viernes 24 de junio de 2011

UN LIQUI-LIQUI EN LA GALIA / LA MÚSICA DE FIESTA



 “La música puede dar nombre a lo innombrable y comunicar lo desconocido.” 
Leonard Bernstein. 


El solsticio de verano es el más largo de los días del año en el hemisferio norte. Suele corresponder al 21 de Junio y desde tiempos muy antiguos es un día asociado con diversos rituales y símbolos. Uno de los más comunes es el fuego; hay quienes piensan que como a partir de esa fecha los días comienzan a ser más cortos (hasta el solsticio de invierno, por supuesto), las fogatas y fuegos rituales eran ofrecidos al sol para ayudarle de alguna forma a renovar su poder. Los antiguos griegos encendían hogueras inmensas en el solsticio de verano, en honor al dios Apolo.

Hay quienes sostienen que las fiestas de solsticios son las festividades más antiguas de la humanidad; ciertos estudios antropológicos sugieren que ya en el neolítico, el solsticio era tenido como un momento muy particular. En diferentes civilizaciones antiguas hay evidencia de la celebración del solsticio y hoy en día hay aún vestigios en lugares tan apartados uno de otro como Irlanda, Suecia, Vietnam, Perú, Finlandia, México o Estonia. Para efectos de este artículo, valga decir que muchas de esas conmemoraciones tenían –y tienen todavía– música.

La celebración católica de San Juan, que se desarrolla el 24 de Junio y en la que el fuego (y los tambores, por lo menos en mi natal Venezuela) suele ser elemento importante, tiene raíces en esas fiestas de solsticio. Según el Evangelio de San Lucas, unos días después de la Anunciación, María visitó a su prima Isabel (futura madre de Juan el Bautista) quien estaba en el sexto mes de embarazo. En tanto el nacimiento de Jesús había sido fijado para el 24 de Diciembre (cercano al solsticio de invierno), entonces fue sencillo hacer coincidir el nacimiento de Juan el Bautista con las fiestas del solsticio de verano.

Otra coincidencia interesante es que para griegos y otras culturas, los solsticios eran puertas a través de las cuales entraban las nuevas energías que venían con cada estación. El solsticio de verano era llamado “La Puerta de los Hombres”. Por cierto, Jano, otro de los múltiples dioses griegos, era también dios de los solsticios y dios de las puertas. Por su parte, se dice que en la noche de San Juan se “abren puertas” y pasan cosas medio extrañas. Hay quienes creen que esa noche los hombres pueden convertirse en dioses, pero también en demonios.

La puerta que a mí me gusta que se abra el 21 de Junio es la de la música, porque a partir de 1982 y a raíz de una iniciativa francesa, se celebra ese día “La Fiesta de la Música”. Aquel año se supo, a raíz de un estudio sobre las prácticas culturales francesas, que al menos cinco millones de personas tocaban algún instrumento musical en este país. Alguien deliró con la posibilidad de que todas esas personas salieran a la calle un día a mostrar sus dotes y Jack Lange, ministro de cultura de entonces, propuso una celebración donde la gente pudiera festejar su afición por la música, a realizarse el 21 de Junio.

La propuesta prosperó y hoy en día, la fiesta de la música  se celebra de una u otra forma en más de 100 países de los cinco continentes. La esencia es que haya diversas manifestaciones musicales de todos los géneros en la calle, de manera gratuita, para deleite del público. Es una celebración consolidada; en 1998 se le dedicó un timbre postal y este año se acuño una edición especial de la moneda de 2 euros para festejar su 30° aniversario.

Celebrar la música es una propuesta que cuenta definitivamente con mi respaldo. No podría menos que apoyar abiertamente un homenaje popular a una amiga que me ha acompañado siempre. Desde las canciones con las que me arrullaba mi madre, pasando por la variadísima colección de discos de mi padre y que luego yo amplié, mis clases de órgano electrónico y mi pasantía por distintos coros o el descubrir de mis propias preferencias musicales a partir de mi adolescencia, incluyendo la música disco y el pop del período 1975-1985, la posterior reconciliación con el rock de los 70s, o las extraordinarias aventuras que me regalaron el jazz contemporáneo, la salsa, el bossanova, la música electrónica, los cantantes líricos o la renovación de la música venezolana a partir de los 80s, por mencionar apenas algunas de las posibilidades que ella ha ofrecido al melómano no muy serio que creo ser.

La primera vez que oí de esa fiesta de la música fue en mi adoptiva Valencia, creo que en el 2004 ó 2005. La alianza francesa promocionaba la iniciativa y en aquella ocasión tuve la suerte de ver tocar en vivo, por primera vez en mi vida, a mi ahijado William Guzmán (creo que soy de los muy pocos que lo llaman así porque él es conocido en el medio artístico como “Magú”), que en ese momento se presentaba allá como guitarrista de la banda Papashanty Saund System.

Desde entonces he podido disfrutar de la fiesta de la música, particularmente en el tiempo en que viví en la culturalmente riquísima París. El evento marca el inicio de la temporada veraniega, llena de manifestaciones musicales de lo más heterogéneas. Hay verdaderamente para todos los gustos y he podido admirar presentaciones de jazz, música clásica, salsa, contemporánea, africana, techno, música coral, interpretados por auténticos profesionales, así como otros que sin llegar a un nivel superior de ejecución, dan lo mejor de sí a través de sus instrumentos.

De las cosas más simpáticas de la fiesta de la música parisina está que después de las presentaciones oficiales que ocurren por todas partes, ya entrada la noche, todo el que tenga un instrumento puede sacarlo y ponerse a tocar en la calle. Nunca olvidaré haber pasado una vez por el boulevard Saint-German, cerca de la media noche y de pronto escuchar el muy particular sonido de un acordeón que me parecía algo familiar. Era un grupo de colombianos rumberos que en una parada de autobús, improvisaba unos vallenatos que si bien no estaban muy afinados (quién sabe si por efecto de la, a esa hora ya prolongada ingesta de ciertos líquidos, combinada por la nostalgia de la tierra natal), les salían de adentro (a lo mejor era precisamente por eso que las notas andaban ya medio confusas).

