miércoles, 16 de julio de 2008

PARA CONTAR / MICKEY MOUSE DE POLIZONTE EN UNA BODA


Como algunos de ustedes saben, mi esposa, Karla Levy, se dedica de manera profesional a la acción humanitaria y esta actividad tiene un anecdotario en mi opinión tan delicioso como variado. Lo que contaré a continuación se lo escuché a una de sus compañeras de trabajo; por supuesto, he modificado alguno que otro detalle y los nombres de los protagonistas –a quienes dicho sea de paso, no conozco (o sea, de lo más chismoso, yo)– los he omitido, ya verán por qué.

Los humanitarios entienden cada vez más que para poder prestar un mejor servicio a cualquier comunidad, deben respetar las costumbres, tradiciones y conocimientos locales. Esta historia se inscribe en esa línea.

Imaginen pues, una de las incontables y recónditas villas de un país de tanto contraste y tan complejo como la India. Hasta allá había llegado una chica europea haciendo labor humanitaria; una mujer que intentaba servir y que se quedaría en la villa por un tiempo, dejando en su país de origen entre otras cosas, a su novio.

Supongo que el novio no pudo esperar a que la chica regresara para volver a verla y pasados ya unos meses de su partida, decidió visitarla, cosa que ella aceptó. Entonces el hombre –que no era humanitario, pero sí enamorado– cuando llegó el tiempo de vacaciones, compró un pasaje y se pegó el viaje hasta allá. Ahora, si yo me voy hasta la India para encontrarme con alguna fémina, cuando llegue voy a reclamar mi premio ¿no les parece?

Bueno, el caballero arribó y fue recibido muy bien por la gente del pueblito, que le dedicó un banquete especial (detalle altamente significativo, especialmente cuando no se tienen muchos recursos). Pero había un detalle: de acuerdo con la usanza del pueblo, él y la chica sólo podían dormir juntos si estaban casados, lo que no era su caso.

Dadas las características de la villa (una pequeñita donde todo, por supuesto, se sabe), los novios no podían escaparse o esconderse, y la gente aparentemente hace punto de honor en eso de estar casados para poder compartir cama. La pareja insistió, argumentando que sus costumbres eran otras, pero no hubo forma de convencer a los locales de lo contrario; cuando llegó la hora de recogerse, el caballero fue ubicado en un sitio bien alejado de aquel donde reposaría su dama. Las costumbres locales se respetan; sí señor.

Así, al día siguiente y para poder satisfacer sus muy legítimos deseos de dormir (y otras cosas) juntos, la pareja decidió casarse bajo la tradición religiosa del pueblo. Quede claro que nuestro protagonista no tenía planeado matrimonio ni nada por el estilo en aquel viaje, pero no había de otra, si quería cristalizar su aspiración. Tuvo finalmente que aceptar a regañadientes, aunque también lo tomó como forma de honrar la acogida que había recibido de los pobladores; por otra parte él, aunque la respetaba, no profesaba esa religión, por lo cual no le importó tanto el asunto, que vio más como exótica anécdota que como vínculo matrimonial formal. Además y como dice el dicho (aunque en este caso no se aplique tan literalmente... ¿o tal vez sí?): “París bien vale una misa”.

Por su parte, para los pobladores de aquel lugar ubicado quién sabe en dónde, el asunto sería todo un acontecimiento pues la chica ya tenía ganada la simpatía de la gente y ahora iba a casarse nada menos que de acuerdo con sus costumbres. Como buen pueblo pequeño, un matrimonio no es un evento muy frecuente y mucho menos el de una extranjera, así que a las nupcias asistiría toda la gente del lugar, con sus mejores galas.

Hasta ahí todo bien, pero sucede que en esa cultura, el novio acude a la boda vistiendo solamente una especie de falda bastante corta, hecha de plantas o algo así, que aparentemente no cubre mucho y bajo la que no lleva puesto más nada. El problema fue que con el apuro, de esta “formalidad” del rito en cuestión el hombre sólo se enteró minutos antes de la ceremonia. Imaginen ustedes la sorpresa de nuestro occidental galán cuando le dicen: “Bien, te vas a casar siguiendo nuestra tradición; por ello tienes que usar esta faldita, debajo de la cual no tendrás puesto nada adicional”.

Aquí es cuando se rebela el protagonista de la historia, quien habiéndose mostrado hasta entonces dispuesto a todo por el amor de una chica, se negó en redondo a esta nueva solicitud: una cosa suficientemente radical era haber accedido a casarse de un día para otro, pero casarse semi-desnudo ya rayaba en lo intolerable. Uno tiene sus límites; él no iba a andar por ahí corriendo el riesgo de mostrarle sus partes pudendas a un montón de desconocidos, por amables que fuesen.

Los mayores intentaron convencerlo, pero tanta fue la resistencia del próximo a desposarse, que por fin accedieron a que se pusiera algo más bajo de la faldita. Ahora, no sé bien si fue porque su ropa estaba lejos; porque enviaron a otro a buscar una prenda que pudiera llevar debajo; porque la ceremonia ya estaba demasiado retrasada; o vaya a saber usted por qué otra razón, pero el caso es que lo único que consiguieron para que usara, fue una especie de bóxer estampado con caras del personaje conocido como Mickey Mouse.

No me pregunten cómo llegó aquel bóxer allá. Todo lo que conozco es que el hombre se casó sabe Dios bajo qué tradición, con una suerte de guayuco hecho de matas como única prenda de vestir y con un bóxer de Mickey Mouse debajo, que por supuesto resultó ser el centro de atención de los asistentes a la ceremonia. ¡Creo que ni siquiera el propio Walt Disney se habría imaginado semejante destino para el famoso y ya cincuentenario roedor!

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