jueves, 24 de enero de 2008

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / EL ÚLTIMO DE LOS PELUDOS


Claro, la televisión ya se había encargado de adelantarme algo sobre el asunto, pero fue allá en Caracas en tiempos de la escuela y el liceo, cuando me enteré formalmente de los eventos conocidos como la I y II Guerra Mundial. Y allá se quedaron, en algún libro olvidado en aquel país para el que la guerra fue una cosa, sí, insólita, pero especialmente forastera, casi exótica, ocurrida en lugares desconocidos.

En París es distinto; aquí te encuentras con vestigios de la guerra a cada rato. Cruzas una calle y de repente, una placa conmemorativa de algún acontecimiento, el nombre de unos combatientes caídos o de unos niños deportados, un suceso ocurrido allí mismo, exactamente en el sitio que tus pies están pisando.

Tal vez las personas con las que hablas son hijos o nietos de quienes participaron directamente en algunos de esos hechos, lo que siempre me resulta sorprendente. Pero más es que otros, ciertamente ya mayores pero todavía por ahí, en carne y hueso, hayan sido los protagonistas ellos mismos. La guerra no la leyeron o la vieron en una pantalla; es algo que vivieron en primera persona.

Ahora, el asombro y la maravilla son estratosféricos cuando te enteras de que uno de esos protagonistas, no de la II sino de la I Guerra Mundial, sigue vivo. Porque si la I Guerra Mundial terminó (así creo que decía el libro aquel) en 1918, cualquiera que hubiese estado allí, forzosamente tendría que ser hoy, centenario.

Pues el pasado 20 de Enero murió, a la asombrosa edad de 110 años, el penúltimo de los franceses que combatieron en la I Guerra Mundial. Se llamaba Louis de Cazenave y era conocido como uno de los “peludos”, sobrenombre dado a los combatientes franceses de ese conflicto, según algunos (no todos acuerdan con esta versión) porque se dejaban crecer la barba y el bigote durante su estada en las trincheras y luego a su retorno de la batalla, lucían todos “peludos”.

Pero dije bien: el penúltimo, porque todavía queda otro vivo, también de 110 años, de nombre Lazare Ponticelli (nacido en Italia y naturalizado francés) y quien a su muerte y como último de los 8.5 millones de franceses que se movilizaron en la I Guerra Mundial, será enterrado en el Panteón Nacional, por decisión del anterior Presidente de Francia, Jacques Chirac. Por cierto, el Sr. Ponticelli no está muy de acuerdo con ese homenaje y dice que “los primeros peludos que cayeron, tienen tanto derecho a ser honrados, como yo que soy el último”. Sus descendientes mantienen que ello sólo será factible si sus exequias se hacen, no en su memoria, sino en la de todos los hombres y mujeres que murieron por Francia en aquellos combates.

De pronto, la llamada Gran Guerra es a mis ojos, no sólo algo mucho más palpable, sino que tiene nombre, apellido e incluso, apodo. Un apodo muy “peludo”.


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1 comentario:

  1. que impresionante no?.. como aqui la I y la II guerra mundial suenan a fábula, y alla forma parte de tooodos los que viven alla!!..

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