La fiesta de la música de este año la pasé en Ferney-Voltaire; evidentemente las dimensiones de la celebración no son nunca las de la versión parisina, pero pude disfrutar de algunas presentaciones en el pueblo que ahora me acoge. En particular me sorprendieron un grupo que hizo música techno y que junto a la tecnología moderna, utilizaba también unos “didgeridoo”, instrumentos de viento tradicionales australianos que producen un sonido grave y monótono; y otro grupo de nombre “Owen’s Friends” que hacen música irlandesa, cuya calidad de ejecución disfruté muchísimo y no dudo en recomendar.

Hay un encanto bien especial en eso de salir a caminar y encontrar gente haciendo música por doquier. Observar a profesionales de las melodías desplegar su arte y asombrarse de las incontables variantes y giros que puede tomar –para insistir con la herencia griega– “el arte de las musas”. En tanto manifestación cultural, habrá las que nos gusten más y las que nos gusten menos, así como la interminable diferencia de opiniones al respecto. No niego que hay creaciones musicales que prefiero escuchar de lejitos (o mejor aún, no escuchar para nada) mientras que otras podría disfrutarlas largo rato. Más importante es que todas caben en el repertorio de la fiesta de la música.

Tal vez sea esa polifónica variedad, esa sinfonía siempre inconclusa de lo que el ser humano puede crear con sonidos y tiempos, una manera de apoyar la creencia de que en las noches de solsticio se “abren puertas” y pasan cosas medio extrañas. No podremos negar que hay músicos que tocan como dioses, mientras que otros suenan más bien como demonios.

Como sea… ¡que viva la música!


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martes 22 de marzo de 2011

SILMARIL / EL JARDÍN DE HIROSHIMA


Dedicado al pueblo japonés, a mis compañeros de la Cámara Júnior de Japón,  
a mi amiga Cristina Akiko Miyazawa y a mi maestro de karate, Shoko Sato.  

“Por más larga y oscura que sea la noche,   
el sol siempre vuelve a brillar”.  
Frase popular.  

En 1990 tuve la suerte de ir a Japón y pasar unos 10 días en ese extraordinario país, estudiando, conociendo y aprendiendo. Fui allá representando a Venezuela en la III Academia JCI Internacional de Liderazgo, un evento que la Cámara Júnior de Japón realiza cada año desde 1988. La Academia reunió en aquella oportunidad unos 70 delegados internacionales –solo un representante por cada país– y unos 70 delegados japoneses, para formarnos a todos en conceptos de liderazgo y ciudadanía global. En un encuentro con personas de orígenes tan diferentes, a veces resultaba más sencillo para algunos llamarnos por el nombre de nuestros países respectivos, que por los propios nombres, en muchos casos impronunciables. Yo tenía entonces 25 años y fui uno de los delegados más jóvenes en asistir; pocas veces la palabra “Venezuela” ha tenido para mí tanta carga de responsabilidad y al mismo tiempo de orgullo.

Mis vivencias en esos 10 días en Japón fueron múltiples y extraordinarias y necesitaría varios artículos para abarcar por completo el impacto que la Academia ha tenido en mi vida; parte de lo que soy hoy tiene algunas raíces en lo que allá encontré. Entre las cosas que aprendí en Japón entonces y que de alguna forma llevo aún conmigo, está la noción de ciudadano global. Un broche que recibí como graduado de la Academia con la inscripción Global Networker también me lo recuerda. En tanto tal, es para mí imposible ver lo que está ocurriendo hoy en Japón y no sentir las fibras de esa ciudadanía global removerse.

Mi Academia (la mejor de todas, para aquellos graduados de otras Academias que tienen a bien leerme) se llevó a cabo en dos ciudades; primero en Miyazaki, una preciosa localidad en el sur de Japón, y luego en Hiroshima. Si bien el evento fue fundamentalmente uno de intensa formación, el programa incluía también visitas turísticas. Finalizada la porción del programa correspondiente a Miyazaki, nos dividimos en grupos de 5 ó 6 personas para tomar el Shinkansen o tren bala, dirigirnos a Hiroshima y pasear luego por diferentes lugares de la ciudad. Estábamos aún en los estertores de la Guerra Fría, el Muro de Berlín había caído apenas meses antes y una de mis compañeras de viaje fue la delegada alemana; otro de los souvenirs que conservo es el trozo del muro que ella nos obsequió, que arrancó de la miserable pared con sus propias manos en Noviembre de 1989.

Puedo evocar con claridad la sensación que me produjo el primer encuentro con la ciudad. Hasta entonces Hiroshima era para mí un nombre relacionado solo con las tristemente recordadas bombas atómicas de 1945 y no sé muy bien qué esperaba yo del sitio, pero al salir de la estación de tren tenía ante mí un despliegue urbano insólito y asombroso; una ciudad moderna, espectacular, vibrante y fluida, absolutamente viva y pujante. Todavía en la incredulidad –feliz incredulidad, tendría que agregar– dije para mis adentros: “¿Y fue aquí, en este mismo lugar, donde explotó una bomba atómica?”

Pero sí, estaba en la ciudad que el 6 de Agosto de 1945 había sido totalmente destruida en las postrimerías de la II Guerra Mundial. Como parte de mi estada en la ciudad pude visitar el Parque Memorial de la Paz de Hiroshima y conocer la Cúpula Gembaku o Domo de la Bomba Atómica, el Museo Memorial de la Paz y el Cenotafio de Hiroshima; todos sitios relacionados con la indecible explosión. Fue la primera vez que tuve un encuentro tan cercano con los horrores de la guerra y 21 años después permanezco conmovido por lo que allí observé. 

Después del recorrido por la ciudad, volvimos a encontrarnos todos los delegados participantes en la Academia y en una reunión que adquiró un tono casi solemne, cambiamos impresiones sobre lo que cada quien había observado y vivido. Gran parte de la conversación se orientó hacia el tema de la bomba y las consecuencias de la guerra. Uno de los comentarios que más me impactó fue el de alguien que dijo que si bien el uso de la bomba había sido algo espantoso, de no haber sucedido, la guerra habría durado probablemente más tiempo y que ello tal vez habría causado más muertes que las que las explosiones atómicas generaron. No fue tanto el carácter de la hipotética reflexión lo que me sorprendió, como el hecho de haberlo escuchado en la emocionada voz de uno de los delegados japoneses.

