martes, 28 de agosto de 2012

SILMARIL / REFLEXIONES SOBRE EL ESCUCHAR II


 “Lo peor que le puede ocurrir a cualquiera
 es que se le comprenda por completo”.
 Carl Gustav Jung. 


Hay un  breve relato de Mario Benedetti, titulado Lingüistas, que me fascina. Lo presento a continuación:


Tras la cerrada ovación que puso término a la sesión plenaria del Congreso Internacional de Lingüística y Afines, la hermosa taquígrafa recogió sus lápices y papeles y se dirigió a la salida abriéndose paso entre un centenar de lingüistas, filósofos, semiólogos, críticos estructuralistas y descontruccionistas, todos los cuales siguieron su garboso desplazamiento con una admiración rayana en la glosemántica. 

De pronto las diversas acuñaciones cerebrales adquirieron vigencia fónica: 

- ¡Qué sintagma! 
- ¡Qué polisemia!
- ¡Qué significante!
- ¡Qué diacronía! 
- ¡Qué exemplar ceterorum!
- ¡Qué Zungenspitze! 
- ¡Qué morfema!

La hermosa taquígrafa desfiló impertérrita y adusta entre aquella selva de fonemas.

Sólo se la vio sonreír, halagada y tal vez vulnerable, cuando el joven ordenanza, antes de abrirle la puerta, murmuró casi en su oído: “Cosita linda”. 


Esta historia permite diversas interpretaciones, pero para los efectos de este artículo quisiera proponer que el joven ordenanza fue, entre los caballeros de la historia, quien mejor comprendió a la taquígrafa. Sus congéneres estaban tan concentrados en sí mismos que no fueron capaces de escuchar más allá de su propia piel y mucho menos entrar en la misma longitud de onda de la chica objeto de sus halagos.

El tema de la comprensión y el de la escucha están íntimamente ligados y ellos son pilares de otro asunto igualmente fundamental: la convivencia. Coexistir con otro implica comprenderlo (que no es igual a compartir su manera de interpretar las cosas) y esa comprensión pasa, necesariamente, por escucharlo. Escuchar para comprender es uno de esos retos fascinantes con los que los seres humanos nos encontramos prácticamente a diario. Comprender al otro no es un acto que nos sea dado de manera gratuita; requiere cierto compromiso de nuestra parte y  no podemos estar siempre seguros de que lo hemos logrado.

Pero los temas de la comprensión y la escucha son complejos y quisiera ensayar primero un paseo lingüístico sobre el escuchar, a ver si comprendemos un poco más (¿o quizás menos?). Es interesante que en por lo menos tres idiomas –español, francés e inglés– existan como mínimo dos verbos para esta acción: En español encontramos “Escuchar” y “Oír; en francés tenemos “Écouter” y “Entendre; y en inglés hallamos “Hear” y “Listen. En el habla corriente solemos utilizarlos en el mismo sentido; son sinónimos, aunque para ciertas corrientes académicas no sean equivalentes ni signifiquen exactamente lo mismo.

El verbo en español “entender” tiene la misma raíz etimológica que el verbo en francés “entendre” (que como ya indiqué, significa “escuchar” u “oír) y ambos provienen del latín “intendere”, cuyo significado original –que no debe perderse de vista en esto de la comprensión– fue “tender algo hacia”. En español solemos decir “te entiendo” cuando hablamos con otra persona, para indicar que estamos escuchándola, que le ponemos atención. A propósito, consideremos el latín “attendere” que significa “prestar atención” y que generó por lo menos dos verbos distintos, pero afines: el verbo “atender” en español, que quiere decir “prestar atención” y el verbo “attendre” en francés, que significa “esperar”.

En nuestra lengua, el verbo “atender” posee, según el Diccionario de la Real Academia Española, varias acepciones. Entre ellas tenemos:

“Esperar o aguardar”.
“Aplicar voluntariamente el entendimiento a un objeto espiritual o sensible”.
“Mirar por alguien o algo, o cuidar de él o de ello”.

Así como la historia de Benedetti, estas acepciones también abren espacio a múltiples interpretaciones, algunas de ellas incluso poéticas. Por ejemplo, me gusta pensar que escuchar tiene que ver con “esperar”, en el sentido de dejar que el otro termine de expresarse para poder después comentar al respecto. Muchos equívocos y confusiones surgen de que no siempre esperamos mientras escuchamos. Por cierto, alguna vez leí que en lengua húngara utilizan la misma palabra para significar tanto “escuchar” como “callarse”. La idea me parece acertada, pues ¿cómo podría yo comprender al otro, cómo escucharlo, si estoy hablando al mismo tiempo?

La segunda acepción sugiere que comprender es un acto voluntario, una decisión que se toma y que debe sostenerse. Es decir, mis posibilidades de comprender al otro mejoran cuando asumo conscientemente que necesito comprenderlo y como consecuencia, hago un esfuerzo deliberado al respecto. Desde allí ensayo entonces otra propuesta: Escuchar para comprender es una acción particular que se enfoca en el otro. La proposición pareciera, en principio, banal, pero cuidado; tengo la impresión de que esto se olvida con más frecuencia de lo que se cree. Por ejemplo, en diversas actividades de formación, he podido observar formadores que parecen mucho más interesados en sus propias palabras y en defender sus planteamientos, que en lo que pudieran decir sus aprendices. A mi manera de ver, esos formadores están más pendientes de sí mismos que de sus aprendices; no están, infortunadamente, enfocados en el otro.

La tercera acepción me parece muy especial, pues presenta la posibilidad de que para escuchar y comprender, sería necesario, además, cuidar del otro. Esto podría significar, por ejemplo, cuidar de su legitimidad, de su manera de observar las cosas, indistintamente de que la compartamos o no. ¿Será posible comprender al otro, sin compartir su opinión? Me parece que sí; de hecho, creo que nos sucede, por ejemplo, en nuestra relación con los amigos: cuando diferimos de sus opiniones, no siempre tomamos el camino de la confrontación. A veces, en lugar de defender nuestra perspectiva, indagamos para tratar de comprender, con preguntas como “¿Por qué piensas de ese forma? ¿Puedes explicarme mejor?”. Después de escucharle, si seguimos en desacuerdo, podemos manifestarlo y la amistad generalmente prosigue sin problemas.

La idea de cuidar al otro como elemento que contribuye a la comprensión es formidable y en varios sentidos, si bien algunos no son necesariamente agradables. Nuestro interés por comprender está, en la mayoría de los casos -y felizmente, permítaseme agregar-, orientado a personas con quienes, más allá de las diferencias, se puede convivir. Pero ¿será posible comprender y cuidar (de nuevo, esto no significa estar de acuerdo) a alguien que ha cometido una atrocidad que juzguemos imperdonable o repugnante? Considerada en profundidad, la pregunta puede resultar inquietante. 

Para cerrar esta exploración etimológica, quisiera regresar a la idea contenida en el significado original del verbo “intendere”, el de “tender algo hacia”. Me digo entonces que tal vez la escucha orientada a la comprensión es una en la que no espero que el otro venga a mí, sino más bien una en donde soy yo quien se tiende hacia el otro. Una escucha en la que me dirijo al otro, en la que lo cuido y en la que continúo con él, sin interponer entre ambos, mis propios juicios y creencias.

