sábado, 26 de abril de 2008

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / SDF

Un hombre mayor se reclina contra una pared; un hilo líquido en la acera me avisa que orina y su expresión me revela que lo hace con esfuerzo. Tiene un abrigo desvencijado que no es de su talla y al mirarlo un poco más, noto que no está inclinado sino que los años lo encorvan. El abrigo es parte de un precario atuendo de caridad; el viejo es un SDF, siglas que corresponden en francés a la expresión “Sin Domicilio Fijo”, con la que se designa a aquellos tan desfavorecidos que no tienen hogar y viven en la indigencia.

Francia es un país que declara la solidaridad como uno de sus principales valores y en verdad la practica. Es encomiable la cantidad de acciones que se despliegan para luchar contra la miseria; aún así, se ven en París –como en casi toda gran ciudad–, esos a quienes el famoso “desarrollo” no alcanza.

Hace poco andaba una señora entre los usuarios de un vagón del metro, solicitando una moneda o un ticket restaurante para comer. Al pasar por mi lado, noté que escondía un cigarrillo en su mano. Mi primer pensamiento fue que si le daba algo, tal vez se lo gastaría en cigarrillo. Una segunda reflexión fue: ¿Y? ¿Cuál es el problema? A lo mejor el cigarrillo es su vía para no mirar, aunque sea por momentos, su miseria. Por otra parte, ¿estaré en verdad regalando nada si le pongo condiciones a mi supuesta caridad? Siempre puedo escoger darle o no; desconozco si ella tendrá tantas opciones. Los zapatos de la mujer avalan su carestía, pero la voz parece la de una persona que aún lucha; que todavía sabe que ocupa un lugar en el mundo, que no olvida que es alguien.

Recuerdo la anécdota real de una persona así como tú y como yo que caminaba por la calle, con ganas de comerse un sándwich oriental, de los que venden en muchos lugares de París. Como nuestro amigo venía hambriento, tenía en mente masticarse un emparedado especial tamaño grande, y mientras se acercaba al lugar, se relamía recreando en su imaginación la comida que pronto degustaría. Contó su dinero y notó que cargaba encima el monto exacto para el sándwich del tamaño que anhelaba y una bebida; ni un céntimo más. Al pasar por la esquina antes del negocio al cual se dirigía, oyó una voz muy particular que le rogó una moneda para comer.

El muchacho vio al mendigo que le solicitaba la caridad y se detuvo; decidió darle una moneda al hombre, aunque ello significara tener que reducir sus aspiraciones, que no sus apetitos. Nada, comería un sándwich normal pequeño sin bebida, que era lo que podía pagar después de entregarle la moneda al mendigo; otro día degustaría su gran sándwich especial. El muchacho hizo la cola para colocar su pedido y cuando estaba pagando, escuchó al dependiente preguntar qué deseaba, a la persona tras él. El muchacho escuchó la frase: “un sándwich especial grande y un refresco” en una voz tan particular y reciente que no había lugar para dudas. Al voltear se encontró con el mismo mendigo, que con lo que el muchacho le había dado, había reunido suficiente para venir a comer también. El hombre sonreía; me cuentan que el muchacho hizo lo mismo después.

Sin intentar definir “dignidad”, me parece que ésta es en principio un obsequio –no una limosna– que otorgamos los demás; como muchos otros asuntos humanos, la individualidad en sí misma no serviría para explicarla. Hace falta la existencia del otro, el reconocimiento del otro, para que se dé. Tal vez quiera decir también que la dignidad se aprende. Ah, pero después, quien posee dignidad, puede hacer uso de ella a su libre albedrío y ya no se la quita nadie, si así él o ella lo decide.

Creo que una parte importante de las iniciativas solidarias en Francia, intentan proteger, además del otro, también su dignidad; la de ese que no por vivir en condiciones más difíciles que la mayoría, es menos digno. Para dar un ejemplo, recuerdo con especial interés un reportaje sobre una asociación que protege las “pertenencias” de los SDFs. Muchos indigentes tienen cosas que cargan consigo, tal vez un resto de lo que una vez fue suyo, o simplemente lo que recogen en la calle y van acumulando. Hay quienes reúnen tal cantidad de cosas, que después les es difícil trasladarse de un lado a otro; recuérdese que son personas que no tienen lugar fijo donde vivir.