Pero no sólo visitamos sitios relacionados con la guerra; mi grupo escogió ir también al Castillo de Hiroshima, una extraordinaria edificación de estilo japonés construida alrededor de 1590 y reconstruida en 1958, que fue residencia del Daimyo de Hiroshima. El antiguo alumno de karate que yo había sido y el aficionado a las historias de samuráis que también era, la pasó de lo mejor en aquel lugar. Sin embargo, de tener que elegir el sitio que más me impresionó de todos los que conocí en Hiroshima, escogería sin ninguna duda el Jardín Shukkei-en.

El Jardín Shukkei-en es un magnífico, hermosísimo jardín de estilo japonés, construido en 1620 por Soko Ueda, un reconocido maestro de la ceremonia del té al servicio de Asano Nagarika, entonces Señor de la provincia de Aki. El lugar es un espectáculo de paz, delicada belleza y exquisita armonía, y para mí es el símbolo de lo que encontré en Hiroshima. Ubicado a algo más de un kilómetro de donde estalló la bomba del 6 de Agosto de 1945, fue arrasado totalmente por la detonación y tal vez por eso precisamente, lo más asombroso fue poder comparar las imágenes del jardín justo después de la hecatombe, con el bellísimo paisaje que yo tenía ante mis ojos en 1990. Los japoneses habían logrado reconstruirlo y hacerlo parecer, tanto como fue posible, a lo que había sido antes de la explosión.

Ese jardín representa en mi opinión, la capacidad que tiene nuestra especie de sobreponerse a las más grandes calamidades y restaurar lo que considera bello, lo que le es importante. Llámela usted como quiera: resistencia, tenacidad, entereza, resiliencia, perseverancia; me importa mucho más el resultado que el calificativo. El Jardín Shukkei-en me dijo entonces y me dice hoy, que no todo lo que se pierde está destinado a perderse para siempre y que aún en las más funestas circunstancias, por encima de los peores horrores, el ser humano es capaz de recuperar luego aquello que aún valora y estima.

Durante mi Academia, en aquel 1990, no llamé a ninguno de mis compañeros japoneses por el nombre de su país, que en japonés se pronuncia “nihon” o “nippon” y que etimológicamente significa “El Origen del Sol”. Cuando se habla del Japón como “El País del Sol Naciente”, se hace referencia a esa etimología, que está también plasmada gráficamente en su bandera. Sin embargo, allá en Hiroshima, en el Jardín Shukkei-en, supe que los japoneses habían hecho honor a su nombre. Sé, sin duda alguna, que podrán hacerlo de nuevo.


Las imágenes que ilustran este artículo fueron encontradas en Internet; corresponden además de la bandera de Japón a diferentes vistas de Hiroshima, de su castillo y de su Jardín Shukkei-en.

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miércoles 23 de febrero de 2011

INSOLITUDES / REENCARNACIÓN PLANILLADA


 “Y volver, volver, vooooolver”
 Extracto de la popular ranchera mexicana “Volver, volver”, 
de Fernando Z. Maldonado. 

La anécdota la protagonizan unos amigos. No estuve presente, razón adicional para poder escribirla a mi gusto y escudarme después en la suficientemente imprecisa frase; “más o menos así es como creo recordar que me lo contó alguien…”.

Un grupo de jóvenes discuten la realización de un proyecto de tipo comunitario para ayudar a una población específica de muy escasos recursos económicos y tratar de paliar en algo una de sus tantas penurias. En  medio de la discusión, una chica dice lo siguiente:

- Yo no creo que debamos hacer este tipo de proyectos. Si esa gente vive hoy así, es porque en una vida anterior se comportaron indebidamente y ahora sus reencarnaciones padecen las consecuencias correspondientes. Es su “karma”. Todos tenemos que pagar por lo que hemos hecho o dejado de hacer en nuestras previas venidas al planeta.

Entonces uno de los muchachos presentes responde con un argumento que todavía hoy me parece imbatible:

- ¿Así es la cosa? Entonces si no hacemos nada para ayudar a esa gente hoy, seremos nosotros los que pagaremos “karma” en el futuro y tendremos que soportar algo similar en una próxima vida.

La Ley del Karma, esa de acuerdo con la cual lo que hagamos en una vida tendrá consecuencias buenas o malas en un próxima existencia, se inscribe dentro de la noción general de la reencarnación. No creo en la reencarnación, aunque me parece fascinante como idea, particularmente la variante de que venimos al mundo para aprender algo, pero que hasta que no lo hayamos aprendido estaremos obligados a regresar después de morir, una y otra vez. Sin embargo, se me antoja odioso pensar que yo pudiera ser una especie de hámster, que da vueltas en uno de esos aparaticos que gira sin parar pero que viene con un elaborado disfraz de planeta, hasta que aprenda algo que me permitirá bajarme un día, y lo peor es que no tengo la menor idea de qué diantres es lo que tengo que aprender, porque no puedo recordar qué pasó en mi vida pasada.

Acepto que la imagen es una reducción extrema, pero ilustra de alguna forma mi postura. Mi tío Talabarto era más rotundo al respecto; él decía que con los “vuelve a la vida” que se comía en la playa era suficiente y que no creía en la reencarnación, porque de lo contrario en los funerales habrían muchas más coronas que dijesen: “regresa pronto” y a él le habría ido mucho mejor en la escuela con la clase de historia. 

En cualquier caso, hasta ahora la reencarnación había sido asunto de religiones, pero parece que el largo y a veces muy retorcido brazo de la política quiere abarcarla también. Lo comento porque en China el gobierno ha establecido una ley que prohíbe… ¡reencarnar sin su permiso! y que además estipula el procedimiento adecuado para reencarnar. Así dicho, el asunto suena hasta a argumento de ciencia ficción, pero escarbando un poco más encontramos el punto de vista de diversos analistas políticos que sostienen que ello es un intento de los dirigentes chinos por reducir la influencia del Dalai Lama, el líder espiritual y político de la región del Tibet, que tantos dolores de cabeza les ha creado.