La comprensión que aquí sugiero implica un cambio de énfasis, pues se intenta partir, ya no de uno mismo, sino del otro. Un otro legítimo en esencia, por diferente que sea. Desde esta perspectiva, escuchar para comprender conlleva honrar esa diferencia y esa legitimidad, por encima de la opinión que sobre el otro pueda yo tener, y luego intentar ubicar el espacio donde lo que el otro dice, tiene validez. Una escucha que procura ensayar una comprensión de la interpretación que el otro hace del Mundo; una escucha donde pongo a un lado mi propia interpretación, para tratar de responder a la pregunta: “¿Cómo se observa el Mundo desde las ideas, desde las representaciones de este otro?”

Quizás fue esto lo que hizo el joven ordenanza de la historia de Benedetti: olvidarse un poco de su propio mundo y tratar de construir una frase que resonara en la taquigrafista. Una frase que, efectivamente, resonó mucho más que cualquiera de las otras “acuñaciones cerebrales” que sus rivales articularon intentando un halago que ellos presuponían 'ganador'; una frase que tuvo mayor impacto porque era más cercana a la manera de escuchar de la chica, a la interpretación que ella tenía del mundo.


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viernes, 24 de agosto de 2012

CUALQUIER OTRA COSA / CUENTOS OLÍMPICOS


 El objetivo del Olimpismo es poner siempre el deporte
 al servicio del desarrollo armónico del hombre,
 con el fin de favorecer el establecimiento de una sociedad pacífica
 y comprometida con el mantenimiento de la dignidad humana.
  Extracto de la Carta Olímpica.


Más allá de las caimaneras de béisbol de mi cuadra caraqueña de infancia y de las competencias de fútbol del colegio o del liceo, nunca fui muy destacado en deportes. Tampoco soy un fan recalcitrante y fervoroso de esos que se saben todos los nombres y estadísticas habidas y por haber de alguna disciplina deportiva, aunque sostengo un gran cariño por los Leones del Caracas, glorioso equipo venezolano de béisbol. Eso sí, las pocas ocasiones en que he estado en un estadio la he pasado de lo mejor, y me gusta igualmente observar de vez en cuando algún partido por televisión. Pero quizás los dos eventos deportivos televisados que más impacto tienen en mi persona son: los Mundiales de Fútbol y el Non Plus Ultra de los encuentros deportivos, los Juegos Olímpicos.

Para mí, uno de los atractivos principales de los Juegos Olímpicos es que están siempre llenos de historias interesantes, creencia que alimento desde una navidad de mi pubertad en la que recibí como regalo un juego de libros, parte de la Colección 15 Historias lanzada por Editorial Fher. Cada libro era una recopilación de relatos sobre un tema específico: aventuras, detectives, exploración, aviación, etc. Uno de ellos se llamaba 15 Aventuras Olímpicas y en sus páginas descubrí nombres como Pierre de Coubertin, Paavo Nurmi, Emil Zátopek, Jean Bouin, o logros deportivos extraordinarios como el del etíope Abebe Bikila, uno de los dos hombres que ha ganado el maratón olímpico dos veces, con el detalle de que la primera vez, en los Juegos de Roma de 1960, el hombre corrió la colosal distancia... ¡descalzo!

Así, y gracias a diversas historias, los Juegos Olímpicos me resultan mucho más que competencias, registros, medallas y números. Entre mis anécdotas favoritas está el que NINGUNO de los atletas que compitieron en los primeros Juegos Olímpicos modernos, en 1896 en Atenas, ganó medalla de oro. ¿Por qué? Porque entonces se entregaba una medalla de plata para el primer lugar y una medalla de bronce para el segundo, mientras que el tercero no recibía nada de nada. Por cierto que en aquellos juegos hubo una competencia de natación dominada de manera absoluta por atletas griegos; se llamó los 100 metros libres marineros y entre los requisitos para participar, estaba ser marino... ¡de la Real Marina Griega! Así, cualquiera...

La aventura de los Juegos Olímpicos suele conmover y creo que ello se debe a que conjuga elementos incontestablemente humanos: honor, esfuerzo, tenacidad, dolor, gloria, fracaso, compañerismo, sacrificio... Hay ejemplos pasmosos; en los recientes Juegos de Londres vimos a Oscar Pistorius, corredor surafricano a quien le fueron amputadas ambas piernas cuando niño y que corre con unas prótesis de fibra de carbono. No fue medallista, pero clasificó para las semifinales de 400 metros libres y además fue parte del equipo del equipo surafricano que llegó a la final del relevo masculino 4 x 100 metros libres. También estuvo Im Dong-Hyum  (foto a la derecha de este párrafo), un atleta surcoreano técnica y legalmente ciego (su visión es de 20/100 en el ojo derecho y 20/200 en el izquierdo) que no solo ganó medalla de oro en la disciplina de tiro al blanco, sino que rompió el récord mundial de la disciplina... ¡que estaba en su poder! Hay que decir que Dong-Hyum, aunque no puede ni conducir ni leer un diario, no se considera a si mismo discapacitado en la disciplina, porque puede distinguir los colores en la diana, lo que para él es suficiente.

Hay más discapacitados destacados en la historia de los Juegos Olímpicos: en San Luis, 1904, compitió George Heyser, gimnasta que con una prótesis de madera en su pierna izquierda ganó 6 medallas, incluyendo... ¡salto al potro! Por su parte, Liz Hartel fue la primera mujer en ganar medalla olímpica en deportes ecuestres; la danesa se llevó las medallas de plata en los Juegos Olímpicos de Helsinky, 1952 y Melbourne, 1956, a pesar de una parálisis parcial en ambas piernas a causa de poliomielitis.

La magia actual de la televisión nos permite apreciar los Juegos, independientemente de donde nos encontremos. Se calcula que la final de la prueba masculina de 100 metros libres de los recientes Juegos Olímpicos de Londres fue observada por cerca de 20 millones de personas de todo el mundo, yo entre ellas. Pero así como vi consagrarse a los vencedores de esta y de muchas otras pruebas, también disfruté ver a sus familiares abrazarlos y celebrarlos justo después de sus respectivas proezas (en la foto a la izquierda, Laure Manaudou, campeona olímpica francesa del 2004 en 400 metros libres de natación femenina, felicita a su hermano Florent, después que este ganara la final de 50 metros libres de natación masculina en Londres 2012). Uso la palabra proeza (que etimológicamente quiere decir acto de valor) adrede; con el nivel de exigencia actual en el deporte, sobrepasar los estándares mínimos necesarios para asistir a unos Juegos Olímpicos es un logro en sí mismo. Estar allí es la consecuencia de un formidable proceso de preparación, disciplina, rigor y sacrificio, cuyo resultado, a pesar de todo, es frágil y no siempre satisface al atleta. Las lágrimas y otras expresiones de tristeza y pena de muchos deportistas así nos lo recuerdan.

