martes, 5 de febrero de 2008

PARA CONTAR / LA COLECCIÓN


En una época que ahora sólo podemos imaginar, cuando no existían eso que llamamos ciudades, hubo alguien que vivía lejos. Día a día utilizaba su ingenio y su esfuerzo para procurase el sustento. Era hábil para el comercio y el contacto con los demás, y siempre que tenía la oportunidad, salía de viaje o de expedición, pues así podía conocer sitios y paisajes nuevos, culturas diferentes y gente de otros lugares. Y cada vez que regresaba de alguno de sus muchos recorridos, traía consigo por lo menos un objeto que le recordara una experiencia y lo guardaba en un lugar especial que tenía reservado para ello. “La Colección” era el nombre que daba al conjunto de todos esos objetos.

La colección era abigarrada e insólita. Algunas piezas eran hermosas y extrañas; otras, insignificantes, comunes o banales. Las conservaba no porque tuvieran valor de intercambio o sagrado, sino porque representaban algo que había aprendido en algún momento o lugar. Allí mantenía entre muchas otras: vasijas, pieles, collares, máscaras rituales, especias, piedras de colores, cortezas, dagas, mantas, cuerdas, pergaminos escritos, aceites perfumados, ropas, cuencos llenos de arena, amuletos, utensilios de agricultura, huesos, hojas y ramas secas, plumas de pájaros, objetos sonoros, turbantes, y así, montones de cosas.

Un día, en la inquietud de una idea que le ocupaba progresivamente, decidió que su colección debía servir para algo más que recuerdos. Mientras más cavilaba en ello, mayor era un deseo de fiera de construir con lo que había acumulado durante años, hasta que con todo aquello comenzó a moldear, a erigir, a fabricar, a armar; en fin, a darle forma a algo cuya forma ignoraba. Resolvió trabajar como en un encierro, sin iluminación, absolutamente a tientas, sin pensar en dónde colocar qué cosa, al azar, sin plan ni objetivo más allá que crear. En ello puso todo su empeño; tanto que salía para comer y descansar sólo cuando sentía que ya las fuerzas comenzaban a abandonarle; luego regresaba con redoblado vigor a la tarea que a la vez le apasionaba y le apremiaba.

Cuando finalmente sintió que había culminado, sacó su creación de la oscuridad para observarla por primera vez. La tomó con sumo cuidado y como si cargara a un indefenso recién nacido en los brazos, como si se tratase del objeto más frágil y delicado del universo, la llevó afuera, a la luz del día.

Sólo al reconocer que lo que veía tenía forma humana, se dio cuenta de que sostenía la respiración; entonces dejó escapar el aire y con ello su aquiescencia. La figura no le era extraña; por el contrario, la conocía muy bien: tenía su mismo tamaño, dimensiones y proporciones. La miró lentamente, de abajo hacia arriba y finalmente, con terrible y hermosa certeza, contempló el rostro que ya sabía encontraría.

Allí, en frente suyo, sonrientes y cristalinas, estaban su propias y verdaderas facciones.

2 comentarios:

  1. Hola Compadre, ¡Querido Hugo Rafael!
    Me encantó conseguir tu Blog.
    Aprovecharé los cuentos para usarlos como metáforas de aprendizaje. ¡Están muy buenos!
    Estaré pendiente de la publicación de cada nuevo cuento y las novedades del sitio.
    Abrazos,
    Adrián Cottín, Venezuela

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  2. Bellísimo cuento!

    Te invito a visitar mi blog:

    http://paladar-inteligente.blogspot.com/

    Saludos

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