Deseo aclarar que es muy poco lo que conozco de lo que ocurre por aquellos lados, por lo que me parece irresponsable tomar partido por uno u otro bando. En lo personal no me gustan ni los gobiernos de vocación centralista, ni los teocráticos. Este artículo apunta sólo a compartir una de esas noticias de este mundo (y en este caso específico, tal  vez incluso de otros) que evidencia que la humanidad es una fuente inagotable de sorpresas.

La expresión “Dalai Lama”, que según algunos significa “Océano de Sabiduría”, fue originalmente el nombre que Altan Khan –un líder mongol descendiente de Kublhai Khan y Gengis Khan– dio por allá por 1577 a Sonam Gyatso, guía espiritual de la secta budista Gelug o Gelukpa, cuando los mongoles se convirtieron a esta religión. “Dalai Lama” se convirtió eventualmente en un título otorgado al líder de la orden Gelupka, quien –y aquí está lo interesante– se supone que es una reencarnación de su antecesor, que a su vez era reencarnación del anterior y así, parte de una larga línea de reencarnaciones de señores.

Se dice que el Dalai Lama tiene tal nivel de ascensión espiritual que no tendría que reencarnar más y que podría si quisiera, librarse de la “Rueda de la Muerte y el Renacimiento” (¿ven que la imagen del hámster en el aparatito de dar vueltas no es tan tirada de los cabellos?), pero escoge reencarnar para poder seguir enseñado sobre esta tierra. Según la creencia tibetana, cuando un Lama muere, volverá a nacer (o su alma tomará posesión del cuerpo de un niño nacido recientemente) en las cercanías; hay todo un ritual para reconocer al Lama reencarnado. 

Ahora bien ¿por qué este interés del gobierno chino en querer reglamentar una cosa en principio tan poco terrenal como la reencarnación? El problema surge con la ocupación militar china de la región del Tibet en los años 50 y que llevó al actual Dalai Lama a exiliarse en el norte de la India. Hoy, el Dalai Lama, el 14° de su línea y probablemente el exiliado político más famoso del planeta, tiene más de 70 años y su desaparición física de este mundo (de acuerdo, de acuerdo, me referí sólo a la desaparición de esta reencarnación; no quise ofender) es ya una posibilidad cercana. El tema es complicado porque el Dalai Lama goza de gran popularidad entre los tibetanos y después de haber recibido el Nobel de la Paz, es también una figura internacionalmente reconocida. Hay quienes opinan que la norma permitiría al gobierno chino tener control sobre el siguiente Dalai Lama, circunstancia que eventualmente serviría para mejorar lo que por ahora constituye uno de los principales problemas de la imagen china ante el resto del mundo.

Por supuesto, la idea de imponer una figura religiosa es cuando menos, inusual y no sólo Asia; piensen ustedes, por ejemplo, en un arzobispo, imam o rabino nombrado por el gobierno. No obstante, la dirigencia china alega que la ley tiene un antecedente histórico importante, al menos en cuanto a procedimiento reglamentado de selección se refiere. A finales del siglo 16, el emperador Quianlong estableció la norma de que los futuros Dalai Lama fuesen escogidos a través de una suerte de lotería en la que se colocan los nombres de posibles candidatos en bolitas de cebada y se introducen en una urna de oro; si bien el sistema no se utilizó para escoger al actual Dalai Lama, sí ha sido usado en otras ocasiones. “Los procedimientos de reencarnación tienen que cumplir las convenciones religiosas e históricas. Además, debe ser aprobada por el gobierno central” ha declarado por su parte un monje adepto al gobierno, que también los hay.

Yo sospecho que la sola perspectiva de transformar una reencarnación en un trámite burocrático es ya desagradable. ¿Se imaginan? “Sí, entre; este es el departamento de reencarnaciones. ¿De manera que usted quiere reencarnar? Muy bien, ¿trajo el carnet del partido y la constancia de estar al día con sus cuotas, debidamente sellada, junto con el formulario R-88 y la copia amarillo etéreo? Perfecto; lléneme estas 53 planillitas mientras yo verifico que su nombre no figure en la lista de quienes firmaron contra la ley que prohibe a las almas reencarnar en decadentes países capitalistas o en paraísos fiscales. Listo, todo en regla, pero tenemos un problemita: hay demasiadas solicitudes y lo único disponible ahora es reencarnar en presos políticos, nematelmintos, gente con Mal de San Vito, limpiadores de baños públicos y abogados Sí, cierto que no es muy atractivo… No, un clon tampoco es posible; en términos de cine, una reencarnación es más una secuela que un “remake”… No, aunque se parezcan, los asuntos de reciclaje son en otra taquilla… Bueno, también pudiera reencarnar en una especie en vías de extinción, mas no puedo garantizarle mucha duración… ¡Ah!, pero oiga, aquí entre nosotros, si quisiera usted colaborar conmigo de alguna forma estoy seguro de que podríamos encontrar una excepción, usted sabe, una mano lava la otra…”. ¡¿Es que ustedes se imaginan?! Una reencarnación planillada.

Por supuesto, el Dalai Lama –que será pacifista, pero no mocho– ha ripostado con diversos planteamientos; ha propuesto someter a una votación libre la decisión de mantener o no la figura institucional del Dalai Lama en el Tíbet y ha declarado además, casi como exigencia, su aspiración de reencarnar en un país libre. Otras posibilidades sugeridas son la creación de un consejo de monjes que escogería a los futuros Dalai Lamas –parecido al cónclave de cardenales que la iglesia católica utiliza para la selección de un nuevo Papa–, la posibilidad de reencarnar en una mujer (¿la llamarian tal vez Dalai Dama?) y la idea que yo encuentro más audaz e insólita de todas, al punto de que la coloco en el mismo nivel de creatividad de la carta jugada por el gobierno chino: que el Dalai Lama –con base en una antigua tradicion, entiéndase bien– pudiese escoger una reencarnación… ¡mientras está todavía vivo!

Total que la reencarnación seguirá dando que hablar aunque yo continuaré sin creer mucho en ella, por más que represente algunas ventajas, como en el caso aquel de la chica a quien en tiempos adolescentes le hice algunas propuestas románticas y me respondió que sólo saldría conmigo… ¡después de muerta!