Mas la derrota no es siempre sinónimo de fracaso; recuerdo por ejemplo el caso de Derek Redmond, corredor británico especialista de los 400 metros planos que compitió en los Juegos Olímpicos de Barcelona, 1992. Derek era uno de los favoritos de la competencia, pero durante una semifinal sufrió una lesión en la pierna que lo dejó prácticamente inmóvil. A pesar de haber perdido todo chance de medalla, Derek intentó seguir el recorrido dando saltos sobre su pierna sana, pero le faltaban todavía unos 150 metros y le sería muy difícil llegar a la meta; entonces su padre, que estaba en las gradas y ante las evidentes muestras de dolor de su hijo, entró en la pista y lo ayudó a cumplir su objetivo. Las imágenes correspondientes me parecen extraordinarias y una de las fotos del momento ilustra este párrafo.

En los recientes Juegos Olímpicos de Londres, el equipo canadiense obtuvo el tercer lugar en la exigentísima prueba masculina de relevo 4 x 100 metros planos, pero el resultado fue posteriormente invalidado porque uno de los integrantes pisó la línea de su carril durante la carrera, lo cual es suficiente para la descalificación. ¡Imagínese usted tener que renunciar a una medalla de bronce por una decisión arbitral! Por justa que esta haya sido, la decepción debe ser inmensa y no solo para los atletas, sino también para sus seguidores. Pues bien, uno de esos seguidores, un niño de 10 años de nombre Elías, quiso animar de alguna manera a sus héroes y les hizo llegar una nota de consolación junto con una medalla que él había ganado en una competencia futbolística.

¿Cuál será el valor real de una medalla? En los Juegos Olímpicos de Roma, 1960, el boxeador norteamericano negro Cassius Clay (que posteriormente cambiaría su nombre a Muhammad Ali y se convertiría en una leyenda deportiva) ganó la medalla de oro de boxeo en la categoría de semipesados. De regreso en su propia ciudad natal, Lousiville, le negaron el servicio en un restaurante por ser negro; como consecuencia el deportista lanzó la medalla al río Ohio. ¿Cuánto estaría alguien dispuesto a pagar hoy en día por esa medalla? La windsurfista polaca Zofia Noceti-Klepacka (en la foto de la derecha), competidora en los Juegos Olímpicos de Londres 2012, debe haber tenido un pensamiento parecido, al decidir subastar la medalla de bronce que ganó, a fin de recabar fondos para el tratamiento de una niña de cinco años que sufre de una enfermedad crónica. ¡Suerte y mis respetos, Zofia!

Otras historias no son tan elevadas, pero mucho se cuenta, por ejemplo, de  la famosa Villa Olímpica y de la vida no precisamente ascética que los atletas llevan ahí. Parece que aquello de la unión deportiva es mucho más que una simple consigna, pues para la Villa Olímpica de Sidney 2000 fueron encargados 70.000 preservativos que, según ¡resultaron insuficientes! A partir de entonces la cifra se ha elevado a 100.000. Hay quienes se escandalizan ¿pero qué esperaban? Imagine usted un lugar totalmente cerrado, repleto de miles de jóvenes de todas las nacionalidades, en perfecta salud y en condiciones físicas inmejorables, sumamente competitivos, que a punta de verdadero esfuerzo han coronado el sueño de estar en unos Juegos Olímpicos, y además en tensión y en conocimiento de que tal vez esta sea una oportunidad única en su vida. Los prefiero allí y así, cien mil millones de veces, a verlos indiferentes, destruidos por las drogas o empuñando armas de guerra.

Después de observar las magníficas ceremonias de inauguración y de clausura de los Juegos Olímpicos de Londres, no creo ser capaz de imaginar toda la logística y organización que debe haber tras un evento semejante. Además, especialmente después de los Juegos Olímpicos de Munich de 1972 y la acción terrorista que entonces dejó como saldo 11 atletas israelíes muertos, la preocupación y la preparación por los asuntos seguridad debe ser inaudita. Pero con todo, hay dislates, como el que permitió que durante la ceremonia inaugural de los recientes Juegos, una extraña mujer desfilara al lado de del abanderado de la India... ¡sin ser integrante de la delegación!

Hablando de seguridad, en estos Juegos de Londres un hombre observaba tranquilamente una competencia abierta de ciclismo en una carretera, cuando de pronto, producto de una acción policial, fue lanzado al piso y posteriormente detenido. Según la policía, a diferencia del resto de la gente que veía la competencia, el hombre estaba demasiado serio y no parecía disfrutar de la prueba, lo cual fue tomado como signo anormal. Me imagino los mensajes de radio enviados por el jefe del cuerpo de seguridad justo antes de la intervención: Atención, atención, individuo muy muy muy serio a mi izquierda. Está sospechoso... No, no, el vendedor de perro calientes no; el tipo de camisa azul... Exacto, el calvito... No, no sé si tendrá ganas de ir al baño, pero definitivamente algo me huele mal... Es que mientras todo el mundo está aquí feliz, él está más serio que un recaudador de impuestos. Seguro que es un terrorista. ¡Al ataque!, para después caerle encima. Pero resulta que el hombre no era terrorista un pepino y sí estaba pasándola bien, aunque no sonreía porque sufre de Mal de Parkinson, enfermedad que en su caso hace que su rostro luzca inexpresivo. ¿Qué tal?

A pesar de estos detalles, el balance general de los Juegos Olímpicos que nos regaló Londres me parece altamente positivo, al menos en términos de posibilidades de soñar una coexistencia más pacífica y de celebrar lo que significa ser humano. De acuerdo con la Carta Olímpica, el Olimpismo procura establecer una alianza entre deporte, cultura y  educación, y crear un estilo de vida basado en la alegría del esfuerzo, el valor del buen ejemplo y el respeto por los principios éticos fundamentales universales. En Londres 2012, la carrera de 3000 metros planos fue ganada por el keniano Ezekiel Kemboi y el segundo lugar fue para el francés Mahidene Mekhissi. Después de cruzar la meta, el ganador intercambió su camiseta con el francés, mientras que este lo abrazó y lo cargó (foto a la derecha), en una de las más hermosas imágenes que retendré de estos juegos. Un ejemplo que me dice que otras formas de mundo son posibles y que ideas como el Olimpismo son, no solo bellas, sino que hay que seguir promoviéndolas si aspiramos a una humanidad mucho más acorde con su dignidad.


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lunes, 20 de agosto de 2012

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / SAINT REMY DE PROVENCE


 “Puedes rodar por países lejanos,
 Lo que no has visto, por ansia de ver.
 Pero país más alegre que el tuyo
 No lo has de ver, labrador provenzal”.

Federico Mistral. Poeta francés.  


Hace algunos días tuve la oportunidad de dar un corto paseo por el sur de Francia. Un breve asueto que me llevó en primer lugar a la pintoresca población de Saint Remy de Provence, una pequeña ciudad ubicada en la espectacular región de Provenza, al pie del parque natural de Los Alpilles (nombre que es una suerte de diminutivo de Los Alpes), en el departamento de Bocas del Ródano. Dice la leyenda que el Rey Clodoveo I (Clovis I, en francés) andaba por los lados de la Provenza en compañía de San Remigio (Saint Remy, en francés y apóstol fundamental en la historia de Francia, pues logró convertir a Clodoveo I al cristianismo y fue  obispo de Reims durante la bicoca de ¡70 años!). Durante el paseo, en la zona de Los Alpilles, San Remigio exorcizó a una joven poseída por un demonio desde que era niña, pero la joven falleció en el proceso. Sin embargo, San Remigio la resucitó y como agradecimiento, el padre de la chica le regaló unos terrenos en donde luego se estableció la población conocida hoy como Saint-Remy de Provence.

