martes, 25 de marzo de 2008

SILMARIL / ANTON EGO Y EL RIESGO DE EXPONER(SE)

Cada vez más el cine nos regala películas que si bien dirigidas a público infantil, los adultos las disfrutamos incluso en mayor medida. Esto me sucedió con Ratatouille, la producción de Walt Disney sobre una rata que quiere llegar a ser cocinero, y que por azares de la vida llega a vivir y a cocinar en el restaurante Gusteau’s ubicado en París.

No toda obra es creativa; para que podamos considerarla como tal, parece necesario al menos el juicio de que ella aporte algo original. Tal vez la idea de que el arte no consiste en representar cosas nuevas, sino en representarlas de manera novedosa, se relacione con esto. Ahora bien, que algo incorpore un elemento novel, no implica necesariamente que sea exitoso o valioso; no toda nueva combinación es por tal, apreciada o bien recibida de antemano, pero esto es tema para otro artículo.

En todo caso, la calificación de que una obra es “creativa” suele venir de alguien distinto a quien la creó, así que para obtenerla, se requiere presentar la obra ante los demás. Su creador podrá estar de acuerdo o no con el veredicto del otro, pero más allá de su relación con la opinión ajena, quien se atreve a mostrar su creación, se atreve también a que los demás la critiquen.

Dos queridas amigas creadoras, una en el campo de la literatura y la otra, tanto en la literatura como en la pintura –Alicia Montero y Verónica Flores respectivamente–, han premiado mi amistad, otorgándome el privilegio de estar entre los primeros que han mirado algunas de sus creaciones. Ambas han confesado –cada una a su modo– cierto aprieto ante la posibilidad de presentar lo que han hecho, a los demás. Es como si al hacer público su trabajo, también expusieran una parte muy frágil de sí mismas. Esto también le ocurre, en mayor o menor medida, a muchos de los que crean; pero claro, por formidable que nos parezca, si aspiramos a compartir lo que hacemos, no hay forma de escapar al riesgo de exponernos.

Pienso entonces en el crítico profesional. Ese que como modalidad de vida opina sobre algo y cuya opinión suele considerarse al menos, digna de ser escuchada. Una idea relativamente expandida es la de que no hay ninguna estatua levantada a la memoria de un crítico, y mi Tío Talabarto pregonaba que a los críticos había que leerlos como al horóscopo: más como excentricidad que para tomarlos en cuenta. Sin embargo, es innegable que en algunos casos, la opinión de un crítico puede marcar la diferencia entre el éxito o no de otro. ¡Qué profesión tan rara!

Sospecho que casi todo creador prefiere recoger críticas sobre su trabajo, incluso si no son favorables, a no recibirlas. Y sabiendo que muchas creaciones han sobrevivido y se han impuesto por encima de la crítica inicial no propicia, pocas cosas deben ser más odiosas para quien expone su obra, que el indiferente silencio de los demás.

No puedo evitar preguntarme si el crítico también considera su trabajo como “creación” y si espera igualmente “críticas” al respecto. Mientras tanto, regreso a Ratatouille (si no han visto el film, les sugiero lo hagan), película entre cuyos momentos culminantes está la declaración del crítico culinario, Antón Ego, respecto de la comida que probó en el restaurante Gusteau’s. El texto lo considero una profunda mirada sobre el asunto de la creatividad.

No sin antes desearles la inmensa suerte de que lleguen a disfrutar del trabajo de Alicia y Verónica, les dejo aquí mi traducción de la versión oficial en inglés del ya famoso Monólogo de Antón Ego. La propuesta difiere de la versión oficial en español, aunque incorpora de ésta un par de elementos no contemplados en la versión en inglés. A mí me gusta bastante así, pero sus críticas son bienvenidas:


El trabajo de un crítico es, en muchas formas, sencillo. Arriesgamos muy poco y sin embargo, disfrutamos de una posición por encima de la de aquellos que someten su trabajo y a sí mismos a nuestro juicio. Prosperamos sobre la base de una crítica negativa, divertida de escribir y leer.

Pero la amarga verdad que los críticos debemos enfrentar es que, en el gran orden de las cosas, la pieza promedio de basura tiene más significado que lo que nuestra crítica pudiera asignarle.

Sin embargo hay veces en las que un crítico sí se arriesga, y ello es en el descubrimiento y la posterior defensa de algo nuevo. El mundo suele ser cruel con el nuevo talento; las nuevas creaciones, lo nuevo, necesita amigos.

Anoche experimenté algo nuevo, una comida extraordinaria proveniente de una fuente particularmente inesperada. Decir que tanto la comida como su creador han desafiado todas mis suposiciones ante la buena cocina, sería una grosera subestimación. En realidad, me han sacudido en lo más profundo.

En el pasado no escondí mi desdén por famoso eslogan del Chef Gusteau: “Cualquiera puede cocinar.” Pero es sólo ahora cuando me doy cuenta de lo que realmente quiso decir: No que cualquiera puede convertirse en un gran artista, pero sí que un gran artista puede provenir de cualquier parte.

Es difícil imaginar orígenes más humildes que los del genio que ahora cocina en Gusteau’s, quien es, en opinión de este crítico, nada menos que el mejor cocinero de Francia. Volveré hambriento a Gusteau’s pronto, por más.

1 comentario:

  1. Hola corazón de mi corazón!!! Cuesta ¿sabes? eso de desnudar el alma delante de terceros, mucho más que el cuerpo, que al final es envoltura. Pero tengo una noticia para vos, por primera vez estoy pensando que sería lindo ver publicado alguno de mis textos, quizá "vacaciones"...¡veamos qué pasa al exponerme!

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