Ji, ji. ¡Otra vaina más!



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viernes 18 de febrero de 2011

PARA CONTAR / LUZ DORADA


“De no ser lo que soy, me gustaría haber nacido libre, sin credos 
ni ataduras ni doctrinas, que amordazan y ahogan 
y hacen irreversibles las heridas”. 
Extracto de la canción “De no ser lo que soy”,
de José Luis Perales. 

Cuando él nació, el primogénito de un hombre notable, observaron en su brazo una marca en forma de pájaro. Lo llamaron “Ala Grande”. Ella vino al mundo cinco años después en una fría noche de invierno; la tercera de las hijas de un cazador. La llamaron “Sombra en la Nieve”.

La marca del niño fue anunciada como señal de buenaventura y el sabio Lago Verde, el Hombre de Conocimiento, lo escogió como alumno y favorito. La llegada de la niña fue considerada como una adversidad pues la madre murió en parto sin haber concebido hijos varones, y su padre desapareció durante una cacería días antes del alumbramiento y de él no su supo nunca más en la tribu.

Ala Grande creció bajo las enseñanzas de Lago Verde y la protección y cuidado especial de la tribu. Todos comentaban que el destino del chico sería grande; lo que hacía era saludado y lo que decía siempre sonaba interesante. Sombra en la Nieve creció relegada, aprendiendo sólo labores de limpieza y cocina. Todos comentaban que estaba reservada a la mala suerte; lo que hacía era ignorado y lo que decía siempre sonaba a tontería.

Muchas primaveras después Lago Verde soñó que un ave brillante surgía de las profundidades un lago y se posaba en una montaña. Luego el ave introducía el pico en una carroña fétida y oscura y sacaba una piedra de oro.  El Hombre de Conocimiento relató su sueño ante los miembros del Fuego de las Palabras; cuando estos le inquirieron sobre su significado, dijo:

-Sólo puedo afirmar que el sueño está ligado a  mi nombre, pero las aves no viven en el agua. Tal vez algo cambie muy pronto. También sé que la montaña de mi sueño queda a media jornada de camino. Debo ir y saber qué hay allá.

Subiendo la montaña, el sabio resbaló, cayó por un abismo y murió en la caída. La tribu quedó sin guía espiritual y su desaparición trágica e imprevista, sin la transición ritual requerida, era de muy mal augurio. Cuando trajeron el cuerpo inerte, todos lloraron, pero nadie quiso ocuparse de los honores correspondientes por temor a que el espíritu del hombre, atormentado por la inesperada partida, acosase a quienes intentaran facilitar su camino hacia el Prado del Arcoíris.

Sombra en la Nieve fue encargada de los arreglos funerarios; la más indicada en una ocasión tan triste y funesta. La joven se esmeró en preparar los alimentos y el memorial, pero todos dijeron que tal como se esperaba de alguien tan incapaz, la comida supo horrible y que los preparativos habían sido indignos de Lago Verde. Una vez más las otras jóvenes se burlaron de ella y comentaron que además de inepta, era la más fea y desgarbada mujer que hubiesen visto alguna vez.

Después del luto, los miembros del Fuego de las Palabras se reunieron durante dos días y nombraron a Ala Grande como nuevo sabio de la tribu, a pesar de su juventud y soltería. Entonces cobró vida el rumor de que las palabras de Lago Verde se habían cumplido: un cambio había ocurrido y un ave nueva había surgido. Mas un anciano guerrero advirtió que el sueño no estaba consumado: ahora el ave debía sacar oro de la carroña. Los integrantes del Fuego de las Palabras volvieron a considerar el sueño y las palabras de Lago Verde y decidieron que para demostar que Ala Grande era en verdad merecedor de la distinción, debía transformar a alguien indigno en alguien valioso.

Pero nadie quiso ser identificado como indigno, así que se designó a Sombra en la Nieve para la prueba. Cuando se le informó de la decisión, Ala Grande recordó una frase de Lago Verde: “Todas las personas brillan, pero muchas veces no dejamos que ese brillo traspase la niebla que nos cubre los ojos”. El joven aceptó, pero agregó:

-La naturaleza toma su tiempo en hacer las cosas. Un tiempo similar pido yo para la prueba.

No hubo oposición, pero algunos se preguntaron si Ala Grande podría superar semejante reto; a juicio de la tribu, Sombra en la Nieve era un caso perdido. Incluso la madre del joven, que hasta ese momento había considerado el nombramiento como una bendición, pensaba ahora que todo era una doble venganza del espíritu martirizado de Lago Verde, que a causa del pobre funeral que Sombra en la Nieve había preparado, no había podido continuar su camino hacia el Prado del Arcoíris y permanecía entre la tribu, creyendo que Ala Grande le había usurpado su lugar.

La mañana siguiente, Ala Grande convocó a Sombra en la Nieve, quien entró totalmente avergonzada en la tienda. Entonces él le levantó el rostro, la miró a los ojos y dijo:

-Es tiempo de colocar al miedo en su sitio, que el oro no teme brillar. Juntos lo mostraremos. Desde hoy te llamarás Luz Dorada.

Ala Grande encargó entonces la construcción de una hermosa tienda cerca de la suya, pintada de resplandecientes colores amarillos y allí hizo instalar a Luz Dorada, quien en adelante se convirtió en su ayudante. De no haber considerado a Ala Grande tan sensato e inteligente, todos habrían tomado su resolución como síntoma inequívoco de locura; pero aunque pocos se atrevieron a señalarlo en un principio, el transcurrir del tiempo hizo evidente un progresivo y sorprendente cambio en la muchacha.

Tres primaveras después, Ala Grande anunció su deseo de casarse. El día de la boda, todas las otras jóvenes de la tribu observaban admiradas a la futura esposa del Hombre de Conocimiento de la tribu y trataban de imitar su pose, su mirada, su sonrisa, su resplandor y su elegancia. Luz Dorada era la novia más hermosa y radiante que hubiesen visto alguna vez.