La localidad está ubicada en el corazón de la región, a medio camino entre ciudades tan interesantes como Avignon, Marsella, Arles, Aix-en-Provence y Nimes. Pero sin llegar a comparase con estas, Saint Remy de Provence reúne muchas de las características que atraen a tanta gente a la región de Provenza: agradable clima, ambiente pueblerino y muy pintoresco, buena gastronomía, canto de cigarras en verano, gente abierta, luz y personalidad mediterráneas, un cielo azul esplendoroso, sitios para visitar, etcétera. Caminé callecitas simpáticas, vi lugares coloridos y entre los caprichos gastronómicos que conseguí, además de unas deliciosas pastas de untar, bien mediterráneas también, están una confitura de mandarina y otra de pétalos de rosas, que mejor no les cuento.

Saint Remy de Provence posee un pasado muy antiguo; en tanto hay agua abundante y bosque, lo que es a su vez fuente de cacería y madera, la zona fue propicia para los asentamientos humanos, y los griegos trajeron a la zona los cultivos de la oliva y de la vid, tan importantes en la Francia actual. Se han descubierto allí vestigios de asentamientos celtas que datan de por lo menos 600 A.C, pero es durante la época de dominación imperial romana que la ciudad toma un primer auge. En las afueras de la ciudad hay un extraordinario sitio de ruinas romanas conocido como Glanum, suficientemente interesante como para dedicarle una nota específica distinta de esta, que publicaré próximamente.

Entre las particularidades de Saint Remy de Provence está ser el lugar natal del famoso y misterioso Nostradamus, quien se llamaba originalmente Michel de Nostredame, pero que en algún momento comenzó a firmar con el conocido seudónimo. Por cierto, “Nostradamus no es una transcripción en latín de su apellido, sino una expresión que posiblemente aquel hombre utilizaba como juego de palabras por afinidad fonética con su apellido y que significa algo así como “damos lo que es nuestro. El caso es que el tipo sale por todas partes en la ciudad y en la esquina donde está ubicada la casa en la que nació, hay una fuente muy llamativa con su busto. Vale la pena contar que sus famosas y misteriosas “profecías han opacado el resto de la obra de este interesante personaje, pero que fue un reconocido médico francés del renacimiento, además de intelectual, poeta, humanista, estudioso de los filósofos antiguos, investigador de geografía, matemática y ciencia, y que llegó a ser consejero y astrólogo de Caterina de Médicis, y médico del Rey Carlos IX de Francia.

Otro personaje famoso asociado con Saint Remy de Provence es el pintor Vincent Van Gogh, que estuvo durante un año internado por su propia decisión, en el monasterio y hospital de Saint Paul de Mausole. Durante su estada, Van Gogh pintó más de 140 cuadros, entre ellos una de sus obras maestras, Noche Estrellada, que representa el paisaje nocturno que el pintor veía desde la ventana de su habitación. Tuve la ocasión de visitar este monasterio, en cuya entrada hay una muy interesante estatua que representa al pintor con girasoles en la mano. El monasterio, cuyo claustro tiene un patio interior cuadrado muy especial con un sereno jardín y un juego de columnas digno de verse, fue construido en el siglo XI cerca de un manantial al cual llegaban peregrinos de todas partes a invocar a Valetudo, diosa romana de la salud personal. Tal vez esa circunstancia fue aprovechada para emplazar el hospital en ese lugar, que hoy sigue funcionando como lugar para el tratamiento de algunas enfermedades mentales, y que utiliza el Arte-terapia entre otras técnicas. 

Una leyenda cuenta que antes de que el monasterio existiera, había en el terreno correspondiente una familia de campesinos, uno de cuyos miembros se llamaba Paulus, que venía huyendo de la invasión de los Vándalos. Hasta allá llegaron unos emisarios de la diócesis de Saint Paul Trois Chateaux a proponerle a Paulus que sucediera en funciones al recién fallecido obispo Torcuato (no me pregunte por qué unos enviados de la iglesia le propondrían a un campesino desplazado ocupar tan alto cargo, la leyenda no lo explica). Nuestro amigo Paulus rechazó en principio la oferta y clavando una vara o bastón en el suelo, dijo que él sería obispo cuando esa vara floreara (supongo que es el equivalente a nuestro venezolano cuando la rana eche pelos), pero resulta que la vara comenzó a florear ahí mismo, de manera que a Paulus no le quedó otra que asumir su cargo. La leyenda tampoco dice si el hombre aceptó de buena gana o si más bien después refunfuñaba diciendo quién me mandaría a abrir la boca, pero la vara fue conservada como reliquia y en el mismo sitio en que floreó se construyó un oratorio que después se convirtió en el famoso monasterio.

Cierro esta nota con una referencia a Los Alpilles, un bloque montañoso calcáreo de poco más de 10 kilómetros de largo, caracteristico de la región, y que a través de sus colinas y montañas, y con una mezcla del verde intenso de la vegetación con el gris blancuzco y árido de la piedra, conjugan un paisaje muy interesante, hermoso e inusual. Tuve la suerte de alojarme en una habitacion con vista a Los Alpilles y como entre mis costumbres está la de levantarme temprano, pude observar estas formaciones cambiar de colores durante el amanecer. En Provenza hay muchísimo que ver, pero Saint Remy de Provence es una de esas localidades chicas y encantadoras que deja un muy bonito recuerdo.


Las fotografías que ilustran este artículo fueron tomadas durante mi visita a Saint Remy de Provence. Ellas corresponden, en orden descendente, a:

1. Una calle vereda con muchas plantas de adorno, en el centro de Saint Remy de Provence.
2. Otra calle en el centro de Saint Remy de Provence.
3. La fuente Nostradamus.
4. Yo, al lado de la estatua de Vincent Van Gogh, en la entrada al Monasterio de Saint Paul de Mausole.
5. Vista al amanecer de una sección de Los Alpilles.

Pueden disfrutar de imágenes adicionales en el álbum que he abierto en mi perfil de Facebook; el enlace directo es este: https://www.facebook.com/media/set/?set=a.10151115359232902.460144.659287901&type=3


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viernes, 22 de junio de 2012

INSOLITUDES / EL PASTOR Y LA SERPIENTE


 “Si me pica a mí ese animal
 y no viene a tiempo el doctor
 señores dueños de casa me dan 
 pa'echame un palo'e ron”.
 Extracto de “La Culebra”, canción popular venezolana.


La serpiente es uno de los animales de más amplio y rico simbolismo en la mitología del mundo. En el mismísimo Génesis, es una serpiente quien incita a Eva a comer del árbol del bien y del mal, cuyo fruto Dios les había prohibido, so pena de morir. Así se lo hace saber Eva, pero la serpiente contraataca con lo que probablemente sea una de las promesas más tentadoras que pueda hacérsele jamás a un humano: “No es cierto. No morirán. Dios sabe muy bien que cuando ustedes coman del fruto de ese árbol podrán saber lo que es bueno y lo que es malo, y que entonces serán como Dios” (La Biblia, versión “Dios habla hoy”).

