viernes, 21 de marzo de 2008

PARA CONTAR / LA FÓRMULA DEL DIAMANTE

Para Federico Innerebner


Federico y Alexis deben haber estado entre los líderes y promotores del experimento; Euclides, Néstor, Humprey, posibles cómplices, tal vez Evencio o Domingo (algunos nombres se entraman; puede llegar a ser perversa la combinación del tiempo y el desuso).

Incontables habrán sido los segundos de mezclas y tentativas para que por fin en el fondo de un tubo de ensayo apareciera –por arte de magia hubiera dicho yo, de no saber que la química experimental, así como la perseverancia y la pasión de aquellos investigadores estaba de por medio– el asombroso resultado.

La fórmula del diamante había sido develada. La incontestable prueba estaba a la vista de todos quienes pudimos admirar los cristales en el fondo de aquel tubo de ensayo, que contenía una solución de color azul a la vez intenso y traslúcido: el líquido amniótico de las piedras preciosas. Fue escaso el tiempo que las admiré; el investigador protegía celosamente el recipiente cilíndrico, pues la excesiva exposición a la luz podía afectar la evolución de la experiencia.

Hoy, la fórmula ha desaparecido, supongo.

Algo en mí lamenta no saber cuál fue la miscelánea de elementos ni las condiciones experimentales que aquellos creadores forjaron. Se me perdonará, en tanto nunca me interesó la química, mas si pudiéramos reunir a esos científicos otra vez y les preguntásemos –a uno de ellos localicé después de más de 30 años y ni siquiera recordaba haber participado en aquellas pruebas–, la probabilidad de que la fórmula del diamante permaneciese viva en alguna memoria seguiría siendo baja.

Qué insensato parece por momentos el que alguien que habiendo tenido en sus manos la posibilidad de producir diamantes a voluntad en un tubo de ensayo, haya olvidado también cómo hacerlo. Más aún; tal vez sea yo el único –asumo el riesgo de arrogar– que guarde remembranzas de aquella gloria. Pero seamos indulgentes; parece natural que en el devenir de niños a hombres, cosas como esas se borren.

Dije ya que la química jamás atrajo mi atención, pero conmigo se quedó el recuerdo de aquellos cristales –podría jurar que resplandecían a enceguecer– en el fondo de un tubo de ensayo que contenía un hermosa pócima celeste, que unos estudiantes de 3° ó 4° grado con vuelos de alquimistas recrearon en su tiempo de descanso gracias a un juego de química, allá en días de primaria del Colegio La Concordia.

1 comentario:

Anónimo dijo...

lo que cuentas es un rollo. no me extraña que nadie lea tus articulos. ves? 0 COMENTARIOS.
Te hago un favor escrbiendote este comentario.
Es el unico que tienes en todo tu blog!