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viernes 21 de enero de 2011

SILMARIL / PLACER MUSICAL


 “Error funesto es decir que hay que comprender la música 
para gozar de ella. La música no se hace, ni debe jamás hacerse 
para que se comprenda, sino para que se sienta”. 
Manuel de Falla.


A través de un estudio divulgado hace poco por la revista “Nature Neuroscience”, una de las publicaciones más serias en el área de las neurociencias, unos científicos han revelado al mundo un extraordinario, insólito, pasmoso, asombroso y hasta revolucionario descubrimiento: la música, esa compañera diaria y democrática, esa libertad del alma que utiliza el oído para llegar directo al corazón, en fin, ella, la música, produce… placer. (Caramba, ante tamaña revelación, sólo queda decir algo como: “Ay, sí; ¡Colón! Lo próximo que van a averiguar es que el agua hirviendo quema”).

Un poco más en serio, lo que el comentado estudio aporta es una interesante explicación al hecho de que a tantísima gente nos guste escuchar música. Estos científicos han demostrado que oír música estimula la liberación de la dopamina, un neurotransmisor directamente relacionado con la generación de sensaciones placenteras asociadas a otras actividades como el sexo, las drogas o la buena comida. Porque el estudio consistió en medir con unos sofisticados aparatos, la producción de dopamina en un grupo de voluntarios mientras escuchaban diversas piezas instrumentales, entre las que se encontraban el “Segundo movimiento de la novena sinfonía” de Beethoven, el “Adagio para cuerdas” de Barber, y el “Claro de luna” de Debussy. Cuando supe que estas habían sido algunas de las canciones, comprendí mejor el asunto; con semejantes creaciones… ¡qué digo dopamina!

Los científicos escogieron para su investigación personas a quienes se les pusiera literalmente “la carne de gallina” al escuchar sus canciones favoritas; la investigación mostró que mientras el individuo oía la melodía, su cerebro producía más dopamina y que justo en el instante de su pasaje favorito, cuando aparecía  el escalofrío correspondiente, la dopamina se liberaba en la misma región cerebral ligada al tipo de euforia que generan sustancias como la cocaína.

Mi primera reacción fue asentir con el estudio. Para mí la música es fuente de placer y la relación que tengo con ella está enraizada, desde mis primeros días de existencia, en las canciones con las que me arrullaba mi madre y en la variadísima colección musical con la que mi padre ambientaba nuestro hogar. La música me conmueve y encuentro verdadero deleite en piezas tan diferentes como el “Concierto de Brandenburgo N° 2” de Johann Sebastian Bach, “Todos vuelven” de Rubén Blades, “My sweet lord” de George Harrison, “La tonada del cabestrero” de Simón Díaz, “Sun runner” de Bob James o “Luces de bohemia para Elisa” interpretada por Emmanuel.

Sin embargo, una reflexión más profunda me hizo dudar, pues hay otras canciones que también me producen escalofríos… ¡pero de horror! Hablo de algunos despechadísimos boleros y baladas retecursis, ciertos vallenatos y raspacanillas limítrofes con la tortura, muestras estruendosas de “Heavy Metal”, deleznables interpretaciones de salsa, determinadas obras folklóricas sumamente aburridas y otros inclasificables adefesios que me resultan punto menos que repugnantes. Podría hacer igualmente una lista pero sólo pensar en piezas así, desencadena en mí un efecto que estoy seguro, no se relaciona con la dopamina. Luego me pregunté sobre los resultados de la investigación si en lugar de las melodías seleccionadas, las personas hubieran escuchado el mexicanísimo “Jarabe tapatío”, “Hora staccato” de Grigoras Dincu o el “Mambo N° 5” de Pérez Prado. Tal vez estas obras fueron descartardas porque los sujetos tenían que permanecer muy quietos durante el estudio, ji, ji.


Algo sobre lo que siempre me he interrogado es qué hace que algunas personas deliren por una composición, mientras que otros la juzgan execrable, y que además ello pueda variar con el tiempo. Existen piezas que hoy encuentro mediocres pero que en otra época me resultaban geniales, y viceversa. Hay una canción que a mis padres fascina: “Son tus dientes alelíes”, interpretada por Antonio Molina. Hoy pienso que Molina era un cantante soberbio, con un timbre muy especial y sorprendentes habilidades vocales, entre ellas la capacidad de hacer un falsete incomparable. Tal capacidad la despliega en esa canción, que ahora considero admirable y musicalmente superior, pero en mi adolescencia mi hermano Hugo José y yo encontrábamos que era el súmmum de lo detestable. ¿Estará la dopamina detrás de este cambio?

En un plano ya más general está la cuestión de qué es placentero para unos y otros. Yo respeto los gustos musicales de cada quien, pero no estoy obligado a compartirlos; tal vez averiguando un poco más sobre la dopamina resolvería el misterio, comprendería por fin por qué canciones como “Aserejé” de Las Ketchup o “El gato volador” de El Chombo, se convirtieron en resonados éxitos. Seguí leyendo y me topé inicialmente con definiciones indescifrables para el lego en la materia que soy, tipo: “La dopamina (C6H3(OH)2-CH2-CH2-NH2) es una catecolamina que cumple funciones de neurotransmisor en el sistema nervioso central”, o que es un “…neurotransmisor inhibitorio derivado de la tirosina que se encuentra en los ganglios basales y en el corpus striatum” (la suya, por si acaso). Confieso que después de encontrar esto pensé que el estudio era una farsa; algo que debe ser descrito de esta forma… ¡no puede estar conectado con el placer!

Pero resulta que sí, que la dopamina se relaciona con funciones motrices, con las emociones y los sentimientos placenteros, y está estrechamente ligada a los llamados “mecanismos de recompensa” cerebrales y el desarrollo de adicciones; el alcohol, la nicotina, la cocaína o la heroína estimulan la liberación de dopamina. Más aún, cantidades altas de dopamina se relacionan con desórdenes como psicosis y esquizofrenia, y pueden tener efectos en la presión arterial y la frecuencia cardíaca. Me queda claro  entonces por qué si yo tuviera que escuchar tres o cuatro veces seguidas el infame “Chacarrón macarrón” de El Mudo o la muy pavosa “Prometimos no llorar” de Palito Ortega, me volvería loco o me daría un infarto. No tengo nada contra esos señores, pero tampoco les agradezco que hayan sacado a la luz pública esas cosas.