Pero también en otras culturas la serpiente juega un papel central y no necesariamente perverso o malvado; con frecuencia se asocia con la vida, la sabiduría, la muerte, la medicina, la astucia, lo femenino, el rejuvenecimiento, lo masculino... Los antiguos Egipcios tenían divinidades importantes que representaban como serpientes, como Renenutet, Uadye o Apofis. Entre los griegos, por ejemplo, Hermes, Atenea y Asclepio estaban relacionados con las serpientes, la horrenda Medusa tenía serpientes a modo de cabellos, y Apolo tuvo que vencer a la gran serpiente Pitón que custodiaba el lugar que posteriormente se llamó Oráculo de Delfos (cuyas sacerdotisas fueron conocidas en adelante como pitonisas). En la religión minoica había una diosa-serpiente, también asociada con la fertilidad, así como con la luna y el sol.

Divinidades serpientes se encuentran igualmente entre los pueblos africanos e hindúes, y Quetzalcóatl y Kukulkán, en las mitologías pre-hispánicas, son dioses que a veces toman forma de serpientes emplumadas. En Australia está el mito de la Madre Serpiente; entre los escandinavos tenemos a Nidhogg, una serpiente o dragón que roe permanentemente las raíces del árbol de la vida de la mitología nórdica; y en el relato de Gilgamesh -posiblemente el relato más antiguo de la humanidad- una serpiente le roba a este la planta de la juventud, que él había ido a buscar al fondo de las aguas. No olvidemos el enigmático Uróboros, la serpiente que se muerde la cola y que aparece en distintas culturas, como símbolo, según los entendidos, de conceptos como la continuidad y el eterno retorno.

Claro que no siempre es recomendable tomar símbolos y relatos de manera literal. Lo importante de un cuento no es tanto que lo relatado sea cierto, como que tenga que ver con experiencias que podamos interpretar como humanas o similares a las humanas, o en todo caso como fuente de conocimiento auténtico. Por ello podemos aprender de una fábula, aunque sepamos que en la realidad una liebre y una tortuga no pueden hablar ni acordar una competencia de velocidad entre ellas. A propósito, ciertas fábulas tienen serpientes de protagonistas, como “La serpiente y la lima”, de Samaniego; la fábula africana de “La serpiente y las ranas”; “La zorra y la serpiente” de Esopo; o “El pato y la serpiente”, de Iriarte. Son muy ilustrativas, pero nadie las asume como literalmente ciertas. Permítame insistir en este punto, por medio de una fábula de mi propia cosecha. La llamaré “El pastor y el serpiente”:

Érase un pastor que agarraba y molestaba a una serpiente constantemente. La serpiente, ya harta del sistemático asedio, le dijo un día al pastor:
- Déjame quieta y no te metas más conmigo, que yo, aunque tranquila, puedo ser igualmente muy peligrosa.
Pero el pastor respondió:
- No lo haré, pues el Gran Poema de la Hermandad de los Pastores dice que nosotros estamos protegidos contra ustedes.
- El problema es que a nosotras, en la Cofradía Ofídica, no nos enseñan a leer -dijo la serpiente, que luego mordió al pastor y se fue de allí.

Interprete como desee esta fábula; la intención es que no ande usted por ahí agarrando y manipulando la primera serpiente que encuentre. ¿Que por qué le cuento esto? Porque algunas serpientes pueden ser mortales y porque hace poco me encontré con una noticia que me pareció tan absurda que tuve que escribir este artículo. Se trata, tristemente, de un hecho real, pero a mi juicio tan desatinado y descabellado, que es punto menos que increíble: Alguien llamado Mark Woldorf, Pastor norteamericano de una iglesia pentecostal en Virginia, fue mordido por una víbora de cascabel durante una práctica conocida como “manipulación de serpientes" en el transcurso de una celebración religiosa, y murió como consecuencia.

Mi primera reacción después de leer la noticia fue: “¿Pero a quién se le ocurre andar agarrando una cascabel en una iglesia (¡o en donde sea!) si no conoce de ello?” Después me pregunté: “¿Y cómo fue que un Pastor llegó a manipular un crótalo en un rito religioso?”. Porque estará usted de acuerdo que desde el punto de vista científico, el asunto es, en principio, una insensatez olímpica.

Pues resulta que desde hace ya más de un siglo existe una corriente cristiana pentecostal, conocida como “manipuladores de serpientes”, concentrada en la zona de los montes Apalaches en los Estados Unidos, y que entre sus particularidades está tomar serpientes con las manos durante el servicio religioso. El asunto lo inició un tal George Went Hensley, quien introdujo la práctica en una iglesia en Tennesse y que luego creó su propia iglesia, aparentemente con el requisito de la manipulación de serpientes como evidencia de salvación.

La práctica se funda en varios pasajes de la Biblia, especialmente en Marcos 16: 17 - 18, que dice: “Y estas señales acompañarán a los que creen: en mi nombre expulsarán demonios; hablarán nuevas lenguas; tomarán en las manos serpientes; y si beben algo venenoso, no les hará daño; además pondrán las manos sobre los enfermos, y éstos sanarán”. (La Biblia, versión “Dios habla hoy”). Pues bien, hay quienes asumen el texto de manera tan literal... ¡que llevan serpientes a las reuniones de su iglesia! Existen impactantes videos disponibles al respecto, en los cuales puede observarse distintas personas durante una celebración religiosa tocando, agarrando y pasándose serpientes, como si se trataran de inofensivos cachorros de Golden Retriever. Pero las creencias son las creencias y en ellas suele haber poder, y hay feligreses que dicen que si en el proceso usted resulta mordido, es porque usted es pecador; si no es mordido o si la serpiente le muerde, pero usted sobrevive, entonces es usted un creyente auténtico. ¿Qué tal?

En el caso que estimuló este artículo, el Pastor Woldorf (a quien pueden observar en acción, en la gráfica ubicada a la izquierda) ya tenía experiencia manipulando serpientes y ya había sido mordido antes, más de una vez, sin consecuencias demasiado graves. En esta ocasión y después de haber manipulado una cascabel, el hombre la colocó en el suelo y se sentó a su lado, pero algo pasó que la serpiente atacó y lo mordió en la pierna, después de lo cual fue llevado a su hogar en lugar de ir directamente a un servicio médico. Sólo cuando empeoró fue trasladado a un hospital, donde murió, lo que infortunadamente no es sorpresa. Pero sí hay datos adicionales que me parecen sorprendentes; por ejemplo, que en 1983 el Pastor Woldorf vio a su padre, de 39 años, morir de una mordedura de serpiente en un servicio religioso. Asimismo, que son ya más de una centena las personas que han muerto por igual causa en estas reuniones, incluyendo otros Pastores, esposas y por supuesto, congregantes; y que el propio fundador, George Hensley, falleció también mordido por una cascabel en circunstancias parecidas. Sí, las creencias son las creencias y en ellas suele haber poder, pero también es bueno trazar algunos límites.

