martes, 22 de abril de 2008

PARA CONTAR / INVITADA ESPECIAL: VERÓNICA FLORES

En mi artículo titulado “Antón Ego y el riesgo de exponer(se), mencioné a dos personas y les deseé a mis lectores la inmensa suerte de disfrutar también de su trabajo. Pues bien, una de ellas, Verónica Flores, una de mis mejores amigas y lectoras y polifacética mujer, ha aceptado compartir por aquí algo de su intento literario, aún inédito. “Casa Abierta”, el cuento que leerán a continuación es de su creación; a mí me parece una obra maestra del relato breve. Aquí lo tienen. Si lo leen, por favor regálenle una opinión a Verónica Isabel, quien la recibirá aquí en El Cuentador. Disfruten “Casa Abierta”:


Casa Abierta / por Verónica Flores / C.I. 12.103.804


Llegué pasadas las doce. Bajo la orfandad de las lámparas rotas, junto al contenido mustio de las macetas que alguien amontonó en la entrada, con la ilusión de salvar a las plantas del calor, pensé que resultaba lógico mi arribo a esa hora desolada. Desde hace tiempo mis sueños regresan a este lugar, y yo únicamente sueño de madrugada.

Me até dos cintas al cuerpo antes de entrar. Nueve nudos en cada una. Roja la primera, en la muñeca izquierda, negra la segunda, en el tobillo derecho, para alejar a los malos espíritus y evitar la resurrección de cualquier memoria inservible. Tuve miedo de alborotar las noches en vela ocultas tras las ventanas, más que de las posibles alimañas de la casa aletargada. Vine a recoger, no sólo mis propios pasos, sino también los de todos ellos, los muy cansados por viejos, los demasiado ingenuos por jóvenes, los casi olvidados por muertos. Empezaré por estos últimos, antes de perder por completo su recuerdo.

Todos mis actos, desde colar café hasta hacer el amor, adquieren, en ciertas épocas, visos de ritualidad. Así, para comenzar mi trabajo, invoqué a Josefa, corazón de la familia, desde la cocina, corazón de la casa. Volví a tener 5 años, sentada en la misma banqueta desde la que observaba el borboriteo de aquellos guisos memorables, en los que mi bruja predilecta volcaba todo su amor y su ciencia, y cuyas fórmulas sólo yo conservo, a fuerza de puro fisgonear. Para seguir el trayecto correcto que honraría su memoria, pasé de la cocina al jardín. Cuando liberé a los rosales de la asfixia de maleza, me espiné y perdí algunas gotas rojas. Vuelvo a estar sembrada en la oscura tierra de mi tierra. Mi sangre está nuevamente aquí.

Me despedí de Josefa en el recibidor. La sala es territorio de Morella, la anfitriona, la que convocaba y reunía, reparadora de broncas y dislates, constructora de espacios para vivir. Aunque siempre me mostré renuente, sé que muchos esperaron años para verme crecer y asumir su función. Confieso que hice de todo para marcar diferencia entre ambas, pero la mirada de los suyos –que son los míos también-, se hizo experta en pasar por sobre todas mis extravagancias, para encontrarnos cada vez más iguales, hasta que llegó el momento en el que decidí dejar de huir de mi legado.

Por eso estoy aquí desde anoche y me quedaré todas las noches, vigilante. El cristal que Fortunato rompía cada vez que olvidaba la llave, estará de nuevo en su sitio, igual que la pequeña cruz de palma que solía bendecirnos tras la puerta. Puliré y repuliré el rosario de plata, hasta que brille como si la Madre de Dios lo hubiese besado. Dispondré que el cuarto de huéspedes tenga sábanas limpias, sobre las que puedan reposar los cuerpos y las almas. Dejaré que la luz brille sobre las hojas de las malangas, haré cientos de llamadas y enviaré otras tantas cartas e invitaciones. Porque hay una tercera, y hasta una cuarta generación, que merece probar los mangos y los caimitos del patio. Porque dentro de siete meses daré a luz, en la misma cama en la que parió mi abuela, y mi sangre echará aquí su raíz definitiva, para que la risa de mi hijo pueda desbordarse libremente por los limpios corredores de la casa ya despierta.

3 comentarios:

Hugo Marichales dijo...

Bravo, Verónica. Verdaderamente impecable. Quiero seguir leyendo lo que escribas.

Hugo Rafael Marichales Velázquez

aliciamontero dijo...

Vero, me senti atrapada en la atmósfera de tu narración, y vi a Josefa cocinando, y olí los guisos, y vi los corredores y el brillo de las plantas y deseé ser parte de la tercera o la cuarta generación de esa casa abierta de par en par por la magia de tus manos y de tu palabra.
un beso de lectora movida por lo leído

Alicia

Rafael E. Guzmán Garmendia dijo...

Que bello trabajo amiga, que manera tan linda y profunda de escribir, cuando lo lees por primera vez, la historia se transforma en una necesidad. Es ese tipo de trabajo que observas o lees y te dan ganas de seguir leyendo o de volverlo a leer de nuevo, confieso que lo he leído tres veces, y la tercera vez surgen cosas maravillosas, hay frases mágicas, una de las que mas me gusto es esta: Puliré y repuliré el rosario de plata, hasta que brille como si la Madre de Dios lo hubiese besado. !!!! UPf. Lindo. Gracias, FELICITACIONES. Un Besote. En un acumulado de horas tendré el placer de comprar un libro no solo con líneas interesantes y profundas sino con una suma de gráficos y dibujos deliciosos autgrafiado por su autora: Verónica Flores. Se llamará "Casa Abierta"