Es innegable que la música genera distintas respuestas emocionales, pero cuidado, que la dopamina no será la única sustancia que se estimula ante distintos acordes. Recuerdo el caso en Venezuela de un hombre que llegó a su casa y escucho a su cónyuge cantando en la ducha una balada titulada “Cariño mío” popularizada por Paloma San Basilio. La pieza hablaba de una mujer que le era infiel a su compañero; desconozco qué circunstancias rodeaban a la pareja, pero según las noticias de entonces la canción provocó en el hombre una reacción tal que asesinó a la mujer allí mismo. Nada que ver, seguramente, con liberación de dopamina.

Estos casos extremos aparte, sabemos que la música suele ser una experiencia positiva para el ser humano. Ya en la antigüedad, griegos y chinos comprendieron los beneficios del desarrollo musical; si pudieran viajar al presente, creo que después de superar la sorpresa, estarían contentos ante la cantidad y calidad de música que se hace y escucha hoy en el mundo. Cierto, entre las guabinas siempre se cuela algún bagre –si no me cree, intente por ejemplo oír “Porque tú no me quieres” del grupo Miramar, o el merengue “La vaca” de un fulano que se hace llamar Mala Fe–, pero con todo, pienso que hemos evolucionado de manera positiva, musicalmente hablando.

Al final, si disfrutar una buena pieza musical es cuestión de dopamina o quién sabe qué otra secreta sustancia, dejemos ese asunto en manos de los científicos y mejor escuchemos una placentera canción. ¿Les parece? Les propongo entonces una de mis piezas favoritas de música venezolana; se llama “Quinta Anauco” y la versión que aquí pueden escuchar está ejecutada en piano por su mismo compositor, el ya fallecido pero siempre increíble maestro Aldemaro Romero.

p.d. Estuve a punto de colocar en este artículo los videos correspondientes a las canciones que menciono, pero después me dije que era innecesario proponer una prueba tal a quienes me leen. Todas las piezas –con la excepción tal vez de la versión de Quinta Anauco que sí comparto aquí– pueden ser oídas en sitios como YouTube, mas debo advertirle: si usted lo hace –especialmente en el caso de algunas canciones seriamente espantosas–, la responsabilidad es ¡enteramente suya!

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MÚSICA, SEDUCCIÓN Y DIENTES

viernes 14 de enero de 2011

CUALQUIER OTRA COSA / 46, UN OBSEQUIO Y LA MAGIA

Hoy cumplo 46 años y hace dos que aquí mismo propuse que este blog, El Cuentador, era “un lugar para entregar obsequios”. Sigo pensando igual, aunque pudiera añadir hoy, “obsequios de lenguaje”; no obstante, ese manatial moderno de magia, esa ampliadora y al mismo tiempo complicadora permanente de posibilidades que llamamos tecnología, pronto se encargaría de contender seriamente la propuesta y mostrarme sus insuficiencias. 

No voy a batirme con ella, que es mi cumpleaños y me dispongo a pasarla bien, aunque invocaré el privilegio de cumpleañero para ensayar ser testaduro e intentaré entonces conservar la idea –tal vez robada de los hobbits– de ser yo quien obsequie algo el día de su aniversario. Ese algo será, una vez más, tomado de la literatura, hija mayor de la fuente original de la magia, que son los cuentos.

Se trata en esta ocasión de un fragmento que me resulta muy especial, extraído del tercer capítulo del extraordinario libro “Un Mago de Terramar” escrito por Ursula Le Guin. Pero antes, permítanme preguntarles algo: ¿Puede considerarse el aprendizaje como un regalo? Si dejo de lado la poesía y la metáfora, digo que no sé muy bien qué responder. Tal vez puedan ustedes obsequiarme una respuesta.

Gracias por celebrar conmigo, mis muy mágicos amigos. A continuación el texto:

“Ged había imaginado que como aprendiz de un gran hechicero no tardaría en ser iniciado en los misterios y la maestría del poder; que comprendería el lenguaje de las bestias y el susurro de las hojas del bosque, y que con su sola palabra desviaría el rumbo de los vientos y aprendería a transformarse en cualquier cosa. Acaso él y su maestro correrían a la par convertidos en venados o volarían hasta Re Albi por encima de la montaña en alas de águila.

Mas no fue así. Erraron días y días por los caminos, bajando primero al Valle y luego, poco a poco, yendo hacia el sur y el oeste, alrededor de la montaña, pidiendo albergue en las aldeas o pasando la noche a campo raso como pobres hechiceros trashumantes, o como caldereros o mendigos. No entraron en dominios misteriosos. Nada ocurría. La vara del mago, que en un principio Ged observara con temor y curiosidad, no era más que un recio báculo. Pasaron tres días, pasaron cuatro días, y Ogión aún no había pronunciado una sola palara mágica en presencia de Ged, ni le había enseñado un solo nombre, una runa, un sortilegio.

Aunque callado y taciturno, Ogión era un hombre tan apacible y sereno que Ged pronto perdió ese temor reverente que le inspiraba al principio, y así al cabo de unos pocos días se atrevió a preguntarle:

–¿Cuándo comenzará mi aprendizaje, Señor?

–Ya ha comenzado– respondió Ogión.

Hubo un silencio, como si Ged estuviera callando algo. Al fin dijo: –¡Pero si aún no he aprendido nada!

–Porque no has descubierto lo que te estoy enseñando– replicó el mago, marchando con pasos largos y firmes a lo largo del camino...”

martes 11 de enero de 2011

INSOLITUDES / IMPUESTO A LA BRUJERÍA


 “Yo no creo en brujas, pero de que vuelan, vuelan”. 
Dicho popular. 