Advierto ahora que no tengo nada en contra de confesiones religiosas (ni contra las serpientes), siempre que se mantengan dentro de la esfera privada (las religiones, me refiero; los ofidios deberían estar en su ambiente natural); que las respeto y que este texto no es un manifiesto en su contra. Yo no seré, personalmente, muy creyente, pero considero que las religiones y las iglesias -con muy escasas excepciones- pueden ocupar un espacio beneficioso en la vida de la gente. Agregaré que hay personas muy queridas para mí que son o han sido miembros de cultos pentecostales y si bien estos cultos no me atraen, he visto en ellos cosas bonitas. Pero para mí es también importante decir que existe una línea clara entre la obediencia a un texto religioso y el hecho de llevar crótalos a una reunión de iglesia. Que creo que no vale la pena exponerse a un riesgo semejante en nombre de ninguna creencia, y que juzgo que un Pastor (o el clérigo de cualquier religión) puede, en general, ser más útil vivo que muerto por una totalmente evitable mordedura de serpiente.

Porque usted puede creer lo que prefiera, tener toda la fe del mundo y asumir cualquier escrito como la más absoluta y literal de las verdades, pero hay hechos también irrefutables sobre las serpientes: por ejemplo, que son venenosas, que pueden atacarle, que ellas no prometen que usted no morirá, y especialmente... ¡que no saben leer!


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martes, 5 de junio de 2012

SILMARIL / REFLEXIONES SOBRE EL ESCUCHAR I


 “Cómo te sientan mis palabras.
 Si no me entiendes, no te entiendo, y al revés.
 Que hay cosas que dependen del intérprete. 
Extracto de la canción Mi Peter Punk, de Alejandro Sanz. 


Uno de los fenómenos que yo encuentro mas interesantes del lenguaje, es el hecho de que una misma palabra no siempre tiene el mismo significado para dos personas distintas; esto lo hemos experimentado todos en alguna oportunidad. Recuerdo una ocasión en la que pude constatarlo de manera palmaria: fue el día en que durante una de mis vacaciones de infancia, allá en el Jusepín de mis abuelos, mi tío Talabarto me llevó a una gallera por primera vez a observar una pelea de gallos. Tendría yo 8 ó 9 años y el asunto fue toda una experiencia: una gallera es un mundo particular, altamente masculino, tan colorido como sangriento, bullicioso a más no poder, pero suficientemente estructurado y organizado como para poseer sus propios códigos, preceptos, ceremonial y lenguaje.

Entré en la gallera y enseguida me envolvió la algarabía, el aspaviento, el desafío, la cofradía, la revuelta, el vaticinio, el desplante... y en el medio del medio de todo aquello, la apuesta, que es uno de los corazones de las peleas de gallos. Un par de magníficos ejemplares, un gallo giro y otro canagüey, plumajes y espolones en guerra, comenzaban la refriega y yo allí, osado jovencito, urbano de pies a cabeza, lego en asuntos de gallos para más señas, e hipnotizado por la energía y la barahúnda. La gente comenzaba a calzar sus apuestas y un dinerito que mi madre me había dado para chocolates, galletas o refrescos durante el paseo, me picó en el bolsillo, así que quise apostar también. Pero el alboroto, el fragor y el tumulto crecían y ya se hacían demasiados para mi comprensión, cuando noté que en todo aquel vértigo, mi tío Talabarto era el único hombre que estaba tranquilamente sentado y observaba atento e impávido el espectáculo con sus dos manos bajo el mentón, apoyadas en el puño de su bastón.

- Tío -le dije, resuelto-, yo quiero apostar.
- Ujum... eso no es muy recomendable -fue su lacónica respuesta. Mas yo no iba dejarme desanimar así como así, e insistí.
- ¡Tengo mi propio dinero, tío!
- Bueno, como usted quiera.
- ¡Ajá! ¿Pero cómo apuesto? ¿Cuál es el gallo bueno en esta pelea?
-¿El bueno? Ujum, a ver... a mí me parece que el gallo giro es el bueno -agregó, apuntando con su dedo índice al combate que ya tenía lugar.

Aquello era todo lo que yo necesitaba, inmediatamente volteé y crucé una apuesta con alguien cercano, colocando todo mi capital en favor del gallo giro, que entonces se convirtió -a mis ojos, que quede claro- en una formidable e invencible criatura de fuego y poder. La ilusión no duró mucho; solo un par de minutos adicionales bastaron para que el odioso gallo canagüey le diese una impresionante rebatida a mi favorito, y con cuatro embates seguidos finalizó la pelea allí mismo. El pobre gallo giro en cuya supuesta capacidad combativa había yo confiado, quedó tendido en la arena, inánime, absolutamente muerto -tal cual mi merienda-, mientras que el dueño del vencedor lo levantaba ante todos, haciendo gala de su triunfo.

Adiós chocolates, adiós refrescos; tuve que pagar mi apuesta y luego, todavía sin comprender bien qué había pasado -a excepción de que mi dinero se había esfumado-, fui donde mi tío Talabarto a recriminarle.

- Pero bueno, mi tío. ¡¿Usted no me dijo que el gallo giro era el gallo bueno?!

- Ujum, sí, eso mismo le dije yo, que el giro era el gallo bueno, sí señor, sí es verdad. ¡El gallo malvado y desgraciado es el otro, que lo mató! -fue la inolvidable contestación de aquel hombre.

¡Ah, las palabras, sagradas y profanas palabras! Sí, evidentemente, lo que uno dice puede ser exactamente eso que el otro oye, pero no lo que el otro entiende.

La primera vez que me encontré con la propuesta formal de que las palabras “oír” y “escuchar”, a pesar de ser sinónimos, no significaban necesariamente lo mismo, fue durante mi formación como coach ontológico. La idea básica es que escuchar es mucho más que oír un sonido, pues implica además, interpretarlo. Rafael Echeverría, autor de “Ontología del Lenguaje” entre otras obras, va incluso más allá y propone que escuchar es el resultado de percibir, ya no solo a través del oído, sino a través de cualquiera de los sentidos e interpretar eso que percibimos.

Reflexionando un poco al respecto, me parece fascinante la posibilidad de que escuchemos no solamente con el oído. En efecto, si escuchar se relaciona con interpretar, las personas sordas, aunque no oyen, sí escuchan. De la misma forma, puedo escuchar lo que alguien me dice en una carta, si bien no le oigo al momento de leer sus palabras.

El componente interpretativo de la escucha se hace más evidente cuando consideramos los famosos aspectos no verbales del lenguaje. Todos sabemos que el sentido de una frase puede variar tan solo por una modificación del tono de voz con que es dicha, o que la misma frase, dicha con entonación similar, pero acompañada de otro gesto, de un movimiento de cabeza diferente, de un aroma especial o de un contacto físico particular, puede también cambiar de significado. Como percibimos a través de los cinco sentidos, cualquier información que recibamos a través de ellos puede modificar la interpretación que le damos a algo.

El contexto también influye en la interpretación. No escucharé de igual manera la frase “Venga conmigo”, si me la dice un militar uniformado, armado y con cara de malas pulgas, que si me la dice una persona seductora y sexy. Aquí no solamente escucho lo que me dicen y cómo me lo dicen, sino que a ello le doy un sentido u otro, también dependiendo del contexto donde fue dicho.