Pues bien, esta asociación provee de un espacio, una especie de depósito gratuito para que los SDFs puedan dejar sus cosas allí, a salvo, y trasladarse con menos inconvenientes por la ciudad. Algunos dirán que el asunto no tiene mayor sentido; que lo que hay que hacer es sacar a la gente de tal condición. Bueno, sí, y el gobierno y organizaciones como Solidarité, Emmaüs, Médicines du Monde y la incomparable Cruz Roja Internacional, para nombrar poquísimas, combaten a diario la miseria, también en las calles de París. Pero sigue habiendo indigentes y muchos de ellos, aparte de sufrir las condiciones que viven, deben cargar para arriba y para abajo con lo poco que les queda. Ahí está entonces esa asociación, que se hace cargo de una pequeña porción del problema, garantizándole a algunos de esos menesterosos que lo que sea que tengan, permanecerá a resguardo, que así podrán moverse con algo más de tranquilidad y que podrán luego recuperarlo.

A mí me parece que esa iniciativa toma en cuenta la dignidad de los SDFs; que los considera personas, más allá de su situación. Ese es el tipo de cosas que me hace recordar que sin importar el estado de precariedad en que pueda estar alguien, siempre es alguien; que continúa siendo una persona (tal vez las ideas de dignidad y persona tengan más en común de lo que parece a primera vista).

Un ciego permanece a las puertas de Notre Dame rogando la limosna de turistas y feligreses. Me recuerda escenas de películas sobre el medio evo. Estamos en el 2008, sin embargo. Siempre podré escoger dejarle o no algo; la verdad es que si le doy a todo menesteroso con el que me cruzo, posiblemente tenga pronto que pedir yo también. Mientras tanto una señora sin querer tropieza al ciego; la doña se voltea y le pide sinceras disculpas tocándolo en la mano. El invidente será mísero, pero es alguien y limosna o no, merece ser tratado como alguien.

Una gota de dignidad que me parece superlativa, la encontré hace poco cerca del edificio de la Cámara de Comercio de París. Era Febrero a media mañana y un indigente que había dormido en la calle, en algún rincón tratando de huir del frío de esas noches, apenas levantado, miraba su reflejo en el vidrio de una tienda y se peinaba y arreglaba el cabello. Cerca de él, otro indigente, todavía sentado sobre un cartón en el piso y seguramente compañero suyo –de desventuras y por qué no, también de aventuras–, lo observaba. Yo pasé cerca y no pude evitar contemplar al hombre que se peinaba, cuando el otro indigente reparó en mí; entonces no me pidió dinero ni ayuda, sino que sonriendo y señalando a su compañero, me preguntó en tono de chanza y bien fuerte, para asegurarse de que el otro lo escuchara: ¿Está quedando buenmozo, no?

Me fui a casa sabiendo que había encontrado, por encima de ropas, siglas y pertenencias, a dos personas. Dos dignas personas.

4 comentarios:

Adrián Cottin dijo...

Hola Compadre Hugo Rafael,
Me haces recordar la canción de Bocelli: Vivere.
"Es que no has mirado al hombre
Que duerme en plena calle
Envuelto en llagas y cartones."
Me alegra que compartas este escrito, que me hizo pasear con los ojos abiertos a la dignidad que nos rodea.
Gracias
Adrián Cottín
www.adriancottin.com

desdelacalle dijo...

Hola Hugo
te encontre te casuaidad, desués de haber visitado a Karina.En verdad el mundo de los indigentes es un mundo sorprendente e interesante. Los SDF como tu los llamas tienen vivencias, expoeriencias, que solo la calle puede dar
Me encantó visitarte y leerte.
Deanna

Noryant Nathalye dijo...

Mi amigo Hugo
Este realto de los indigentes en Paris me hace pensar en una sola frase "humano, demasiado humano", título del libro de Nietzsche que en nada se acerca a tu descripción pero que define con exactitud lo que comunicas.
Me hiciste recorrer contigo las calles de Paris y caminar a tu lado mientras se construian ante tus ojos esas historias.
Siempre has tenido el don de hacerme soñar...
Noryant.

Hugo Marichales dijo...

Querida Noryant, qué bueno me leas y recorras conmigo las calles de París por esta vía. Permita Dios que un próximo recorrido estemos físicamente uno al lado del otro.
Como siempre...

Hugo Rafael