Tenía el pintoresco apodo de “El Indio Amazónico”: era uno de esos “iluminados” que proclamaba tener dones de espiritista, lector del tarot, clarividente, profeta y quién sabe qué otro supuesto poder, que vivía y atendía en Caracas por allá por los años 80 y que recetaba emplastos, ritos, talismanes, mejunjes, baños o pociones para resolver cualquier dolencia o problema que aquejara a los inocentes que fueran a visitarlo y que por supuesto estuvieran dispuestos a pagar por ello. El personaje aseguraba resolver asuntos de variadísima índole: desde padecimientos crónicos, mal de ojo o salpullido hasta impotencia sexual, o poseer fórmulas infalibles para acertar en la lotería, atraer el amor verdadero, prolongar la juventud y el vigor, hallar tesoros enterrados y a lo mejor hasta ganar elecciones.

Las filas de espera en su consultorio –ubicado en una populosa zona de clase media baja de la ciudad– eran larguísimas; llegó a ser tan conocido que inspiró un personaje al cómico venezolano Joselo e incluso, en una ocasión apareció personalmente en uno de los segmentos del programa nocturno de altísima audiencia que este humorista tenía en la televisión de mi país natal. Tal vez víctima de su propia notoriedad, la policía se interesó en él y tiempo después el mentado Indio Amazónico sería arrestado, especulo que por ejercicio ilegal de la medicina, estafa, fraude o algo parecido. Según las noticias que entonces leí, resultó ser un odontólogo colombiano que evidentemente tenía mucho más éxito económico en su esotérica actividad que en la profesión para la cual se formó inicialmente.

El negocio del Indio Amazónico tenía que ser muy bueno, porque se daba el lujo de publicar los domingos un aviso a tamaño de página completa –que traía una gran fotografía de él mismo luciendo un vistoso penacho de plumas, collares y adornos, y un ecléctico atuendo que hacía sospechar de una forzada mezcla de diferentes etnias indígenas– en el diario Últimas Noticias, posiblemente el periódico de más arraigo en las clases populares caraqueñas. Para la época yo trabajaba en publicidad y sabía de primera mano que una promoción así debía costar mucho dinero. Siempre me pregunté por el monto que, a punta de supercherías y engañifas, y sobre la base de la incauta esperanza de mucha gente sencilla, facturaba aquel individuo.

Una pregunta parecida debe haberse hecho el gobierno rumano hace poco, en relación con las brujas que aparentemente operan en ese país y que según, son bastantes. Porque a partir del 1° de Enero de este año y gracias a una nueva ley –cosas de la crisis y de la búsqueda de nuevas fuentes para impulsar las alicaídas finanzas del estado– quienes ejerzan en Rumania como clarividentes, brujas, médiums, astrólogos, adivinadores, hechiceras u otras relacionadas con el más allá, incluidos los embalsamadores, serán considerados como profesionales autónomos y por lo tanto estarán obligados a… ¡pagar impuestos! De ahora en adelante deberán entregar al gobierno el 16% de sus ingresos, que irá a parar a servicios como el sistema de pensiones y seguridad social del país.

Es conocido que Rumania tiene una tradición compleja con las artes de lo oculto. Para empezar, el famoso mito del conde Drácula proviene de ese país, pero además hoy, en los umbrales de la segunda década del siglo XXI, una parte importante de la población mantiene prácticas supersticiosas. Se dice que en una ocasión la federación de fútbol rumana contrató los servicios de una bruja para que afectara negativamente el rendimiento de algunos equipos contrarios, que determinados dirigentes políticos utilizan ropa color morado ciertos días del año para combatir espíritus malignos y que el mismísimo Presidente actual, Traian Basescu, ha sido asesorado por un parapsicólogo. En honor a la verdad, rumores similares circulan sobre políticos de otros países y personajes dedicados a lo paranormal llegan a influir en las decisiones de estado; no es secreto que la esposa de Ronald Reagan, Presidente de los Estados Unidos desde 1981 hasta 1989, consultaba frecuentemente a una astróloga y que los consejos de esta fueron a veces tomados en cuenta para determinar la agenda presidencial.

Tampoco será monopolio rumano sino más bien una práctica expandida por todo el globo, el que la gente maldiga a los recaudadores de impuestos, pero en el caso que nos concierne el asunto toma giros como para coger palco. Porque no pensará usted que las brujas rumanas iban a quedarse así no más ante semejante afrenta impositiva: Bratara Buzea, considerada la bruja reina (desconozco si el nombre es común en Rumania, pero a mis tropicales oídos suena de lo más brujildo) afirmó no temer al Presidente, y otras integrantes del gremio hechiceril amenazaron con realizar una suerte de aquelarre en un lugar no revelado a orillas del río Danubio y lanzar un maleficio a los dirigentes responsables de la medida, a punta de orina de gato, mandrágora y perro muerto.

En lo personal no me interesaría un enfrentamiento con brujas y afines, pero sospecho que a su vez los políticos argumentarán que dada su profesión, bastantes maldiciones y sortilegios les han dedicado antes y una o dos nigromancias adicionales no les harán mayor daño. Aún así valdría la pena que los dirigentes rumanos tuvieran ojo avizor, que por una parte la historia tiene varios ejemplos de drásticos cambios en la dirección de una nación a raíz de los impactos mal calculados de una subida de impuestos, y por otra, hay brujos que pudieran tener recursos sorprendentes; miren que El Indio Amazónico mencionado en este artículo se liberó eventualmente de la justicia venezolana (cabe preguntarse qué poder particular habrá utilizado para ello) y parece que sigue consultando y recetando hoy en día, ahora en Estados Unidos. Si ello es cierto, al menos sus tributos legales debe estar cancelando religiosamente (valga la ironía), porque el régimen de Impuesto Sobre la Renta de ese país no cree en nadie, por muy “poderoso” que sea.

Volviendo a la furiosa reacción de las colegas rumanas de Baba Yaga –la bruja de los cuentos rusos– ante el inédito gravamen, al menos en este caso me parece que sus cacareadas dotes de clarividencia no les sirvieron de mucho para anticipar la circunstancia y que ni siquiera el respaldo de entidades y potencias de “otras esferas” podrá evitarles el pago de la tasa. Ya lo había advertido Benjamín Franklin –personaje mucho más próximo de las ciencias y la filosofía que de la adivinación y los encantamientos– hace más de 220 años: “En este mundo no se puede estar seguro de nada, salvo de la muerte y de los impuestos.


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