De manera que podemos considerar la escucha como fenómeno interpretativo y esa interpretación sirve para crear sentido. Todo sentido es, de alguna forma, una creación propia que le asignamos a lo que nos sucede, y está ligado a diferentes elementos como nuestra historia personal, el tipo de observador que somos, los sistemas de los cuales formamos parte... El sentido nos permite andar por el mundo, pero como nos representamos ese mundo a partir de nosotros mismos, el sentido también actúa como filtro de nuestra escucha del mundo.

Una consecuencia de ello es que en cualquier comunicación habrá, como mínimo, tantos sentidos como participantes en el proceso. Todos somos personas diferentes y por similares que puedan ser nuestras respectivas escuchas, siempre habrá alguna desviación, una brecha, entre el sentido que dos o más personas le asignen al mismo fenómeno. Esta diferencia inevitable de sentido hace que en la convivencia con otros, estemos invariablemente expuestos al riesgo de equívocos y malentendidos. Ahora, esa brecha no es tampoco una condena a no entendernos nunca; si el sentido que damos a las cosas es suficientemente similar al que los otros también le asignan, podemos coordinar acciones sin inconvenientes mayores. Pero la brecha está ahí, vive con nosotros permanentemente y tiene consecuencias, se trate de conversaciones fundamentales o banales, como las que podemos sostener con la pareja, los amigos, los aliados, los vecinos, los compañeros de trabajo... o con un tío en una pelea de gallos.

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miércoles, 23 de mayo de 2012

SILMARIL / LOS LIBROS IMPORTANTES


 "No quiero exagerar: leer cuentos y novelas no nos hace por fuerza mejores personas, pero estoy convencido de que quien no lee cuentos y novelas –y quien no persigue las distintas variedades de la ficción– tiene menos posibilidades de comprender el mundo, de comprender a los demás y de comprenderse a sí mismo".
 Jorge Volpi. 


¿Cuántos libros habré leído en mi vida? ¿47, 130, 376, 859, 1000,  1001, 2214…? Más aún, ¿cuántos de ellos habrán sido realmente importantes o influyentes en mi vida?

En una ocasión conversé con mi tío José Jesús sobre un artículo publicado por el ya fallecido intelectual Arturo Úslar Pietri en su columna “Pizarrón”. Si no me equivoco, alguien le había pedido a Úslar Pietri su opinión sobre los 10 libros más importantes, o los 10 libros que cualquier persona debería leer, o algo parecido, lo cual al escritor le pareció un ejercicio imposible y sin embargo, digno de comentar. Úslar  Pietri confesó haber intentado una lista, aunque en su caso y después de mucha reflexión, alcanzó un número cercano –creo– a la centena. Pero aunque escribió un artículo sobre el tema, no publicó la lista y mi tío y yo dijimos que habría sido interesante poder tener acceso a ella, tan sólo para conocer la opinión que al respecto tendría el erudito.

La idea se quedó conmigo y cada vez que me encuentro con una lista de recomendación de lectura, he vuelto a interrogarme al respecto. Ahora bien, ¿qué quiere decir que un libro sea importante? ¿Qué haría que un libro pudiese ser catalogado como tal, y otro no? Pregunta formidable y por supuesto, sin respuesta definitiva –felizmente–, pues cualquier intento de definición enfrentará inexorablemente la propuesta de una perspectiva distinta.

Ah, pero si modificamos ligeramente la cuestión, podemos abrir un camino menos expuesto –al menos a primera impresión– a la polémica. Un camino eminentemente personal a partir de la pregunta: ¿Cuáles han sido los libros más importantes en tu vida?

He venido pensando en esto seriamente desde hace un par de años y diré que el aspecto más complejo del asunto no ha sido la selección, sino –como ya sugerí antes¬– el criterio para determinar que un libro sea importante en mi vida. Tengo una respuesta, poco asible, cierto, pero respuesta al fin: un libro, o más bien una lectura importante para mí, es aquella que ha contribuido de manera determinante a construir la persona que soy hoy, o que me ha impresionado de forma notable (sí, ya sé, la vaina es medio etérea y hasta tautológica, pero ya lo había advertido ¿no? Así que sigan conmigo).

Dicho tal vez en otras palabras, un libro importante en mi vida es uno que me ha gustado tanto o del que he aprendido tanto, que lo incluiría definitivamente en la lista de los libros mas importantes de mi vida. Ja, ja, ja.  Bueno, un poco más en serio, seria uno de los que, si tuviera que escoger, no prescindiria.

De acuerdo, la tarea pudiera devenir reductora e incluso penosa, y por supuesto que uno es, además de los libros que ha leído, también las canciones que ha oído (o bailado), las obras que ha construido, los sueños que ha acariciado, los amigos (y rivales) que ha tenido, las tragedias que ha encontrado, los sabores que ha probado, las organizaciones donde ha participado, las palabras que ha dicho (o callado), los amores que ha vivido, los relatos que ha escuchado, los desafíos que ha enfrentado, los lugares que ha visitado y así, interminablemente. De manera que intentar definirme tan sólo a punta de libros es, cuando menos, mezquino; sin embargo, mirarme a través de las lecturas que me han impactado es a la vez una interesantísima  y hermosa inspección (e introspección). Por ello, y después de un difícil y hasta por momentos tenebroso proceso, llegué a una lista que me satisface lo suficiente como para compartirla.

La lista no contiene tan sólo libros, al menos en el sentido tradicional de la palabra, pues también incluye comics y revistas. Para tratar de poner algo de orden, escogí cinco categorías de libros distintos y me dije que la suma total de obras listadas no debía pasar de 50 (sí, a pesar de su redondez, la cifra es tan arbitraria como 13, 28, 36 ó 74, pero alguna había que escoger) y que no debería incluir más de una obra por autor, con el propósito de hacerla lo más variada posible. Una vez terminada la lista, agradecí que en algunos casos pude colocar antologías o trilogías, pero en el proceso también lloré títulos que quedaron por fuera, tanto como me alegré de que algunos llamados “clásicos” que he leído, no estuviesen por allí. 

Esta lista, intuyo, habla de mí y la propongo también como invitación para conversar a quien lo desee. Los libros dentro de cada categoría están presentados en orden alfabético y esta es la lista que hago hoy, pero espero que cuando vuelva a leerla en el futuro, no me parezca la mejor, porque tal vez encuentre en quien seré entonces, elementos que hoy no soy capaz de ver y que provienen de un título que pensé no sería tan relevante, o también porque nuevas lecturas habrán ejercido una nueva influencia en mí.

(Como efecto colateral de este ejercicio, he decidido abrir un recuadro en el lado derecho de este blog, indiciando los libros que estoy leyendo, y pretendo modificar el recuadro cada vez que finalice y/o comience de leer un nuevo libro).

