; con los que el temor no existe.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

Cuéntame algo sobre esto que encontraste en El Cuentador: