jueves, 13 de marzo de 2008

SILMARIL / EL OTRO LUGAR


En un capítulo titulado “A nice place to visit” de la famosa serie “La Dimensión Desconocida”, “Rocky” Valentine, un ladrón de poca monta, cae abatido en un tiroteo. El ladronzuelo luego se “levanta” para darse cuenta de que ha muerto, y se encuentra con un robusto señor vestido de blanco, cuyo nombre es Pip, quien le informa que ha venido para ser su guía.

Pip conduce a “Rocky” a un sitio en donde hasta el menor de sus deseos y caprichos es satisfecho en un santiamén: comidas extraordinarias, la ropa más elegante y las más bellas mujeres las obtiene sin esfuerzo alguno y todo, absolutamente todo le es favorable, de manera que en cualquier iniciativa, lance o apuesta en que participa, gana indefectiblemente. Pip le asegura que cualquier cosa que quiera, se puede arreglar a su antojo y el malhechor concluye que ha llegado al Cielo.

Una de los planteamientos más poderosos que conozco es éste: “Si tuvieras todo lo que fuese necesario para hacerlo y supieras que es imposible que fallases en el intento… ¿A qué te dedicarías?”. Lo juzgo poderoso, porque entre otras cosas apunta a los sueños que acariciamos más profundamente. Responder con sinceridad esa pregunta puede darnos luces sobre lo que genuinamente anhelamos hacer en la vida. Ojo: la respuesta implica también la posibilidad de confrontarnos con nosotros mismos, si es marcado el contraste entre ella y nuestra actividad principal (Un posible corolario de esta idea es que en la medida en que eso que soñamos alcanzar, se parezca o esté directamente relacionado con nuestro día a día, seremos más felices).

Pero el planteamiento también tiene “un lado oscuro” por decirlo así, tal vez “el otro lugar” al que se refiere el título de este artículo. Porque… ¿qué pasaría si en verdad supiésemos que fuese imposible fallar en lo que hacemos? Imaginemos por un rato que conocemos previamente que el resultado de cualquier cosa que emprendiésemos, será siempre a nuestro favor.

Puede sonar divertido en principio, pero creo que las consecuencias en el mediano y largo plazo serían terribles. Para empezar no haría falta aprender nada; ya sabemos que todo va a salir perfecto. Con el tiempo, la arrogancia y luego el hastío parecen inevitables, a menos por supuesto que estemos desprovistos de absolutamente todo anhelo personal y al mismo tiempo, dispuestos a actuar exclusivamente en función de los demás, pero sin involucrarnos emocionalmente en el asunto. Como esta combinación me parece ajena a la experiencia de “ser humano”, sigamos con el desarrollo.

Lo anterior sugiere que para aprender, es necesario un componente de incertidumbre en el escenario donde nos movamos. Que haya algo que no sepamos hacer aún, que el resultado al que aspiramos pueda también estar afectado por factores distintos a nosotros, sobre los que no tenemos control, que nos sintamos insatisfechos en alguna medida y que estemos conscientes de que el aprendizaje que intentamos requiere disciplina.

En el extraordinario libro de Arie de Geus, “The living company” (Nicholas Brealey Publishing, Londres, 1999), se hace referencia a un trabajo de David Ingvar, de la Universidad de Lund, en Suecia. El Sr. Ingvar plantea que nuestro cerebro elabora planes de acción y programas para el futuro, con base en condiciones hipotéticas relacionadas con el entorno. No hablo de profecías, predicciones o intuiciones, sino de posibles escenarios de la cotidianidad que se construyen con base en lo que experimentamos y aprendemos.

Esos planes se almacenan en el cerebro como secuencias lógicas y los humanos los “visitamos” constantemente, usándolos para tomar decisiones cuando llega la ocasión (de ahí que el Sr. Ingvar los haya bautizado como “Memorias del Futuro”). Mientras más sano está el cerebro, más proyectos alternativos de futuro arma, considerando entre otras cosas los factores y condiciones que pudieran incidir a favor o en contra; luego, al procesar nueva información, “actualiza” y “optimiza” esos escenarios. Es decir; las expectativas que nos hacemos del futuro son “historias” que vamos contándonos permanentemente, con base en lo que asumimos posible.

Infiero de esta fascinante propuesta, que el cerebro está “diseñado” para la incertidumbre y que el fenómeno que llamamos aprender es sólo posible en tanto haya cierto grado de ella en nuestras vidas. Incertidumbre es “no saber”, y sólo podemos aprender lo que aún no sabemos.

También se necesitan certezas, evidentemente; es innegable que valoramos altamente lo que es estable y predecible. Mas pareciera que la incertidumbre es constitutiva de nuestra condición humana; en la naturaleza, todo lo que es estable o predecible, o está muriendo o está ya muerto. Quizás no sea tan grave que hayan cambios y eventos inesperados en nuestras vidas, que no siempre alcancemos lo que deseamos, y que nuestros objetivos y metas requieran un esfuerzo de nuestra parte: una “inversión” intrínsecamente conectada con el posterior –y subordinado– “sabor” de la victoria.

Comentaba una vez un amigo, que vivir sin saber estrictamente nada de lo que va a ocurrir, debe ser espantoso. Agrego yo que el otro extremo ha de ser igualmente atroz.

El episodio del ladronzuelo culmina así: pasado el tiempo, el hombre comienza a aburrirse de saber anticipadamente que todo va a salirle bien –y de la posibilidad de tener que cargar con ello por toda la eternidad– hasta que llega a un punto en el que no aguanta más y desesperado, decide hablar con Pip, su guía. La que sigue es mi versión en castellano del revelador diálogo final:

Rocky: Ven. Siéntate, gordito; siéntate. Mira, yo no sé cómo explicarte esto, pero es que no es lo mismo. Digo, ¿en dónde está la gracia de robar un banco si todo el mundo sabe al respecto, ah? ¡Y las mujeres! Nunca creía que podría aburrirme de mujeres hermosas, pero…mira, no espero que un ángel entienda esto, pero ser un tipazo con las chicas no significa nada si ya el asunto está previamente arreglado. Quiero decir, todo es fantástico aquí, ¿ves?, realmente increíble; justo de la forma que yo imaginé. Excepto que, aquí entre tú y yo, gordito, me parece que no pertenezco a este lugar. No creo que sea mi sitio.

Pip: Oh, tonterías. Claro que sí.

Rocky: ¡No; de verdad! Alguien tiene que haber cometido un error. Si tengo que permanecer aquí un día más ¡me voy a volver loco! Mira, el Cielo no es sitio para mí ¿ves? Yo quiero irme al otro lugar.

Pip: ¿El Cielo? ¿Y qué le hizo suponer que estaba en el Cielo, Sr. Valentine? ¡Este es EL OTRO LUGAR!

2 comentarios:

Isabel dijo...

Tu narraciòn me evocò lo que pasa en ocasiones con nuestros hijos cuando los complacemos en todo, cuando con pedir alcanzan lo que necesitan y lo que no...Esos niños posteriormente pueden no encontrar sentido a su vida. Me gustò mucho

Isabel dijo...

Me gustó mucho esta narración, muchas veces pensamos que tener todo resuelto es la vida ideal. Le tenemos miedo a la incertidumbre, nos aterroriza el fracaso, sin embargo, el movimiento entre el "si" y el "no" es el que le da sabor a la vida. Arriesgarse, moverse en lo desconocido.... Gracias por lo que escribes.....