A Usted, que ha leído hasta aquí, mi agradecimiento. ¿Tal vez un libro de su propia lista de 50 títulos, está también en lo que sigue?:


LITERATURA FICCIÓN
  1. Azteca. Gary Jennings.
  2. Boves El Urogallo. Francisco Herrera Luque.
  3. Cantaclaro. Rómulo Gallegos.
  4. Cien años de soledad. Gabriel García Márquez.
  5. Cuando quiero llorar no lloro. Miguel Otero Silva.
  6. Delirio. Laura Restrepo.
  7. El hombre que calculaba. Malbah Tahan
  8. El manantial. Ann Rayd.
  9. El señor de los anillos. J. R. Tolkien.
  10. El viejo y el mar. Ernest Hemingway.
  11. La isla misteriosa. Julio Verne.
  12. La llamada de la selva. Jack London.
  13. La montaña de oro. Karl May.
  14. Luces del norte. Philip Pullman.
  15. Maluco. Napoleón Bacino Ponce de León.
  16. Memorias de Adriano. Margarita Youcenar.
  17. Nuestra Señora de París. Víctor Hugo.
  18. Pantaleón y las visitadoras. Mario Vargas Llosa.
  19. Siddhartha. Herman Hesse.
  20. Un mago de Terramar. Úrsula Le Guin.
POESÍA
  1. Cancionero del amor y del dolor.
  2. Espantapájaros. Oliverio Girondos.
  3. Hojas de hierba. Walt Whitmann.
  4. Humor y amor. Aquiles Nazoa.
  5. Inventario. Mario Benedetti.
RELATOS
  1. Barrabas y otros relatos. Arturo Uslar Pietri.
  2. Cuentos grotescos. José Rafael Pocaterra.
  3. Ficciones. Jorge Luis Borges.
  4. Las mil y una noches.
  5. Narraciones extraordinarias. Edgar Allan Poe.
REVISTAS Y COMICS
  1. Calvin y Hobbes. Bill Waterson
  2. El sádico ilustrado. Revista dirigida por Pedro León Zapata.
  3. Mafalda. Quino.
  4. Mortadelo y Filemón. Franciso Ibáñez.
  5. Revista MAD.
NO FICCIÓN
  1. Actual minds, possible worlds. Jerome Bruner.
  2. Desarrollo del liderazgo. Tom Jaap.
  3. El poder de la palabra. Robert Dilts.
  4. En busca de la excelencia. Tom Peters.
  5. Estructuras de la mente. Howard Gardner.
  6. Introducción al pensamiento complejo. Edgar Morin.
  7. La quinta disciplina. Peter Senge.
  8. La revolución de la inteligencia. Luis Alberto Machado.
  9. La tercera ola. Alvin Toffler.
  10. Lessons from the art of juggling. Michael J. Gelb y Tony Buzan.
  11. Mastery. George Leonard
  12. Ontología del lenguaje. Rafael Echeverría.
  13. PNL para formadores. Joseph O’Connor y Jhon Seymour.
  14. The living company. Arie de Geus.
  15. Ya nada es como era. Walter Trutt Anderson.

A Usted que continuó leyendo hasta el final (¡bravo!), le pido me deje saber, si así lo tiene a bien, algunos de sus libros favoritos. Si yo tuviera que explicar aquí por qué estos son los títulos que he seleccionado para mi lista... ¡tendría que escribir un libro!, así que mejor busquemos conversar de otra forma al respecto. ¿Le parece?


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lunes, 14 de mayo de 2012

PARA CONTAR / UN RELATO PARA EL FUTURO



En Vn lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que viuia vn hidalgo de los de lança en astillero, adarga antigua, rozin flaco y galgo corredor.

El anterior es posiblemente uno de los principios más conocidos de la literatura española y mundial. Así comienza "El Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha", considerado uno de los libros más importantes de la Historia. Pero el párrafo es extraño: no se entiende bien, algunas palabras son inusuales, hay problemas de ortografía, ciertas letras no parecen ser las correctas... 
La verdad es que el texto trata de transcribir aquel principio, tal cual fue escrito en 1605, año de su primera publicación.
Para quienes hablamos español y acometemos la lectura del Quijote en esa lengua, el texto, aunque comprensible, no se parece mucho a nuestra manera de hablar. La sintaxis es a veces confusa, hay incluso secciones de la obra que necesitan de explicaciones específicas para ser entendidas y esto en una versión con español actualizado, porque el texto original, para los no especialistas, es simplemente inaccesible.
El Quijote es un libro de cuya primera edición nos separan poco más de 400 años. Solo 400 años, y ya es difícil de comprender. Tal vez dentro de otros 400 años, no digo ya El Quijote, sino estas mismas palabras, serán también difíciles de leer.
¿Ha visto usted alguna vez un texto verdaderamente antiguo? La comprensión de textos antiguos es para nosotros, personas del siglo XXI, una labor ardua, verdaderamente formidable que requiere de mucha energía y esfuerzo y que se reserva tan solo a unos pocos eruditos, porque otros humanos comunes como usted y yo, simplemente no tenemos el conocimiento ni las herramientas que ello implica. Me pregunto entonces si los humanos comunes que vivan, digamos dentro de 5.000 ó 10.000 años, podrán comprender un texto escrito hoy...
Entre los incontables desafíos que nuestro "hoy" nos propone, está la gestión de desechos nucleares radioactivos. Muchos son materiales letales que hasta en cantidades muy pequeñas pueden acabar con todo tipo de vida; pero además, algunos son de muy larga duración y seguirán siendo mortíferos dentro de miles, e incluso decenas de miles de años.
No sabemos todavía bien qué hacer con ellos. Actualmente se guardan de manera temporal en lugares especiales, en espera de una solución de más largo plazo; entre las posibilidades estudiadas está su confinamiento en sistemas de depósito llamados "Almacenamiento Geológico Profundo".
Un reto asociado a lo anterior es cómo comunicar, cómo alertar a los humanos del futuro sobre la peligrosidad de esos desechos. ¿Y si por alguna indecible desgracia no logramos hacer pasar esta información a las nuevas generaciones y esto se olvida? ¿Y si después un mal día, digamos dentro de 5.000 ó 10.000 años, alguien encuentra uno de esos depósitos y se le ocurre abrirlo? ¿Cómo hacerle saber que lo que contiene es tan letal? ¿Cómo asegurarnos de que entienda, sin lugar a dudas, que debe alejarse de allí?
Porque es muy probable que dejarle un texto que diga: "Huya de aquí, esto es muy peligroso" o cualquier otra cosa, será insuficiente. Porque no tenemos garantía de que algo que es comprensible hoy, seguirá siéndolo en un futuro lejano. Así como a nosotros (sí, a usted y a mí) nos cuesta ya descifrar la versión original del principio de un libro fundamental como El Quijote, al infortunado visitante del depósito de basura nuclear seguramente le será difícil comprender el significado de lo que podamos dejarle por escrito hoy.
¿Cómo hacer entender a la gente del Siglo XXXI que estos depósitos son lugares de los que conviene alejarse? No tenemos aún una respuesta clara y hay gente hoy rompiéndose la mollera para tratar de encontrar una solución más o menos válida para un reto semejante. Son muchos los aspectos que debemos tomar en cuenta y seguramente la mejor solución sea una muy compleja, con diversas aristas .
Hay quienes sostienen que una de esas aristas, una de esas maneras de comunicarnos con los seres humanos normales del futuro, de hacerles llegar un mensaje desde nuestro "hoy", es aprovechar el folclore. Hay quienes dicen que una de las formas más eficaces de prevenir a las generaciones futuras del peligro de la radiación que esos eventuales depósitos resguardarían, es hacer uso de un poderoso instrumento de transmisión de significado, que ha sabido sobrevivir en el tiempo: los relatos...

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